Leones, corderos y la hipocresía del imperio

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Lo que «African Lion» nos enseña sobre la verdadera política exterior de EE. UU.

¿Qué tienen en común la defensa de la democracia, la lucha por la libertad y un régimen que utiliza software espía para monitorear a periodistas disidentes? Para el Departamento de Estado de Estados Unidos, absolutamente nada, siempre y cuando el régimen en cuestión compre armas estadounidenses y ofrezca su suelo para entrenar a tropas.

Cada año, la maquinaria de relaciones públicas del Pentágono y los medios de comunicación corporativos nos venden una narrativa simplista y edulcorada: la de la “cooperación internacional” y la “seguridad regional”. Vemos imágenes cuidadosamente seleccionadas de soldados saltando de aviones en desierto, maniobras conjuntas y apretones de manos sonrientes bajo el sol del Magreb. Sin embargo, si rascamos la superficie de la operación militar más grande de Estados Unidos en el continente africano, “African Lion”, no encontramos puentes de libertad, sino los cimientos de una política exterior que ha abandonado hace mucho tiempo cualquier pretensión de moral para abrazar el pragmatismo más crudo del imperialismo.

El ejercicio “African Lion” no es simplemente un entrenamiento táctico; es la manifestación física de un cinismo calculado. Es la prueba irrefutable de que, para la hegemonía estadounidense, la democracia es un discurso de exportación para consumo interno, pero nunca un estándar de comportamiento obligatorio para sus socios estratégicos. En este análisis, diseccionaremos sin filtros esta operación, exponiendo la desconexión total entre los valores proclamados por el “imperio de la libertad” y la realidad de sus alianzas con regímenes autoritarios.

León imperial de African Lion: hipocresía entre democracia y represión.

La anatomía del leviatán: “African Lion” al desnudo

Para entender la verdadera magnitud de esta operación, debemos alejarnos de los eufemismos y diseccionar la bestia con datos fríos y duros. Lo que comenzó en 2004 como un modesto ejercicio bilateral de capacitación entre Estados Unidos y Marruecos, limitado a ejercicios de puesto de mando y maniobras tácticas básicas, se ha transformado en dos décadas en un monstruo geopolítico imparable.

La edición más reciente, African Lion 2025, no fue solo una demostración de fuerza; fue una declaración de intenciones globales. La operación movilizó a más de 10.000 efectivos provenientes de 40 naciones diferentes, transformando el norte de África en un campamento militar de alcance global. No se trata únicamente de tropas estadounidenses y marroquíes; la presencia masiva de aliados de la OTAN (España, Francia, Reino Unido, Italia) demuestra que Marruecos se ha convertido en el eje logístico del flanco sur de la Alianza Atlántica.

La geografía de la operación es reveladora. Las maniobras no se limitaron a un punto aislado; se desplegaron como una red de control sobre todo el Magreb y el Sahel:

  • En Marruecos: Las bases de Agadir, Tán-Tan, Ben Guerir, Kenitra y Tifnit sirvieron como escenarios para simulacros de alta intensidad.
  • Expansión Regional: La operación se extendió a Túnez, Ghana y Senegal, demostrando la capacidad de EE. UU. para proyectar poder a través de fronteras y continentes.

Pero lo verdaderamente alarmante no es la cantidad de botas en el suelo, sino la sofisticación tecnológica desplegada. Hemos pasado de ejercicios de contrainsurgencia básica —ese pretexto usado durante la “Guerra contra el Terror”— a simulacros de guerra de alta tecnología. AL25 integró escenarios de combate aéreo complejos, apoyo aéreo cercano (CAS) y operaciones navales anfibias. Más crítico aún, el ejercicio sirvió como campo de pruebas para la integración de Inteligencia Artificial y sistemas no tripulados, así como para el adiestramiento en entornos de guerra biológica, radiológica y nuclear.

Esta modernización no es casual. Marruecos ha emprendido una carrera armamentista financiada y aprobada por Washington. Como Aliado Mayor No-OTAN (Major Non-NATO Ally), un estatus otorgado en 2004, el reino alauí tiene acceso a tecnología reservada para los socios más cercanos. La presencia de drones Reaper para vigilancia y ataque, sistemas de misiles Patriot para defensa aérea, y la adquisición reciente de helicópteros de ataque Apache, convierten al ejército marroquí en una extensión de las capacidades de proyección de fuerza de Estados Unidos. La firma de una hoja de ruta de cooperación en defensa hasta el año 2030 consolida a Marruecos como el “portaaviones terrestre” de EE. UU. en el Atlántico, una pieza clave para controlar el Estrecho de Gibraltar y la puerta de entrada al Sahel inestable.

El precio del silencio

La crítica a “African Lion” no es meramente geopolítica; es una cuestión ética fundamental. ¿Cómo puede Estados Unidos erguirse como el juez moral supremo del mundo, sancionando a naciones por violaciones de derechos humanos, mientras entrena y arma profesionalmente a las fuerzas especiales de un régimen que reprime sistemáticamente la libertad de prensa y la disidencia?

Aquí es donde el cinismo de la política exterior estadounidense alcanza su punto más álgido. Organismos internacionales de incuestionable prestigio, como Human Rights Watch y Amnistía Internacional, han documentado exhaustivamente lo que denominan un “ecosistema de represión” en Marruecos. No se trata de rumores ni de propaganda enemiga; son hechos constatados:

  1. El espionaje estatal: El uso probado del software espía Pegasus (desarrollado por la empresa israelí NSO Group) para infiltrar los teléfonos de periodistas, activistas de derechos humanos y defensores de la causa saharaui. Esta tecnología permite leer mensajes, escuchar llamadas y activar cámaras sin el conocimiento de la víctima. Casos como el del periodista Omar Radi, espiado y posteriormente encarcelado bajo cargos dudosos, exponen el rostro real del socio estratégico de EE. UU.
  2. El asedio a la disidencia: Las leyes marroquíes se utilizan de manera draconiana para castigar incluso la defensa pacífica de la autodeterminación. Los juicios injustos, las condenas a largas penas de prisión por delitos de opinión y el acoso a familiares de críticos son práctica común.
  3. La cuestión del Sahara occidental: Persiste una ocupación militar sobre un territorio cuyo estatus legal, según la ONU, es el de “no autónomo”, pendiente de un referéndum de autodeterminación que Marruecos se niega a celebrar.

Ante este panorama, la respuesta de Washington no es la condena, sino el blindaje. Estados Unidos ha demostrado que la represión es un “daño colateral” aceptable si el precio político es correcto.

El Sahara occidental como moneda de cambio

El punto de inflexión que desenmascara definitivamente la falta de moral en la estrategia estadounidense ocurrió en diciembre de 2020. En sus últimas semanas en el cargo, la administración de Donald Trump rompió décadas de política exterior bipartidista y neutralidad diplomática al reconocer oficialmente la soberanía de Marruecos sobre el territorio ocupado del Sahara Occidental.

¿Fue este un acto de justicia histórica o de arrepentimiento legal? No. Fue una transacción comercial pura y dura.

El reconocimiento de la soberanía marroquí fue el “cheque en blanco” político que Washington entregó a Rabat a cambio de una sola cosa: la normalización de relaciones con el Estado de Israel, enmarcada en los llamados Acuerdos de Abraham. Estados Unidos traficó con el destino de un pueblo entero —el pueblo saharaui— para asegurar una victoria diplomática para su aliado en Oriente Medio.

Lo más revelador es que la administración de Joe Biden, a pesar de su retórica sobre el retorno a los valores y el respeto al derecho internacional, ha mantenido intacto este reconocimiento. En 2025, funcionarios como el Secretario de Estado Marco Rubio reiteraron el apoyo a la soberanía marroquí, validando el plan de autonomía marroquí como la “única solución viable”, ignorando así el derecho internacional y las resoluciones de la ONU que exigen un referéndum.

Este doble rasero es la definición misma del cinismo imperial. Washington condena con dureza las anexiones territoriales en Europa (como en el caso de Crimea o Ucrania) o sanciona a regímenes que desafían el orden establecido, pero legitima y financia una anexión militar en África porque el régimen que la ejecuta es un cliente fiel del complejo militar-industrial estadounidense.

La conclusión es ineludible: para Estados Unidos, la legalidad internacional es elástica. Se tensa contra los enemigos y se relaja para los amigos. La autodeterminación no es un derecho inalienable, sino una moneda de cambio negociable en la mesa de la alta política.

Contención y hegemonía

¿Por qué esta tolerancia absolutoria hacia Marruecos? La respuesta reside en el pánico de Washington a perder su hegemonía global. Estados Unidos no busca aliados basándose en la bondad de sus gobiernos ni en su respeto a los derechos humanos; busca servidores estratégicos que garanticen el mantenimiento de su imperio.

Marruecos desempeña tres funciones vitales para la estrategia de contención estadounidense:

  1. El Baluarte contra Rusia: Con el avance de los grupos vinculados a Rusia (como el extinto Grupo Wagner, ahora Africa Corps) en el Sahel (Malí, Níger, Burkina Faso), Estados Unidos ha perdido influencia en la franja subsahariana. Marruecos es el “cordón sanitario” al norte, un aliado estable y fuertemente armado que impide la influencia rusa desde el Mediterráneo hacia el sur.
  2. La Vigilancia a Irán: En el contexto de las tensiones en Oriente Medio, Marruecos se alinea firmemente contra la influencia iraní, ofreciendo inteligencia y apoyo logístico a la red de aliados de EE. UU. e Israel.
  3. La Puerta de entrada a África: La ubicación geográfica de Marruecos, en la encrucijada entre Europa, África y América, lo convierte en un nodo logístico insustituible para el despliegue rápido de tropas y equipo.

“African Lion” es, por tanto, una pieza más de un rompecabezas global que incluye ejercicios similares en el Pacífico (como Rim of the Pacific o Talisman Sabre) y en Europa (Defender Europe). Son los engranajes de una maquinaria diseñada para garantizar que ninguna potencia rival desafíe la primacía estadounidense. La “seguridad regional” que pregona AFRICOM es, en realidad, la seguridad de los intereses corporativos y geopolíticos de Washington, a menudo a expensas de la seguridad real de las poblaciones africanas.

La Importancia de mapear al imperio: ¿Por qué debemos vigilar estas maniobras?

Es vital que la ciudadanía global, y especialmente la opinión pública occidental que financia estas operaciones con sus impuestos, entienda y denuncie maniobras como “African Lion”. No son simples juegos de guerra inocentes; son las herramientas de construcción del imperio.

La normalización de estas maniobras militares alrededor del mundo tiene un efecto perverso: anestesia a la sociedad ante la realidad de que sus gobiernos son cómplices de violaciones de derechos humanos. Cuando vemos un mapa de las bases militares estadounidenses o de los ejercicios anuales, no estamos viendo una red de defensa, sino una red de control.

El imperio no tiene amigos, tiene intereses. Y esos intereses son, por definición, egoístas. Estados Unidos no actúa por “bondad” o “civilización”; actúa para preservar su posición dominante en la economía y la política mundial. Esto implica que un régimen totalitario o autoritario deja de ser “tiranía” y se convierte en “socio estratégico” en el momento exacto en que permite el uso de su espacio aéreo, su voto en la ONU o su territorio para acoger drones.

Si no vigilamos estas maniobras, permitimos que la narrativa de la “paz y seguridad” se imponga sin oposición. Ignoramos que la “estabilidad” que promueven a menudo es la estabilidad de las autocracias amigas, garantizando que sus líderes puedan reprimir a sus pueblos sin temor a una intervención moral de Occidente, siempre y cuando sigan comprando armas y mantengan las líneas de suministro abiertas.

El León y la oveja

El ejercicio “African Lion” es una metáfora perfecta del nuevo orden mundial que Estados Unidos promueve con entusiasmo: un león en capacidad de fuego, que se acuesta junto a una oveja —los derechos humanos, el derecho internacional y la democracia— solo para devorarla cuando nadie mira, o peor aún, cuando le resulta conveniente para sus intereses.

La próxima vez que vea a un general estadounidense saludando a un dignatario marroquí bajo el sol de Agadir, o leyendo un comunicado sobre el “éxito” de unas maniobras conjuntas, recuerde leer entre líneas. Detrás de ese saludo no hay una alianza de valores, sino una alianza de intereses. Y en el juego del imperio, los intereses nunca tienen moral.

La hegemonía estadounidense no se mantiene predicando con el ejemplo, sino predicando con la hipocresía. Entender las maniobras militares como “African Lion” es entender que el imperio está dispuesto a sacrificar la libertad de los pueblos (como el saharaui) y la dignidad de los individuos (como los periodistas espiados) en el altar de su perpetuo dominio global.

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