Inmune al “encanto” de Sirat y, en general, desencantada

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Pilar Aguilar Carrasco

Sirat (Oliver Laxe) recoge premios y parabienes por doquier. Yo no comparto ni entiendo tanto entusiasmo. Alegan: “Paisajes espectaculares”, pero un film no es solo (ni si siquiera fundamentalmente) decorados. Alegan: “Banda sonora deslumbrante” y digo otro tanto. Cierto, la belleza visual o sonora influyen -incluso en gran manera- en la calidad de una película, pero no bastan.

Algunos, además de alabar la forma, también alaban el contenido, el “mensaje”. Leo: “Es un film místico, espiritual, existencial. Habla de supervivencia, esperanza, libertad”. Me cuesta creer que tanto ditirambo vaya en serio.

Cierto, yo soy poco dada a la espiritualidad y nada dada al misticismo, pero sé reconocerlos y puedo concederles valor. El problema es que no veo en Sirat ninguna espiritualidad ni ningún misticismo. Calificar como “experiencia mística, espiritual, existencial” la romería de rave en rave de los personajes me suena igual que me sonaría si calificaran de “experiencia mística, espiritual, existencial” la carrera del Dakar o un desfile de Dior. Porque, para que una experiencia personal ataña a otros, ha de tener valores que la trasciendan. Ocurre con los poemas de Juan de Cepeda y Ahumada, por ejemplo, pero no ocurre con esta peregrinación por muy impactantes que sean el desierto y la música.

Hay quien afirma que este el film trasmite un “mensaje de esperanza y libertad”. Me quedo atónita y pasmada. Ya sé que vivimos una época de individualismo exacerbado, pero, si ante este mundo injusto, violento, depredador y autodestructivo, el horizonte de “esperanza y libertad” consiste en ir de rave en rave (o de mostrador en mostrador o de polígono en polígono a “pillar algo”, o de compra compulsiva en compra compulsiva) corremos hacia el abismo.

Algunos opinan que esta película habla de supervivencia. Depende de lo que se entienda por supervivencia, claro. Yo, por ejemplo, todo el rato me preguntaba de dónde sacan el dinero para comprar gasolina, comida, droga. Pero, sea como fuere, la supervivencia de esos personajes no me interesa nada. Sí me interesa la supervivencia de los millones de seres humanos que penden de un hilo.

Solo Luis, el padre, me despierta emociones, pero negativas: me parece despreciable y sin sesera porque pone en peligro la vida de un crío so pretexto de “buscar” a una hija que, por otra parte, puede volver a casa ella solita si lo desea.   

Y no es solo Sirat. Tristemente, este año, 2025, he ido de decepción en decepción. Hago un rápido recorrido:

The Brutalist (Brady Corbet). Es un quiero y no puedo pretenciosillo. Amaga temas interesantes: la arquitectura, la Shoah, el abuso de poder, la homosexualidad reprimida, la pasión creadora… pero en ninguno termina de hilar ni profundiza.

Superman (James Gunn). Algunas historias fantásticas me divierten. Esta, no. Solo el perro me pareció gracioso. Me cansé y me salí del cine.

Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson). Contrariamente a Superman no me aburrió en ningún momento. Tiene un estupendo ritmo. Ahora bien, me irritó que esos supuestos “rebeldes” tuvieran una inteligencia tan limitada y/o unos desequilibrios mentales tan evidentes. Sus planes “revolucionarios” son muy similares a los que nos ofrecen los juegos de ordenador. Fracasan, claro, pero si triunfaran casi sería peor. Y, por supuesto, que no todas las personas que buscan un proyecto de mejora para este mundo son maravillosas, pero también me parece descabellado presentarlas como incoherentes, obtusas, neuróticas o, en el mejor de los casos, inútiles. Y me irrita que eso se haga justamente ahora, cuando la lucha contra la arbitrariedad y la injusticia es tan necesaria. Y sí, claro que de todo se puede tratar con humor, pero el humor no tiene por qué ridiculizar lo que aborda.

Un simple accidente (Jafar Panahi). Salí triste y decepcionada. Los personajes de este film son -como los de Anderson- de inteligencia muy limitada y de poquísima consistencia. Tienen prontos iracundos que se deshacen como azucarillos en un plis-plas. Si el film dura quince minutos más, el torturador los vuelve a torturar tan tranquilamente.

Frankenstein (Guillermo del Toro). Otra gran decepción porque, hasta ahora, todas las películas de Gillermo del Toro me habían interesado. Esta, sin embargo, me parece excesivamente barroca y vacua. Mucho ruido y pocas nueces. Tanto decorado, tanto efecto espacial, tantas idas y venidas me cansaron. Y total ¿para qué?

Valor sentimental (Joachim Trier). Palma de Oro en Cannes. Las relaciones paterno-filiales y la complejidad de los lazos familiares son un gran filón emocional y propician la exploración de sentimientos, fallas y resistencias de todo tipo. Pero este film no consiguió trasmitirme intensidad ni emoción. Los personajes, al igual que me pasó en las demás películas, no interesaron especialmente. Me daba un poco igual lo que les ocurriera.

Del rol de los personajes femeninos no he dicho nada, pero no porque falte material (la “dominatrix” de Una batalla tras otra, la modélica esposa de El brutalista…) sino porque daría para otro artículo.

1 COMENTARIO

  1. Los del espacio cómico «polònia» de TV3 hicieron un corto llamado «Tirat» (tirado) que por un lado presenta lo tirados que están los que quieren viajar con los trenes de «cercanías» de Renfe en Cataluña, pero está hecho imitando escenas y ountos argumentales de «Sirat». Y leído desde ese punto de vista coincide mucho con tu crítica de «Sirat» – que, por cierto, a mi ni me gustó ni me dejó de gustar, pero me enfada que se filme en paisajes reales muchas veces del Sahara Occidental – por una simple razón: la misma película filmada en Ucrania, Gaza o el Sudán y pasando olímpicamente de la realidad local actual también me enfadaría.

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