¿Dejaremos alguna vez de alimentar el odio?
Cuanta energía desaprovechada gastamos en infamias
Alabanzas de sangre entre latido y latido
La cara espeluzna al contrario
Y de todo hacemos un enemigo
Saltamos a la calle como condenados
Nos fustigan los vientos modernos
Llenos de la alforja de lo soterrado
Con nuestras máscaras sabemos
Que somos máscaras bajo las máscaras
Nadie nos puede conocer
Enfundados en un sentimiento incómodo
Alzamos la mirada y vemos caer los puñales
Una lluvia de vértices nos llama
Un sortilegio de inundaciones pétreas
Condenas y sulfuros
Adornos de la imaginación que van claudicando orgullo
El odio que nos puede
El que nos llama dentro del corazón
El que nos puede matar
Y el que nos salva
Alguien clama desde la vereda de un cuadrilátero
Sube su propio volumen lanzando ínfulas y arabescos
Clama sobre la mentira
Trota sobre la necesidad imperiosa
Y usa todas las armas a su alcance
Desde los altos rosarios la ira se enciende
Bajo los grandes crucifijos el odio expande su médula
Y se clava en las necesidades vacías
En los ojos tendenciosos
En aquellos que no poseen sino lo poco
Que pueden perder
Se les arrincona entre salmos y sahumerios
Se les aquilata como príncipes de la derrota
Son los penúltimos seres
Y temen a los últimos en llegar
Porque el odio es siempre plomizo
Lacerante y vertiginoso
Odio con cara de pobre
Odio demente y necesitado
Odio avergonzado
Odio que no llega a fin de mes
Y en un corazón que odia
No cabe la razón
Ni el amor
Es solo miedo despilfarrado en un montón de acíbar
Alguien llama a la rebelión desde un plató
Coge un micrófono y nos mata
Devora la verdad de un suculento bocado
Alza la mentira y la santifica
Descoyunta aquello que nos une
Y se envuelve en una bandera
Que ya jamás será de nadie
Alimentar el odio
Es hacer que la democracia se muera de hambre.








