“El ajedrez crea resolución; el wei qi desarrolla flexibilidad estratégica”
Kissinger, 2012
En el patrón de la intrincada red de la competencia entre grandes potencias del siglo XXI se consolida una claridad: EEUU, reacciona; China, actúa. No se trata de una mera rivalidad en producción industrial o capacidad militar convencional, sino de una contienda multidimensional lo que el analista checo Ladislav Zemánek [1] identifica como las «prebendas tecnológicas» del futuro conflicto: el ciberespacio, la inteligencia artificial y el dominio espacial. Mientras Washington debate, invierte en ciclos presupuestarios y anuncia proyectos faraónicos como el escudo antimisiles «Cúpula Dorada», Pekín ejecuta una estrategia integral y a largo plazo.
Esta lógica no solo responde a razones económicas, sino también a una visión de soberanía nacional: quien controle la innovación, controlará el futuro. El objetivo de China no es solo alcanzar la paridad, sino reescribir las reglas del poder global a través de una supremacía tecnológica que funcione como un multiplicador de fuerza geopolítica y geoeconómica.
Los pilares de este ascenso son:
— La computación cuántica como arma estratégica,
— El control del espectro electromagnético como dominio de batalla y la contienda por la órbita terrestre
— La audaz ofensiva diplomática para ser el arquitecto de la gobernanza global en la era digital
- Revolución cuántica
China ha dejado atrás la fase de investigación básica para embarcarse en una aplicación estratégica directa. Pekín no solo persigue la ventaja tecnológica, como indica el informe estadounidense “Vying for Quantum Supremacy: U.S.-China Competition in Quantum Technologies” de 18 noviembre de 2025, China ya está nvolucrada en operaciones de «recolección inmediata, descifrado posterior«: recopilan datos cifrados hoy con la intención de descifrarlos una vez que las computadoras cuánticas estén disponibles.
Esta estrategia, valorada en billones de yuanes, se centra en la adquisición masiva y sistemática de datos encriptados extranjeros—desde secretos comerciales hasta comunicaciones militares—con la certeza de que las Computadoras cuánticas con corrección de errores de la próxima década podrán desentrañarlos. El horizonte temporal, apodado «Q-Day«[2] para la década de 2030, representa un punto de inflexión existencial. En ese momento, la criptografía clásica que protege todo, desde transacciones bancarias hasta los sistemas de mando y control nuclear, podría volverse obsoleta.
Las implicaciones para la disuasión estratégica y la defensa son profundas, las tecnologías cuánticas secundarias, como los sensores de anomalías magnéticas y los gravímetros, amenazan con neutralizar los pilares más sigilosos de la potencia militar convencional. Los submarinos de misiles balísticos (SSBN), la columna vertebral de la disuasión nuclear de segunda capacidad, podrían perder su invisibilidad. Asimismo, los sensores ópticos cuánticos podrían desvelar la posición de bombarderos furtivos. Esta perspectiva no es teórica: analistas chinos documentaron meticulosamente en 2024 más de 11 despliegues de submarinos nucleares estadounidenses y 56 salidas de bombarderos estratégicos en la región, señalando precisamente los activos que su tecnología futura busca volver obsoletos. La carrera, por tanto, no es solo por construir un ordenador más rápido, sino por lograr una asimetría definitiva que degrade la disuasión extendida de un adversario sin necesidad de disparar un solo proyectil.
- Dominio electromagnético y espacial: la construcción de un entorno operativo
Paralelamente, China está librando una batalla menos visible pero igualmente decisiva por el control del entorno físico y electromagnético. En el Mar de China Meridional, ha transformado atolones en islas artificiales fortificadas que funcionan como nodos de una red de vigilancia y guerra electrónica integrada. Estas bases, equipadas con antenas de matriz en fase, perturbadores móviles y radomos, crean un «entorno de aniquilación electromagnético» superpuesto. Su propósito es claro: rastrear, perturbar y paralizar las operaciones de fuerzas extranjeras en un vasto teatro, controlando el espectro electromagnético para negar su uso al adversario y proteger su propio disuasivo nuclear marítimo.
Esta lucha por el control se extiende a la órbita terrestre, donde el sistema Starlink de SpaceX ha otorgado a EEUU y sus aliados una ventaja táctica en comunicaciones resilientes. La respuesta china es un «golpe de uno-dos» estratégico. Por un lado, está desplegando una capacidad industrial masiva para construir su propia megaconstelación de satélites, compitiendo directamente en el mercado comercial. Por otro, y de manera más agresiva, desarrolla contramedidas tácticas para negar el uso de Starlink en un escenario de conflicto.
Investigaciones chinas exploran el uso de enjambres de hasta 2.000 drones de perturbación para crear una «red de interferencia» a gran altitud que bloquee las señales satelitales sobre una región específica, como Taiwán, buscando imponer un «apagón de internet» táctico. El objetivo final es hacer a Starlink «irrelevante», combatiéndolo tanto en el mercado como en el campo de batalla potencial
- La batalla por la narrativa y la gobernanza: China como arquitecto de normas
El avance tecnológico de China está inextricablemente ligado a una ofensiva diplomática y normativa de gran alcance. Su Libro Blanco sobre “Control de Armas y Desarme en la Nueva Era” publicado en noviembre de 2025, es la piedra angular de este esfuerzo.
El documento explica detalladamente por qué China se niega a ser comparada con las dos mayores potencias nucleares. Hace hincapié en la «disuasión mínima necesaria», la «no utilización del primero» y la «máxima moderación» en el tamaño de su arsenal, principios arraigados de la estrategia china. El mensaje es claro: China no aceptará conversaciones adaptadas a los intereses de sus rivales.
Según analiza Zemánek, el documento es mucho más que una declaración de política: es un «gesto político» destinado a moldear el orden internacional emergente. Al integrar temas tradicionales como el desarme nuclear con la gobernanza del ciberespacio, la IA y el espacio exterior, Pekín busca posicionarse como la voz de la estabilidad y la moderación, en contraste con lo que describe como la búsqueda de «seguridad absoluta» y el desmantelamiento de acuerdos por parte de EEUU.
La estrategia narrativa es sutil y poderosa. Evita nombrar directamente a EEUU, refiriéndose en su lugar a «cierto país«, al tiempo que critica la expansión de alianzas militares y el despliegue de sistemas de misiles que «socavan la seguridad regional». Apela al Sur Global, presentándose como una potencia defensiva y responsable frente a un Occidente percibido como agresivo. El objetivo es claro: se auto otorga una ventaja narrativa: puede presentarse como el que actúa con responsabilidad, mientras presenta a EEUU como una fuente de inestabilidad, deslegitima la arquitectura de seguridad liderada por EEUU y establece las bases para un orden multipolar donde Pekín tenga un papel central en la redacción de las reglas que gobernarán las tecnologías del futuro.
El Sueño chino
La narrativa del sueño chino funciona como la estructura del “storytelling político”, donde el pasado actúa como origen, el presente como fase de lucha, y el futuro como clímax colectivo. Desde que Xi Jinping asumió el liderazgo como Secretario general del PCCh en 2012, el concepto de «Sueño Chino» (中国梦) se ha convertido en el núcleo simbólico del discurso oficial del Estado, una narrativa nacional que articula identidad, orgullo y ambición, proyectando el retorno de China a una posición central en el sistema internacional. La fórmula clave es el «gran rejuvenecimiento de la nación china», lo que implica que para 2049, el país no solo deberá ser rico y poderoso, sino también culturalmente influyente, respetado globalmente y unido internamente. Xi lo ha descrito como un sueño colectivo con raíces históricas profundas, que no pertenece a un individuo, sino a todo el pueblo chino.
El “sueño chino” no es una metáfora: es un programa político en ejecución, está estructurado en dos etapas estratégicas: primero, consolidar una «sociedad modestamente acomodada» (小康社会), que se dio oficialmente por cumplida en 2021; y segundo, transformar a China en un país socialista moderno para 2049.
[1] Investigador no residente del Instituto China-CEE, creado por la Academia China de Ciencias Sociales en Budapest, y participante del proyecto Valdái – Nueva Generación
[2] Q-Day (o Y2Q, Years to Quantum) es el punto hipotético en el tiempo en el que una computadora cuántica criptográficamente relevante (CRQC) se vuelve lo suficientemente poderosa como para romper la criptografía de clave pública (como RSA y ECC) que actualmente protege la mayor parte de los datos confidenciales del mundo








