Estoy realmente impresionado con la paz que diseñó Trump para Gaza. Es la paz más efectiva e inmediata que nunca se ha visto en la tierra. Desde aquella firma,según los medios internacionales de información, sencillamente no ha pasado absolutamente nada noticiable en esa franja de terreno. Al final va a ser verdad, como sostienen algunos ultras cristianos, que Trump es un enviado del cielo que ha hecho un verdadero milagro.
Según todos los medios mayoritarios lo único noticiable es que de vez en cuando, en cumplimiento de esa maravillosa paz, los palestinos devuelven el cuerpo de algún rehén israelí para que lo entierren dignamente. Al parecer todos los niños asesinado durante meses han resucitado, todos los palestinos han vuelto a sus hogares y todos tienen comida en abundancia. Al parecer las dos partes han comprendido que la guerra es un infierno y han decidido vivir en paz. Ya no hay enfrentamientos ni niños asesinados.
De vez en cuando alguna noticia rompe esta idílica estampa, como la riada de hace una semana que volvió a arrasar los campamentos de desplazados. ¡Vaya por Dios! Pero bueno, ha debido ser un caso muy desgraciado, porque normalmente está claro que todo en la franja es ahora armonía en una población en paz que rápidamente ha reconstruido hasta el último rincón de la zona.
También por otros canales nos llegan noticias de incursiones del ejército israelí en la franja y también en Cisjordania o el Líbano, pero todos sabemos que eso es imposible porque el problema era Hammás que ya ha sido felizmente borrado del mapa para que todos reposen tranquilos. Sólo queda que los palestinos, una vez que Hammás ya no existe, terminen de cumplir la tregua devolviendo los rehenes muertos, ya que todos han comprendido que Netanyahu y sus muchachos sólo quieren la paz y la seguridad, y en ningún caso han propuesto convertir Gaza en un resort de lujo al gusto de los millonarios norteamericanos.
Para nada hay miles de desplazados, ni la franja es inhabitable, ni el ejército israelí ha seguido asesinando en masa, ni hay hambre de nadie ni la situación requiere más atención del resto del mundo. Desde el 10 de octubre, mágicamente, judíos y palestinos viven en paz y es una delicia pasear por los asentamientos de Cisjordania o mirar el mar desde la franja de Gaza. Los niños de ambos bandos van felices a la escuela y todo seguirá así salvo que los malvadísimos asesinos de Hammás lo estropeen. Ni siquiera es necesario perseguir y juzgar a ningún criminal de guerra impune.
Porque tampoco hay ningún motivo desde entonces para que ninguna de las partes se considere engañada. Aunque algunos intoxicadores hablen de 342 muertos, 875 heridos y 35 prisioneros palestinos desde la entrada en vigor del alto el fuego, los medios occidentales, que siempre nos dicen la verdad, no hablan de ello. En Gaza —y en Líbano, y en Cisjordania, y en tanto otros lugares—, sólo hay gente feliz afanándose en reconstruir sus casas, que ya han vuelto a la normalidad.
El ejército hebreo se ha mostrado sencillamente incapaz de romper la idílica situación en la que viven y ni sus bombardeos, ni sus abusos sexuales a presos palestinos, ni las condiciones a las que obliga a vivir a los palestinos son motivo para pensar en otra cosa que no sea la paz y el amor generalizados en la zona. De modo que habrá que rogar que ninguno de esos elementos extremistas que siempre hay se considere legitimado para responder porque eso sí que quebraría la paz que con tanto esfuerzo ha conseguido el presiedente norteamericano.
La normalización de la franja de Gaza es tan efectiva que, de hecho, Trump va a aplicar sus dotes de pacificador y va a arreglar los problemas de otras dos zonas conflictivas, Ucrania y el Caribe. No me cabe ninguna duda de que según el presidente norteamericano arregle estos dos desaguisados todo será paz y tranquilidad en todo el mundo. Desde luego no serán las tropas rusas ganando terreno día a día, ni el gobierno legítimo de Venezuela los que lleven la estabilidad a estas dos zonas, sino el sacrosanto y milagroso Donald Trump. En cuanto él firme un papel, así se escribirá y así se cumplirá.
Con semejantes dotes uno no deja de asombrarse de que el inquilino de la casa blanca no recibiera el último Nobel de la Paz, aunque se lo hayan dado a uno de sus agentes que está usando para pacificar otras zonas.
Pero es que Trump, como enviado celestial que decíamos que es, se ha centrado en llevar la paz a la tierra donde nacieron las tres grandes religiones. Ha continuado la tradición milagrosa y divina de Oriente Medio. ¡Alabado sea Trump!









