Errores de la izquierda que favorecen a la (ultra)derecha

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Juana Gallego Ayala, ha sido profesora de periodismo, género y comunicación en la Universidad Autónoma de Barcelona desde 1989 hasta 2022.

Asistimos en toda Europa y en América a un creciente aumento de la ultraderecha, y aunque hasta hace poco España se había diferenciado un poco en este tema, actualmente parece que el ascenso de Vox o Aliança Catalana nos está equiparando con el resto de los países.

Quienes se alarman por este hecho parece que olvidan que si aumenta esta tendencia política es porque hay cada vez más personas que se adhieren a ella, y eso debe tener alguna explicación. De pronto, un país como España que se había caracterizado por un sostenido “progresismo”, se llena de supuestos “fachas”, sobre todo jóvenes, dispuestos a votar a esos partidos de ultraderecha. ¿Se convierte la gente en ultraderechista de la noche a la mañana? ¿Un país donde ha habido holgadas mayorías parlamentarias de izquierdas se troca en reaccionario de un día para otro?

Podríamos hablar de los errores de la “derecha civilizada”, que bien podría recoger ese descontento que parece extenderse entre amplias capas de la población y que alimenta a la ultraderecha, pero no parece que sean los errores de la derecha los que hacen aumentar esta corriente reaccionaria. Más bien parece que son los errores de la izquierda (ampliamente entendida) lo que está provocando esa estampida que está nutriendo de posibles votantes a partidos que hasta hace poco eran marginales o no existían. Creo que la izquierda ha cometido importantes errores, y aunque todos podrían derivarse de haber asumido acríticamente los postulados de la posmodernidad y el relativismo cultural, y los desatinos y excesos que se han cobijado bajo la denominada “cultura woke” vamos a ver si podemos precisar un poco más cuales han sido esos errores fundamentales.

Primero: abandonar la noción de clase social, olvidando que son las condiciones materiales de existencia y la desigualdad estructural las que determinan las posibilidades vitales de las personas. Importantes capas de la sociedad se han sentido abandonadas, expulsadas, desatendidas, ninguneadas, minusvaloradas mientras se afianzaba la idea de que cada uno se labra su propio destino mediante el emprendimiento individual, la ambición personal, el mérito y el esfuerzo propio, etc. Es decir, la asunción del neoliberalismo y el individualismo más extremos.

Segundo:  Asumir como propio el discurso identitario, anteponiendo los intereses de grupos y colectivos por delante de las contradicciones de clase que subyacen en todo grupo humano. Las políticas identitarias se han convertido en las prioritarias para la acción de los gobiernos, poniendo el acento en favorecer la diversidad en lugar de luchar contra la desigualdad estructural.  Producto de estas políticas identitarias son conceptos tales como “delito de odio”, “discurso de odio”, convirtiendo un sentimiento en materia legislable. Así, delito o discurso de odio es toda acción o comunicación que pueda dañar o resultar ofensiva para grupos o colectivos según características identitarias como origen étnico, género, religión u orientación sexual. Existe la incitación a la violencia, las injurias, la calumnia, la difamación, el atentado contra el honor o la integridad, todas ellas figuras objetivables, pero no se puede objetivar el odio, como tampoco se puede objetivar el amor. Se ha llegado a tal extremo que discrepar política o ideológicamente de los postulados asumidos por algunos colectivos puede ser calificado de “discurso de odio”.

Tercero: Abonarse a ideas insuficientemente asentadas ni aceptadas por la comunidad académica ni por la científica, entre las cuales la más cuestionable es la que sostiene que las personas pueden elegir su sexo y/o género y cambiarlo a voluntad, y que se han plasmado en leyes sin suficiente debate público ni consenso social, a rebufo de ideas que proceden de los entornos académicos norteamericanos y que han llevado a que se difumine y se redefina lo que es ser mujer para acomodar a cualquiera que diga que lo es.

Este tema es uno de los que más ha alejado del discurso de la izquierda a importantes sectores sociales, como el feminismo, en el que ha habido disensiones y críticas que han llevado a lo que algunos consideran “división del movimiento”. Muchas de las feministas críticas con conceptos tales como “identidad de género” o contrarias a las “leyes trans” han sido canceladas, su postura silenciada en los medios de comunicación, criticadas o señaladas como cómplices de la ultraderecha o identificadas como enemigas de las autodenominadas personas trans.

Pero también los excesos verbales y gestuales, el histrionismo de ciertas dirigentes que se consideran feministas, la banalización y distorsión de lo que es el feminismo, confundido con el transgenerismo y los múltiples delirios que estas dirigentes han auspiciado, ha generado un importante rechazo entre los varones, especialmente entre los más jóvenes.

Cuarto: Las contradicciones de las élites entre su teoría y su práctica. Presentarse como defensores de los trabajadores y comprarse un chalet de lujo o tener varias viviendas en propiedad. Criticar el machismo pero ser un agresor sexual; estar a favor de la escuela pública pero llevar a los hijos a la privada; defender la abolición pero acudir a la prostitución, etc. La hipocresía de los dirigentes políticos de izquierda son conductas que provocan irritación, desafección y desconfianza. Predicar una cosa y hacer la contraria es algo que la ciudadanía no perdona a la izquierda, que se considera a sí misma depositaria de la ética y la rectitud moral. Y no hablemos ya de los tejemanejes económicos de algunos políticos bordeando la corrupción.

Quinto: y no menos importante, la insuficiente atención que la izquierda ha prestado a la creciente preocupación que genera el fenómeno migratorio. Ante el “buenismo” o la inacción de la clase política, los flujos migratorios descontrolados han despertado la inquietud de importantes sectores de la población, que observan con recelo la llegada de migrantes de diferentes procedencias, con valores, costumbres, creencias o formas de vida que inevitablemente impactan en las sociedades de acogida. Muchos ciudadanos sienten que se producen agravios comparativos en los beneficios y atenciones que reciben los recién llegados respecto a los autóctonos. Temores infundados o no, lo cierto es que el resquemor y la preocupación existen, y han sido aprovechados por los partidos de ultraderecha para atizar y avivar esos sentimientos, convirtiendo al inmigrante en la amenaza fundamental para la sociedad receptora.

Los flujos migratorios son un tema complejo que no puede resolver ningún país en solitario, por lo que es prioritario que la Unión Europea establezca una política migratoria común que ponga fin a las mafias que hoy día están traficando con la desesperación de millones de personas que quieren huir de países empobrecidos, sin esperanza ni perspectivas de futuro.

Todos estos errores están en parte en el origen del aluvión de gente que está nutriendo a partidos ultraderechistas, que ve en ellos respuestas –aunque sean simples, irreales y demagógicas– a sus legítimas preocupaciones. La aparición de “influencers” que defienden sin complejos un pensamiento reaccionario también ha contribuido a aumentar el número de jóvenes que se abonan a las nuevas corrientes, jóvenes que tienen en las redes sociales sus principales fuentes de información.

La izquierda ha conseguido algunos logros importantes en los últimos tiempos, pero han quedado deslucidos por su apuesta suicida por el posmodernismo, que no es más que un neoliberalismo remozado disfrazado de transgresión. Ha priorizado el reconocimiento identitario y la diversidad antes que la justicia social y la igualdad. Si el precio que ha pagado es poco o mucho lo veremos en las próximas contiendas electorales.

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