por Jordi Velasco (@jordivll)
Han pasado meses desde aquella DANA que arrasó comarcas enteras del sur valenciano. El balance es escalofriante: 229 muertos, miles de damnificados, pueblos todavía sin recuperarse y una sensación generalizada de abandono. Pero, más allá del drama humano, hay una ausencia que golpea todavía más fuerte: la inacción y el silencio del Consejo de Carlos Mazón.
Este fin de semana, València ha acogido la doceava manifestación para exigir su dimisión. Doce ya. Y a pesar de la repetición, la llama no se apaga. Más de 50.000 personas han vuelto a llenar las calles para reclamar responsabilidades ante una tragedia que no puede normalizarse. No es solo una movilización política: es una respuesta moral de un pueblo herido.
Desde la primera concentración hasta esta última, el mensaje ha sido el mismo: no podemos vivir como si nada hubiera pasado.
El pueblo valenciano ha mostrado una paciencia ejemplar, pero también una memoria tenaz.
Y mientras las familias intentaban rehacerse del barro, buscando entre restos y silencio, Carlos Mazón comía en el “El Ventorro” junto con la periodista Maribel Vilaplana, el mismo día en que centenares de personas luchaban para sobrevivir a la tormenta. Aquella comida, convertida ya en símbolo de la desconexión del poder con la realidad, ha vuelto a la actualidad porque la jueza de Catarroja ha citado Vilaplana como testigo dentro de la investigación sobre la gestión y la respuesta institucional a la DANA. Una investigación que hace meses que avanza con nuevas declaraciones y citaciones para aclarar qué falló y quienes eran responsables. Muchos se preguntan ya si esta línea de investigación podría acabar llegando al Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana (TSJCV).
La pregunta es inevitable: ¿será imputado Carlos Mazón?
De momento, la justicia empieza a escuchar.
Y la sociedad, que ha estado demasiado tiempo sola, empieza a hablar más alto.
Porque detrás de esta doceava manifestación hay mucho más que indignación: hay una conciencia colectiva que no quiere rendirse.
La DANA no fue un accidente imprevisible. Las alertas estaban encima la mesa, los servicios de emergencia saturados, las infraestructuras obsoletas.
Lo que falló no fue solo la meteorología, sino la organización, la previsión y el liderazgo político.
Lo que faltó fue humanidad.
Cada vez que Mazón evita hablar del tema, cada vez que su gobierno huye de la palabra “responsabilidad”, crece una sensación de vergüenza compartida.
No se puede gobernar ignorando 229 muertos. No se puede liderar un país mirando a otra banda.
Las manifestaciones no son capricho ni rutina. Son una manera de exigir decencia, de recordar que la democracia también se escribe en las calles cuando el poder se esconde detrás de comunicados y excusas.
Cada pancarta es una pregunta pendiente, cada paso una denuncia silenciosa.
Ahora, con la cita judicial y la presión popular que no decae, quizás el círculo empieza a cerrarse.
Si la justicia actúa con valentía y el pueblo mantiene su constancia, quizás Mazón tendrá que responder no solo ante la historia, sino ante los tribunales.
Pero la pregunta continúa abierta: ¿y ahora qué?
Doce manifestaciones después, miles de personas en las calles, una jueza que continúa pidiendo explicaciones… ¿Qué basura con todo esto?
¿Cómo se transforma la indignación en cambio real?
¿Cómo evitamos que esta tragedia quedo sepultada por el olvido y la propaganda?
Las víctimas de la DANA merecen más que minutos de silencio.
Merecen verdad, responsabilidad y reparación.
Y el pueblo valenciano merece un gobierno que miro de cara, que hablo en plata y que no convierta la tragedia en una molestia política.
Las doce manifestaciones son un mensaje potente: la calle no olvida.
El país no acepta el silencio como respuesta.
Y si alguna vez el poder pensó que todo acabaría con el barro secándose, se ha equivocado.
Porque la memoria de un pueblo, cuando despierta, es más fuerte que cualquier titular.
Y quizás es esto el que más asusta a Mazón: saber que, aunque el juez no lo haya citado (todavía), el veredicto moral ya está dictado en las calles.








