Jesús Carretero Ajo
Hubo en la Historia mujeres
que rompieron las barreras
contra el dominio del hombre.
Aunque sí dejaron huella,
en los libros no aparece
ni se enseña en las escuelas.
No solo fueron esposas,
madres, amantes, doncellas…;
también lograron laureles
en las artes y en las letras,
como grandes estadistas,
como mujeres de ciencia…
feo asunto que alarmaba
a los hombres de su época,
ya que todos los saberes
de los hombres cosa eran.
A pesar de los obstáculos,
fueron mujeres guerreras
que hasta la vida perdieron
por luchar contra la idea
de que los hombres han sido
superiores siempre a ellas.
Si recorremos su historia,
una historia no libresca
sin rastro de mancha hombruna,
botones sobran de muestra.
De una Edad Antigua agónica
Hipatia llama a la puerta.
Natural de Alejandría
donde promovió una escuela
dedicada a la razón
del número y de la estrella,
jamás agradó a unas hordas
intolerantes y obsesas,
que en su magisterio vieron
mala magia, que no ciencia,
lo que provocó la muerte
de su legado en la Tierra.
Entrado el siglo catorce,
en la Edad que llaman Media,
Christine de Pisan reluce
por ser la autora primera
que vive de sus escritos.
Su nacimiento en Venecia,
ciudad culta y deslumbrante,
le abrirá todas las puertas
a la hora de forjarse
como escritora y poeta.
Vinculada a un humanismo
de feministas ideas
demasiado escandalosas
y audaces para su época,
en “La ciudad de las damas”,
que es su gran obra maestra,
las mujeres y los hombres
en derechos y tareas
son iguales y en común
se legisla y se gobierna.
Algunos siglos más tarde,
mediada la Edad Moderna,
surge una genial pintora,
para el mundo la primera:
Artemisia Gentileschi,
por su padre descubierta
quien le transmitió el oficio
y una depurada técnica.
Cumplidos los diecinueve
un vil mentor a la fuerza
la deshonró y Artemisia
en sus lienzos lo refleja
pintando al hombre menguado
y a la mujer siempre enérgica
como en «Judith y Holofernes»,
su tremenda obra maestra.
Se muere el siglo dieciocho
y una revolución llega
a la Francia de un Borbón
que perderá la cabeza.
Los Estados Generales,
una especie de asamblea
que agrupa a los tres sectores
de una sociedad en quiebra
-por un lado, el pueblo llano
y enfrente, nobles e iglesia-,
vuelven de nuevo a reunirse
y decidir si se acepta
sangrar otra vez al pueblo
con más cargas y a la Hacienda
Real sacar del marasmo
para el boato y la fiesta
de una monarquía vacua
y de su cohorte obscena,
mientras las gentes de pueblos,
villas, ciudades y aldeas
malviven y pasan hambre,
corriendo de puerta en puerta
de norte a sur del país
la llama de la revuelta.
En tal contexto una dama
de procedencia burguesa,
llamada Olympe de Gouges,
puso la primera piedra
del constructo feminista
al escribir en defensa
de la igualdad entre hombres
y mujeres, sin reservas.
En su famosa proclama
una mujer interpela:
“¿Eres capaz de ser justo?”,
y el hombre con la saeta
clavada en el corazón
no sabe aún no contesta…
Terciado ya el siglo XX
una España con cadenas,
un día del mes de abril,
se embarca en una revuelta
cuando los vientos del pueblo
enarbolan las banderas
de la Segunda República
negando el trono a su alteza,
un monarca caciquil.
Gran día para la fiesta,
la esperanza y el futuro
con el rey y su ralea
huyendo raudo hacia Francia,
que alegre el pueblo celebra
cantando el himno de Riego.
En este trance su huella
deja Clara Campoamor,
abogada predispuesta
a sacar a las mujeres
del marasmo y la miseria
política defendiendo,
contra vientos y mareas,
el voto de las mujeres
tal que el hombre, sin barreras,
por sufragio universal,
éxito que se refleja
en la norma treinta y seis
de la magna carta nueva.
En la Historia hubo mujeres
que rompieron las barreras
contra el dominio del hombre.
Aunque sí dejaron huella,
en los libros no aparece
ni se enseña en las escuelas.
Si recorremos su historia,
botones sobran de muestra.









De nuevo se repite que otro habla por mi.
No quiero prestar mi voz
No quiero tener mensajero.
Quiero poder plantear
mis propios interrogantes
Quiero tener interlocutores
con quienes tener discusiones
intercambiar opiniones.
expresar reflexiones.