¿A quién beneficia la ley trans?

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Por Paz Galache Payá

Hay un consenso generalizado en que las leyes son una herramienta de orden social. Son necesarias para mantener la estabilidad y prevenir el caos. Aun así, parece obligado valorar una ley, ante todo, por su capacidad para resolver el problema social al que ha pretendido dar respuesta.

Desde la introducción del derecho en la civilización hasta hoy, muchos pensadores han dedicado libros enteros a interpretar la función y la utilidad de las leyes. Como escribía Hanna Arendt: 

«Las leyes no son concebidas como imperativas sino como directivas: si bien corrientemente se habla de obediencia a las leyes, lo que está en juego es el sostén de leyes asentadas en el consenso respecto de su existencia.»

Por eso cabe preguntarse: ¿Hay consenso respecto a la existencia de la ley trans? ¿Ha resuelto el “problema” al que pretendía dar respuesta?

Empecemos viendo si ha servido a las personas transexuales, a ese 0,02% (redondeando por arriba) de la población que sufre disforia de género, ese grave malestar que les hace odiar su cuerpo sexuado y desear, por todos los medios a su alcance, cambiarlo para que se aproxime todo lo posible al sexo contrario.

Estas personas tienen un grave problema. Un problema que no solucionan ni todas las hormonas del mundo ni todas las cirugías imaginables. Después de cada intervención quirúrgica experimentan una momentánea satisfacción, hasta que algún tiempo después vuelve la disforia, vuelve la angustia y así, poco a poco, van perdiendo salud, destrozando su cuerpo y arrasando su calidad de vida. ¿Ha supuesto alguna mejoría la ley trans para estas personas? 

Ahora ya no están “patologizadas”. Ahora pueden tomar hormonas y entrar y salir de los quirófanos sin que ningún profesional de la salud pueda explorar cuál es el origen de su malestar. Es más, su trastorno dejará de ser tratado e investigado por los científicos, dado que nunca van a poder comprobar si sus tratamientos conducen a la mejoría del malestar de sus pacientes. Se han convertido en carne de cañón para la experimentación transhumanista, sirviendo de cobayas para intervenciones no seguras y cuyas consecuencias a posteriori son desconocidas. ¿Alguien en su sano juicio es capaz de imaginar una ley que “despatologizara” la anorexia, dejara a las adolescentes sin recibir alimentación y permitiera que se les pusieran balones gástricos para evitar que engordaran?

Vayamos ahora a la población LGB, ese colectivo de personas, alrededor del 12% de la población, que experimenta atracción por su propio sexo. Seguro que la ley trans les ha venido de perlas, no en vano el nombre completo de la ley es Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI. ¿Ha mejorado esta ley los derechos de las personas LGB?

Si negar su existencia es mejorar sus derechos, seguro que sí lo ha hecho. ¿Por qué? Porque si ahora el sexo es elegible, la preferencia sexual no importa; si se niega el sexo como determinante del placer sexual, la homo o bisexualidad no existe. Las lesbianas tienen que someterse, no en vano son mujeres, admitir que hay penes femeninos y tener sexo con señores que dicen que son lesbianos. Esto no afecta, claro está, por algo son hombres, a los gais; ellos nunca admitirían que hay vaginas masculinas ni tener sexo con mujeres que digan que son gais. 

Sigamos ahora con los menores de edad, ese 14% de la población total española que está en proceso de formación y maduración. Esas personas cuyos cuerpos están experimentando los necesarios cambios fisicoquímicos que los convertirán en personas adultas, en personas con el necesario desarrollo físico y mental que les capacite para ser independientes. ¿Les ha beneficiado la ley trans?

Lo que sí ha hecho la ley trans es promover la disforia por contagio social, la denominada Disforia de Género de Inicio Rápido (DGIR), posibilitando que puedan bloquear su pubertad, tomar hormonas cruzadas y pasar al quirófano cuando su desarrollo mental y sexual todavía no está completado. Engañados por falsas promesas de reversibilidad, los menores, niñas en su mayoría, toman medicamentos, no autorizados para ese uso, que inhiben las transformaciones que experimentamos en la adolescencia y que son necesarias para la madurez y buen funcionamiento de nuestros tejidos y órganos, cambios que nunca más recuperarán debidamente, porque todos los procesos naturales son irreversibles y bloquear un proceso natural también lo es.

Lo que ha hecho con los menores la ley trans es convertirlos en farmacodependientes de por vida y, en muchos casos, demasiados, propiciar la mutilación de sus cuerpos sanos sin dejar que los profesionales de la salud puedan realizar un diagnóstico diferencial adecuado para descartar otros posibles trastornos psicológicos sin diagnosticar. Con la ley trans, la terapia afirmativa que no cuestiona motivaciones, conduce a que muchos menores reciben bloqueadores hormonales en su segunda consulta médica, entrando en la espiral que los llevará a la hormonación cruzada y a las cirugías, convirtiéndolos en banco de pruebas para un experimento farmacológico y social de gran impacto en sus vidas y sin que nadie les informe de las patologías que desarrollarán y de las consecuencias físicas y psicológicas de lo que están haciendo.

Vayamos ahora a las consecuencias de la ley trans en las vidas de las mujeres, nada más y nada menos que el 50% de la población. ¿Cómo ha afectado la ley trans a las mujeres?

Las mujeres están viendo el entrismo de los varones que, por el simple hecho de decir que se “sienten mujeres”, ocupan todos los espacios físicos y simbólicos que la lucha feminista de cientos de años les había reservado. Vestuarios, gimnasios, aseos, habitaciones hospitalarias, casas de acogida, módulos carcelarios, deportes, cuotas laborales, premios culturales… todos los ámbitos que proporcionaban seguridad e intentaban restituir la equidad después de siglos de ausencia de igualdad, todos, corrompidos por varones autoginefílicos, fetichistas y tramposos que no los necesitan salvo para satisfacer su misoginia y sus filias.

La ley trans amenaza incluso la vida de las mujeres al permitir que las víctimas de maltratadores autodeterminados mujeres queden desprotegidas al no poder acogerse a las medidas preventivas de la ley de violencia de género. Con varones violentos que dicen que son mujeres estamos viendo cómo, en los informes de criminalidad, están aumentando las violaciones con penetración y las agresiones cometidas por esas nuevas “mujeres con pene”.

Desplazadas, incluso de la palabra que las nombra, la ley trans convierte a las mujeres en un subconjunto que, como si fueran meros isómeros químicos necesitan de un prefijo para ser definidas: cis. Pretenden que las mujeres, hembras humanas adultas, las que producen gametos grandes y escasos, las que tienen cromosomas XX, las que tienen vulvas, vaginas y úteros, las que sangran, las que paren, las que amamantan… no puedan hablar libremente de todo esto porque hay misóginos que quisieran hacerlo y no pueden. Porque el sexo es inmutable y ni las hormonas ni las cirugías lo pueden cambiar. 

¿Y qué pasa con el resto de la población? ¿Hay alguna persona no afectada por la ley trans?

Cuando una ley obliga bajo sanción a que todas las personas tengan que afirmar que la realidad no es lo que sus ojos ven, no hay nadie a salvo. Cuando una cajera de supermercado está en riesgo de perder su trabajo por no usar pronombres femeninos al dirigirse a lo que sus ojos le dicen que es un señor, cuando un padre de una niña es denunciado por echar del vestuario donde su hija se está cambiando a un varón, cuando ginecólogos son acusados por no tratar a varones, cuando el profesorado tiene que aplicar protocolos sexistas a su alumnado, cuando vemos que se cancelan charlas y presentaciones de libros, cuando columnistas son despedidas de sus trabajos por escribir lo que piensan, cuando los medios de comunicación no contrastan la información, cuando no hay una serie, un programa, un concurso, un espectáculo, un magacín, unos dibujos animados infantiles, en el que no aparezca algún representante de ese 0,5% de la población mundial que, según la OMS, es transgénero, cuando lo material no importa, cuando los deseos individuales se imponen al bienestar colectivo, cuando el neoliberalismo es abrazado por izquierdas y derechas, cuando la racionalidad científica solo es defendida por las feministas… la civilización está perdida.

En conclusión, ¿a quién beneficia la ley trans? Solo a ese pequeño porcentaje de varones autoginefílicos, fetichistas, misóginos y tramposos que están aprovechando la ley para validar sus delirios. ¿Desde cuándo los supuestos derechos de una minoría han conseguido movilizar a políticos, medios de comunicación, holdings financieros, universidades…? “El feminismo pretende cambiar la sociedad. Eso es una revolución. El transgenerismo quiere cambiar los cuerpos. Y eso es un negocio”, dice la profesora Juana Gallego.

En una sociedad postindustrial, desagregada y embebida de individualismo, han encontrado su caldo de cultivo las políticas neoliberales identitarias que componen un nuevo capitalismo poshumanista, impulsado y sostenido por varones inmensamente ricos, cuyo deseo de sobrepasar los límites de la biología viene como anillo al dedo a la necesidad del tecno-capitalismo de mercantilizar cuanto existe.

Acabemos con este delirio. Nadie quiere volver al pasado. Nadie pretende obligar a nadie a vestir, amar o vivir de forma distinta a como quiera. Pero las leyes deben hacer respetar los derechos humanos y facilitar la convivencia, cuidando de la salud y la seguridad de todas las personas. Una ley que niega la evidencia científica, valida una ficción y solo sirve a intereses espurios no es una buena ley. Deroguémosla.

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