Espai FIGA
Hace unas semanas, el grupo parlamentario de Sumar registró una proposición de ley para incluir la categoría ‘no binario’ en el documento de identidad y para «prohibir las intervenciones quirúrgicas no necesarias en personas intersexuales» menores de 12 años. Sí, has leído bien: de golpe las personas intersexuales y las ‘no binarias’ (lo que sea que signifique esta , que ni siquiera Irene Montero ha podido definir…) ¡han pasado a ser una misma cosa!
Por otra parte, resulta complicado entender cómo el hecho de incluir una casilla en un documento de identidad podría evitar que una persona con un desarrollo sexual ‘atípico’ fuera sometida a intervenciones quirúrgicas…
Pero, vayamos por partes: si bien podemos estar de acuerdo en la necesidad urgente de proteger los derechos de las personas intersexuales —especialmente por lo que respecta a evitar mutilaciones impuestas desde la medicina o las familias—, mejor hagamos una pausa crítica y analicemos con rigor cómo se está introduciendo esta realidad biológica en el paraguas cada vez más amplio (y confuso) del acrónimo LGTBIQ+. Cómo, la biología y el deseo, han pasado a confundirse en el discurso postmoderno que se pretende disfrazar de reclamación de derechos.
De entrada habría que aclarar que la intersexualidad, desde el punto de vista científico, no es una “identidad de género”, ni una orientación sexual, ni una expresión de deseo; es una condición médica, muy variada, que afecta el desarrollo físico de las características sexuales externas de aproximadamente el 1’7% de la población (según la Oficina del Alto comisionado de la ONU). Estamos hablando de personas que tienen cromosomas XX o XY, pero que presentan una anatomía reproductiva o genital que no se ajusta a las expectativas habituales del sexo de nacimiento. No tienen nada que ver, por definición, con el hecho de sentirse “de otro género” o con la atracción sexual por las personas de un sexo o el otro.
Ahora bien, esto no interesa a determinados sectores del progresismo identitario. Porque es más útil integrarlo todo dentro de un mismo paquete de “disidencias”, un cajón de sastre desordenado, y sin derecho a preguntas. El problema es que este paquete acaba convirtiéndose en un batiburrillo donde conviven realidades tan diversas que el único punto en común que podemos encontrar es la capacidad de explotación simbólica que pueden ofrecer a las industrias del gremio (la farmacéutica y la medico-estètica, claro), con el beneplácito acrítico de los movimientos activistas, que también sacan tajada.
Las personas intersexuales pueden desear modificar su cuerpo, o no. Pueden optar por adaptarlo a sus cromosomas o no hacerlo. Y esto no tiene nada que ver con “ser no binarie”, ni con ser homosexual, ni con ninguna otra categoría del catálogo de identidades deseables. La elección —libre e informada— de intervenir o no en el propio cuerpo debería ser una cuestión de salud, no de adhesión a una corriente ideológica o a una especie de moda.
Lo que preocupa es ver cómo, bajo la etiqueta de “protección de los derechos humanos”, se despliega una narrativa que acaba beneficiando siempre los mismos: la industria farmacéutica y el lucrativo negocio de la cirugía estética. No hay que ser un lince para entender que cada cuerpo que se considera “no válido”, susceptible de ser corregido con hormonas o con bisturí, representa una oportunidad de negocio. La mercantilización del cuerpo disfrazada de libertad individual es una vieja conocida del capitalismo, y aquí se nos está presentando, de manera perversa, como liberación.
Los casos “de éxito” —personas que se identifican con su nueva corporalidad y relatan una experiencia positiva— se convierten en banderas de la causa. Pero las víctimas, las personas que sufren efectos secundarios graves, que se arrepienten, que han sido medicalizadas de por vida por una decisión precoz o ideológicamente condicionada… estas, son silenciosamente borradas del relato. No encajan. No venden. No son útiles, no sirvven.
La intersexualidad merece un debate específico, serio y profundo, desde la medicina, desde la bioética y desde el respeto a los derechos de la infancia. No debeía ser utilizada como moneda de cambio en guerras culturales sobre el género y el sexo. Si realmente se pretendedefender los derechos de las personas intersexuales, quizás habría que empezar por escucharlas como colectivo autónomo, y no proyectar sobre ellas etiquetas que no han elegido, pero que son extraordinariamente útiles para continuar engrosando el lucrativo negocio identitario.








