La lucha actual del taxi – Entre un problema de falta de alternativa y de conciencia de clase

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Carlos Rodríguez Expósito representante de la asociación Taxi Project

Cuando una batalla se alarga tanto como la de los taxistas, a veces se hace complicado explicar cuáles son los problemas y nuestras reivindicaciones porque tengo la sensación de que hemos llegado a un punto en el que nuestros enemigos, multinacionales como Uber, Bolt, Cabify o Free Now y sus aliados mediáticos han conseguido hacer creer a la opinión pública que los taxistas seguimos en lucha porque “nos quejamos por todo”, una falacia que llevan vendiendo prácticamente desde que llegaron invadiendo el país, como antaño hacían los americanos invadiendo cualquier otra región con sus tanques.

Porque lo cierto es que durante este tiempo no hemos parado de resistir, lo que ha significado que los ataques de estas plataformas no sólo han seguido, sino que han evolucionado, pasando de una situación en la que pretendían acabar con el taxi parasitando un mercado que tenía a su principal motor en los servicios públicos como el taxi o el autobús para poder liberalizarlo en primera instancia para privatizarlo gracias a sus influencias en la política y en las instituciones públicas y aupados por algunos medios de comunicación (tal y como se describe en los “Uber Files”) a intentar asfixiarnos desde dentro del sector, por medio de los precios de los seguros o siguiendo con su labor en las administraciones autonómicas para crear leyes que favorezcan a su modelo de negocio, la “uberización” como sucede en Madrid o Andalucía, comunidades gobernadas por el PP, las cuales acaban siendo el espejo en el que se miran el resto de regiones.

Así que tras años perdiendo contra los taxistas en las calles y en los tribunales, Uber, Cabify y Bolt no cesaron sus ataques contra el taxi, sino que comenzaron a cambiar de estrategia ya que eran demasiados fracasos que estaban dando al traste sus planes para apoderarse y controlar un sector esencial, como es el transporte de pasajeros.

De este modo, pasaron de las declaraciones en sus medios contra los taxistas y los movimientos de presión en privado, a tendernos la mano públicamente para trabajar con nosotros, una situación que se aceleró durante la Pandemia ya que la VTC al tratarse de un sector en manos de unas pocas personas que acumulan la gran parte de estos vehículos, la crisis se acentuó hasta el punto de que Uber y Cabify, enemigos declarados de los taxistas, se daban de palos literalmente por trabajar con ellos haciendo ofertas disparatadas para poder penetrar en el sector o incluso infiltrando comerciales para conseguir taxis con los que operar para su plataforma.

Pero no se iban a quedar solo ahí, ya que ante la crisis de todos estos grandes tenedores y de empresas respaldadas por cantidades ingentes de dinero de bancos, fondos buitres e incluso de países enteros, una vez más acudió la derecha al rescate, representada como decía por el infame gobierno de la Comunidad de Madrid del PP, primero por parte del tránsfuga Garrido y más tarde de Ayuso (la que describe como “mierdas” los 7291 muertos en las residencias de la CAM o que parece que solo gobierna para enriquecer a su entorno) para no sólo crear una ley que esquivase el decreto que determinaba que Uber y Cabify eran ilegales, sino también para adjudicar concursos públicos a dedo a Uber y Cabify durante la Pandemia y cambiar el reglamento del taxi, intentando liberalizar el sector para ajustarlo a los intereses de estas empresas.

Una liberalización que supone que el taxi, un sector en el que el más de 85% son autónomos con una sola licencia (muchos de los cuales también emplean a asalariados) tengan que trabajar más para ganar menos, ya que al no haber horarios establecidos, un sólo trabajador con su taxi tiene que lidiar con empresas dueñas de miles de vehículos que están circulando las 24 horas y que basan su modelo de negocio en la explotación laboral de sus conductores los cuales, están obligados a realizar jornadas maratonianas por un sueldo ínfimo en un sector en la que la representación de los trabajadores está formada por sindicatos amarillos y en conseguir beneficio a costa de aprovecharse de la necesidad del cliente, subiendo los precios indiscriminadamente cuánta más demanda hay a causa de la falta de oferta.

Además, el control sobre las VTC en Madrid es prácticamente nulo, algo que se puede comprobar en cualquier zona de afluencia donde miles de estos vehículos de Uber y de Cabify se agolpan captando ilegalmente lo que genera aún más perjuicio a los taxistas.

Y hasta hoy en donde llegamos a un punto en que tenemos varios problemas. El primero es una guerra interna que se ha generado entre detractores de Uber, Bolt, Cabify, Free Now y sus defensores que ha acabado en una sanción millonaria por parte de la CNMC (organismo público afín a estas plataformas) a una de las asociaciones de las que soy parte, Élite Taxi Barcelona con el fin de quitarnos de en medio al ser los más combativos históricamente por mostrar públicamente nuestro rechazo a trabajar para Uber.

Defensores que o bien forman parte de la parte empresarial afín al PP y a sus políticas o que han creado una corriente de derechas que está infectando el taxi y que cada día está creciendo como castigo y por culpa de los errores de la izquierda a la izquierda del PSOE, como ha sucedido con la incapacidad de Más Madrid, el oportunismo de Sumar, el abandono y los fracasos de Podemos o las promesas incumplidas de los mismos socialistas, lo que ha provocado que la derecha con la muleta de la ultraderecha haga y deshaga, permitiendo que Uber y Cabify operen sin control.

Esto sumado a la falta de conciencia de clase que vive la sociedad en general, ha hecho que el taxista se vea huérfano en cuanto a opciones políticas en una situación en la que creo que el taxi debería de tener voz propia las instituciones, lo que se está convirtiendo en un caldo de cultivo para abrazar nuevamente a la derecha tras años en los que la izquierda parecía ir cogiendo terreno en un sector eminentemente de gente de derechas.

Por último, la falta de control de las instituciones sobre Uber y Cabify también ha supuesto un incremento desmesurado de los accidentes, lo que ha provocado la subida de los precios de los seguros de los taxistas ya que las aseguradoras (muchas de ellas con acuerdos e intereses en las plataformas) siguen manteniendo a los dos segmentos (taxis y VTC) en el mismo epígrafe, por lo que el creciente número de accidentes de los vehículos de Uber y Cabify culpa de las políticas de la derecha ha acabado estrangulando a los taxistas con los costes lo que ha provocado que muchos estén abandonando la profesión.

Además, el Ayuntamiento de Almeida ha sentado un peligroso precedente con los Eurotaxis, los taxis adaptados para personas de diversidad funcional, a los que durante estos últimos años les impuso una serie de requisitos que suponían un importante desembolso para los taxistas, lo que ha provocado del mismo modo que el porcentaje de estos vehículos haya bajado del ratio legal por culpa del abandono de otros muchos profesionales, abriendo las puertas a Uber a la privatización de este servicio público y a la que ahora y tras la debacle de los Eurotaxis, se la ofrecen ayudas para que presten este tipo de trayectos en una maniobra descarada para suplantarles.

En conclusión, pese a todas las victorias gracias a la fuerza que hemos demostrado en manifestaciones y protestas, la situación del taxi sigue siendo crítica, en gran parte por los gobiernos de derechas que desde hace años han visto en el neoliberalismo y en empresas como Uber, Cabify, Bolt o Free Now otro sistema para seguir perpetuándose en el poder con sus corruptelas y enriqueciéndose, pese a ser unas meras marionetas de estas transnacionales, lo que ha hecho que del mismo modo que en otros servicios públicos como la sanidad, la educación, las infraestructuras o en la vivienda, necesitemos una alternativa de izquierdas que haga devolver la ilusión al taxista, saque su parte más combativa, se haga escuchar y llegue al resto de una sociedad intoxicada por las mentiras y los bulos del fascismo más casposo disfrazado de partidos democráticos.

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