Por Sonia Mauriz Pereira
Estamos todas de acuerdo en que las leyes, al menos en teoría, en un estado democrático deben garantizar la protección a la víctima y denostar e impedir que el victimario continúe haciendo daño.
¿Sucede esto, por ejemplo, con las víctimas de violencia machista? ¿Funcionan los protocolos? ¿Son suficientes los recursos? ¿A quién protege la ley? ¿A la víctima o al maltratador?
Os cuento una historia real, la de un anónimo maltratador, como todos, porque sus nombres y apellidos, aún condenados, nunca se saben. Y por eso todos conocemos mujeres maltratadas pero ningún maltratador. O se conocen miles de denuncias “falsas”. Porque cuando ese amigo te cuenta que una loca lo denunció, nadie investiga más y aún con sentencia, rara vez su nombre sale a la luz pública. (Pero el VAR de la estadística no miente y el porcentaje de denuncia falsa es de 0,01% )
Más allá del supuesto, el maltratador reincidente de nuestra historia tiene a sus espaldas dos condenas y tres órdenes de alejamiento en activo. Es evidente solo con estos dos datos que es un peligro social y que igual que si fuera un terrorista de ETA/yihadista sabríamos y sería público su nombre, las víctimas (pasadas y futuras) de este ser no cuentan con esa misma protección.
Este hijo sano del patriarcado amparado en esta protección del sistema ha ejercido todos los tipos de agresión posibles dentro del terrorismo machista: violencia psicológica, agresión física, violencia sexual y atentado contra la salud pública, violencia vicaria y denuncia por difamación a una víctima persistiendo con ello en provocar una situación de miedo en ella, o sea acoso.
No sólo siguiendo el manual del perfecto terrorista machista aislaba y acababa con la autoestima de sus presas, además dentro de las relaciones sexuales se quitaba el preservativo sin consentimiento ni conocimiento de la pareja y resultado de ello es el contagio del virus del papiloma humano a varias de ellas. Por otra parte, tiene hijos a los que no pasa la manutención a pesar de tener ingresos no declarados. Y en el mayor de los descaros denunció por difamación a una de las víctimas por un comentario en redes que no aludía a su nombre, arguyendo que “siente miedo”
Ojalá, ojalá fuera cierto como dice la ya manida frase “que el miedo cambió de bando”.
Pendiente de otro juicio por violencia machista nuestro “personaje” sigue envalentonado porque se siente protegido. Se sabe privilegiado por el sistema patriarcal y lo peor, no se equivoca.
Pero lo tristemente bello de esta historia es que, como siempre, a las mujeres solo nos salvan las mujeres y una de ellas buscó a las demás, hoy son 7 organizadas y 13 víctimas encontradas. Trece supervivientes que ven incrédulas cómo si tiran encuentran más y no pueden avisar a futuras posibles víctimas. Es ver un tsunami en la costa y no poder avisar para que no haya más mujeres en su situación o, peor, sin vuelta atrás, un feminicidio. Es la rabia por lo robado en años, autoestima y seguridad y la impotencia de no poder evitar que vuelva a pasar.
Ha vuelto a la ciudad y el miedo y la incertidumbre regresan. Y el sistema no te devuelve seguridad, las asesinadas tenían muchas veces órdenes de alejamiento y vigilancia.
Como me dijo una vez una compañera feminista y superviviente que vive anónima en redes “ Sé que me va a matar y solo quiero que sea rápido”. ¿No es lo más cercano a la muerte vivir con el terror? ¿No es terrorismo el machismo? Vivimos encerrados meses para no contagiar a los demás, para no ser un arma. Pero los maltratadores viven libres para dejar muerte y violencia por donde van.
Nuestro prenda además es un “comprometido social “. Sus redes apoyan todo movimiento social igualitario y la lucha contra la violencia machista. Y es que, como hemos denunciado hasta el hartazgo desde el feminismo y nosotras no nos rasgamos la vestiduras con casos como Errejón , el hacerse pasar por “ aliado “ es un método de camuflaje para depredadores. (O más popularmente “ Aliado el que tengo aquí colgado”)
Estas mujeres de las que os cuento han decidido plantar cara, organizadas y valientes quieren que el mundo arda, quieren que se sepa quién es, que su nombre sea público y sea el victimario el señalado, que el miedo y la vergüenza cambien de bando. Se han hecho fuertes en la unión y trece voces golpean más fuerte que dos puños.
Y yo os cuento su historia porque esta sí es la realidad, no las palmaditas en la espalda de ministerios y administraciones públicas con campañas llamativas y gastos de recursos que nunca llegan a proteger de verdad.
Esta es la vida de las mujeres normales y del común que deben vivir en un sistema ya no solo no organizado por y para ellas, también que les es hostil. Que cuando al fin escapan de su verdugo se topan con la desprotección institucional y legislativa. Asisten alucinadas a un sainete de falsa preocupación y propaganda política mientras el infraser vive libre y buscando amparo en la administración por que “siente miedo”.
Es ya hora de que se tomen medidas reales y que igual que el pacto de Estado contra el terrorismo político contempla medidas excepcionales para terroristas y sus víctimas se sea igual de contundente con el terrorismo machista. Con 1290 mujeres asesinadas desde 2003 y 37.161 condenas en 2023 (última actualización del INE), considerando que solo se denuncia un 40%, es evidente su necesidad.
Y pone de relieve lo valientes que son estas trece mujeres de poner los ovarios sobre la mesa y exigir que la sociedad y las administraciones las escuchen. Sabremos de ellas mucho más, ahora son sus puños los que golpean la mesa.








