Hasta hace alrededor de un mes, si Venezuela era en los lugares comunes del pensamiento hegemónico el infierno más horrible que había ocurrido en la tierra, la morada de Satanás en persona, la nación más malvada y cruel jamás fundada por el hombre, Dinamarca era lo contrario. No lo digo yo, lo dijo literalmente Albert Rivera, el pelele engañacuñados, permítanme la expresión, que intentaron hace no tanto vendernos como el mejor político que había dado España por los siglos de los siglos, amén: «Debemos decidir si queremos parecernos a Dinamarca o a Venezuela, yo elijo Dinamarca».
Lo cierto es que había varias razones para admirar el modelo danés: es, según todos los baremos, uno de los países con las estructuras públicas más eficientes y desarrolladas, el índice de criminalidad y delincuencia es bajísimo, su estado de bienestar es uno de los más perfectos del mundo y según varios estudios y encuestas sobre el tema está entre los países donde la corrupción es más baja, si no es el que más.
Pero eso era, como decíamos, hasta hace poco más de un mes. Parecía increíble, nadie lo hubiera apostado, pero el país noreuropeo se ha topado de golpe con el mismo gran problema que ha convertido a Venezuela en su reverso infernal: ha chocado con los intereses de Estados Unidos. Resulta que el recién elegido Donald Trump, el tarado que promovió el asalto a las instituciones de su país, el mismo convicto de varios delitos, el mismo sátrapa que está usando el poder federal y sus atribuciones a su favor para perseguir a muchos de sus ciudadanos, pero que ha sido perdonado por estos, se ha encaprichado de Groenlandia, territorio cercano a Norteamérica, pero bajo soberanía danesa desde 1933. Como buen nostálgico del colonialismo decimonónico, Trump ha propuesto a Dinamarca recuperar la antigua práctica de su país de comprar territorios, pero resulta que los daneses no están por la labor de perder un enclave de gran importancia estratégica y material.
Como todos sabemos, no se caracterizan los yanquis, y menos aún los trumpistas, por aceptar de buen grado que alguien se niegue a sus pretensiones. Trump quiere ese asentamiento en el Atlántico Norte y los minerales que esconde, más aún dado que el mismo calentamiento global que el presidente norteamericano niega vehementemente amenaza con deshelar la isla y hacerlos más accesibles. Así que ya hemos asistido a la clásica bravata arancelaria del tarado que ahora mismo gobierna eso que se llama mundo libre y de hecho no ha negado, al ser preguntado por ello, el uso de la fuerza como una posibilidad para despojar a Dinamarca de esta posesión.
Si creían que esta vez el hecho de que el objeto de las amenazas imperialistas yanquis sea un país europeo, tradicionalmente considerado miembro del bloque occidental, iba a detener al aparato de propaganda mediático que se desencadena contra cualquier nación que no ceda a las pretensiones estadounidenses, estaban muy equivocados. De pronto hemos empezado a ver en la prensa a activistas inuit que recuerdan las prácticas racistas y de dominación que antaño realizaron los daneses en la isla —sí, incluso esos países con leyenda dorada que parecen modélicos han cometido tropelías en algún momento, algún día volveremos sobre ello— y resulta que muchos groenlandeses ven las pretensiones norteamericanas como «una oportunidad».
De momento la propaganda y las amenazas no han hecho más que empezar. El hecho de que el país afectado sea Dinamarca, repetimos, hace dudar de hasta dónde llegará esta campaña pero ya Trump ha demostrado que no se para ante nada. De modo que no se extrañen si en los próximos meses aparece una heroica y valerosa «oposición democrática groenlandesa» que nos vendan como los buenos de la historia a todas horas, aunque no sean más que una secta de esquimales locos e integristas del animismo primitivo de esos indígenas a los que el gobierno yanqui haya decidido armar. Además, Mette Fredericksen, la primera ministra danesa, pasará a ser conocida en los medios como «la brutal dictadora danesa», amén de que curiosamente todas las líneas de suministro de los productos de primera necesidad de Dinamarca, de pronto, empezarán a sufrir extraños sabotajes que, por supuesto, nos venderán como responsabilidad de la espantosa dictadura. Y no faltarán fotos en blanco y negro con filtros que las hagan parecen lo más tristes y sombrías posibles de los enfermos que se hallen en peor situación en los hospitales de Copenhague y Odense, con pies de fotos y titulares de «esto es Dinamarca». Que sí, que sí, que Dinamarca es un país del bloque y tradicionalmente aliado, pero todos hemos visto cómo el aparato mediático vira y convierte cualquier país en un infierno en cuestión de meses. Seguro que también aparece Anita Rubitastenn, una pobre y reprimida niña danesa que twittea, por supuesto en un inglés digno de Shakespeare o Dickens, a favor de la libertad de los groenlandeses desde una terrible cárcel infantil en Aarhus, donde fue internada tras hablar del asunto groenlandés con su terrible maestra torturadora del colegio.
En fin, de momento esto es sólo una visión de unos pocos meses más adelante, pero ustedes y yo sabemos que no sería la primera vez que el aparato de propaganda yanqui convierte a un país respetable en el quinto infierno. Y la mayoría de la población se pondrá a hablar si esto ocurre de lo mala y brutal que es la misma nación que hasta hace aproximadamente un mes era su modelo. Dinamarca se está convirtiendo poco a poco en Venezuela. ¿Y el resto de Europa? Bueno, de momento ya hay quien dice que Marruecos es un socio importante para los USA y que pedirían la ayuda de los yanquis en asuntos relacionados con Ceuta, Melilla y quién sabe si las canarias. Ustedes mismos.









