Sobre la existencia de la gordofobia y la identidad de gorda

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Por Karina Castelao

«No tener ni curiosidad por cómo se dieron las campanadas de fin de año en las diferentes cadenas de televisión tiene sus inconvenientes, pero también algunas ventajas: le impide a uno discutir con sus contemporáneos sobre (…) el fino humor de la Bitelchús o como se llame la tía gorda esa.»

Estas amables palabras no están escritas por un influencer cualquiera de estos filofascistas odiadores profesionales de mujeres. Están escritas por el otrora destacado filósofo Fernando Savater (el mismo de Ética para Amador) quien, además de no tener espejos en su casa ni nadie que lo quiera que le diga que no está él para meterse con el físico de nadie, se ha vuelto con los años todo un «pollagris» de esos que aprovechan cualquier ocasión para verter todo su misoginia en el medio facha que tenga a bien hacerse eco de ella.

Como cada cierto tiempo y como si de los Ojos del Guadiana se tratase, hay que volver a hablar de un nuevo brote de gordofobia mediática, esta vez con el pretexto de quien ha sido la copresentadora junto con David Broncano de las campanadas de fin de año de Televisión Española, la cómica Lalachus.

Con el presente artículo pretendo cerrar la serie dedicados a la gordofobia. Y digo pretendo porque probablemente dentro de algunos meses ocurrirá algo en el mundo del colorín que haga salir de nuevo toda la miseria moral de esas personas que creen que con sus insultos y sus descalificaciones a las personas con obesidad están contribuyendo a mejorar la salud y la sanidad de este país. Y yo no me podré contener.

En un primer artículo expliqué lo que era la gordofobia e hice un repaso histórico sobre cómo está directamente relacionada con el privilegio de clase y de qué forma se ha asentado en la sociedad actual. En aquel artículo también hablé por primera vez del body positive y del errático movimiento antigordofobico del cual el body positive fue punta de lanza.

En un segundo artículo expliqué por qué existe un terrible sesgo gordófobo en los parámetros con los que se mide el tamaño adecuado de las personas: en este caso el obsoleto, discriminatorio y totalmente acientífico Indice de Masa Corporal (IMC). Además en dicho artículo comencé a tratar la relación directa que existe entre la obesidad y el Capitalismo de manera que se podría afirmar que la gordura es una de las principales fuentes de negocio de farmacéuticas y empresas dedicadas a la suculenta industria de la belleza. Es decir, el negocio de la belleza está directamente relacionado con la existencia y la persistencia de la gordofobia socialmente generalizada y con la consiguiente exigencia de la nunca suficiente delgadez.

A partir de ahora me niego a no relacionar directamente gordofobia con violencia machista. Porque lo que ha ocurrido este año es una clara muestra de desprecio y rechazo hacia una mujer (y solo hacia una mujer) por su grueso aspecto.

En los últimos once años las campanadas de Antena 3 han sido presentadas por Cristina Pedroche con Alberto Chicote y los comentarios peyorativos hacia la pareja han ido siempre dirigidos hacia los modelos y el cuerpo de Pedroche, nunca hacia la obesidad del cocinero. Incluso hace unos años Ibai, el famoso streamer, presentó con gran éxito las campanadas junto con Anne Igartiburu y Ramón García en Twich y nadie en absoluto hizo alusión ni a su peso ni a su envergadura. Ha tenido que ser una mujer entrada en carnes la que al presentar las campanadas de la televisión pública, desatara todas las iras de los medios y de las redes en forma de combinación de insultos y descalificaciones del tipo «puta gorda» o «gorda cerda».
Es paradójico como en una sociedad que se llena la boca hablando de salud mental y que dice tener una cruzada contra el bullyng, la gordofobia, sobre todo femenina, esté totalmente tolerada y consentida. Toda la comunidad educativa sabe que la gordofobia es tradicionalmente la principal forma de acoso escolar por encima de cualquier otra manifestación como puedan ser la xenofobia, capacitismo u homofobia. También, no solo la comunidad educativa sino también la comunidad sanitaria, saben que la gordofobia es la principal causa de los Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA) que aparecen cada vez en edades más tempranas. Sin embargo la comunidad educativa sigue mirando para otro lado en los casos de bullyng, limitándose a buscar culpables en vez de soluciones, y la comunidad sanitaria sigue sin poner remedio a la gordofobia médica que provoca que miles de personas obesas teman ir a consulta porque saben que allí solo van a ser maltratadas.

Porque para padecer gordofobia no es necesario ni tan siquiera estar gorda. Basta con tener cara redonda, doble mentón y un torso sin desarrollar con costillas que no se marquen para a los 11 años ser “la gorda de la clase” o un IMC superior a 25 para ser el sujeto de la displicencia de un médico de cabecera que culpabiliza sin contemplaciones a una paciente de sus propias dolencias.

También resulta chocante que un sistema de salud que dice preocuparse tanto del normopeso de las personas, sobre todo de las mujeres, adolezca de considerar la obesidad una enfermedad crónica y solo la vean un defecto de carácter en contra de lo establecido por la OMS y por multitud de organismos internacionales. Como si existiera una relación directa entre los valores de sacrificio, disciplina, esfuerzo y trabajo con la delgadez. O dicho de otra forma, es curioso cómo la sanidad contribuye a los prejuicios sobre las personas gordas como si no merecieran paliar el dolor o los padecimientos en penitencia por pesar más de lo que deberían.

Porque, para sorpresa de muchos y muchas, nadie está gordo porque quiere. Incluso las personas con obesidad mórbida que se niegan a dejar de comer o las actuales «activistas antigordofobia» (de quienes hablaré más adelante) preferirían sin duda alguna tener un peso normativo, eso sí, pudiendo comer lo que les diera la gana. Porque la gordura merma y mucho la calidad de vida de quienes la padecen.

Las personas gordas, sobre todo las obesas a partir de grado II, tienen una calidad de vida de porquería. A los problemas habituales en personas con mucho peso como serían las dificultades de movilidad, dolores musculo-esqueléticos o altos niveles de colesterol o hipertensión (que irremediablemente aparecen con la edad, y en el caso de las mujeres, con mayor incidencia tras la menopausia), hay que unir problemas respiratorios o ginecológicos.

Pero resulta que la fórmula mágica de “adelgaza para estar mejor” no es tan fácil como el que va a la consulta del médico y éste le dice “deja de fumar” y a los dos meses ya sube las escaleras sin cansarse y ha recuperado el sentido del gusto. Para adelgazar hace falta tiempo, muchísimo tiempo, además de constancia, fuerza de voluntad y apoyo psicológico. No solo basta con dejar ingerir menos calorías de las que se consume durante un par de meses para recuperar calidad de vida.

Además, la obesidad, como buena enfermedad crónica, se comporta como tal y una vez dejado el «tratamiento», reaparece con mayor virulencia. El llamado «efecto rebote» no solo existe, sino que tiene una explicación médica evidente. Como explica la nutricionista Tatiana Zanin, «La recuperación del peso no se debe únicamente a la falta de cambios sostenibles en los hábitos alimentarios sino también a ajustes metabólicos que se producen en respuesta al período de restricción calórica, que el cuerpo interpreta como una «amenaza», provocando un aumento en la acumulación de grasa para protegerse (…) Las células del tejido adiposo se vacían cuando un individuo pierde peso, sin embargo, su tamaño y el número de células se mantiene durante un período prolongado de tiempo, lo que activa mecanismos de compensación en el organismo que harán con que estas células se rellenen progresivamente hasta alcanzar su tamaño” que tenían antes del déficit calórico. Es decir, que tras un largo período de déficit calórico, nuestro organismo, que nada sabe de avances médicos ni de presiones estéticas, va a intentar acumular de nuevo toda la grasa que perdió “por si acaso”.

Para finalizar, no me quiero olvidar del movimiento antigordofóbico, del cual el body positive fue avanzadilla allá a finales de los noventa y principios de los dosmil.

Como expliqué en el primer artículo de esta serie y al cual ya hice referencia, la idea de la positividad corporal es muy valorable: aceptar todos los cuerpos independientemente de su forma, tamaño, color o cualquier otra característica que lo aleje de la normatividad estándar. Pero lo que pretendía ser una forma de inclusión pronto se convirtió en un nuevo modo de cosificación de las mujeres como objeto sexual cuya cumbre se produjo el pasado 2024 cuando en el nuevo desfile de Victoria Secret aparecieron por primera vez, como gran avance inclusivo, modelos gordas.

El movimiento antigordofóbico va más allá incluso del body positive, negando la consideración de la obesidad como un problema de salud y viéndola como una manifestación corporal que en nada hay que modificar. Los activistas antigordofóbicos rechazan de plano la idea de perder peso ya que piensan que ser gordo o gorda es una identidad como ser negra o trans, no un estado o una enfermedad y relacionan exclusivamente el deseo de adelgazar con la presión estética, no con el bienestar. Aducen para ello que una persona obesa puede estar muy sana. Sin embargo centran sus datos solo en personas jóvenes, olvidando deliberadamente que el deterioro en la salud que produce la obesidad va apareciendo necesariamente con la edad.

Así que no, ni los comportamientos y las creencias gordófobas se tienen por el “bien” de nadie ni la creencia de que la obesidad es una identidad personal ayuda a evitar la discriminación a nadie. Lo primero son solo perjuicios, formas de discriminación que usan las personas mezquinas para sentirse mejor atacando al prójimo que por cualquier motivo considera inferior. O manifestaciones de autoodio mal gestionado. Como los bullies de los colegios. Y lo segundo son planteamientos irresponsables y nada realistas propios de una sociedad como la nuestra incapaz de promover una buena gestión de la frustración entre sus miembros. Ambas actitudes son nocivas y altamente peligrosas. Y muy machistas.

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