Negar la violencia contra las mujeres es violencia patriarcal

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Por Amparo Mañés Barbé

La violencia que ejercen los varones contra las mujeres se ha conocido y consentido siempre porque en el grupo de los hombres era una exigencia de la masculinidad. Hasta el punto de considerar «poco hombres» a aquellos que no ejercían suficiente «control» o disciplina con  «sus» mujeres. La violencia de los hombres contra las mujeres era, Y ES, muy importante para mantener la subordinación y la sumisión femenina.

Igual de importante que ejercer esa violencia, era, Y ES, privatizarla. Y así se consideraba -y aún mucha gente considera- que nadie debe inmiscuirse en una relación de pareja, por muy evidente que resulte la violencia ejercida por el varón sobre «su» mujer.  Pero las feministas, desde que Kate Millet analizó esa violencia en su famosa obra «Política Sexual», sabían que «lo personal es político», y que el dominio ejercido en el hogar por los hombres sobre las mujeres no era fruto de un impulso individual de aquellos, sino que su origen se debía a la socialización recibida.

Igual de importante que ejercer la violencia, era, Y ES normalizarla. De manera que mucha violencia, siempre que no alcance la agresión física grave, es considerada «normal» hasta el punto de que, en ocasiones, ni el propio varón es consciente de que la ejerce en el momento de hacerlo. Claro que luego sabe lo que ha hecho e intenta congraciarse de nuevo, o pide perdón, o jura que no lo volverá a hacer… hasta la siguiente ocasión en que se permita a sí mismo, porque se lo permite una sociedad que lo ha moldeado, perder los estribos y agredir de nuevo, cosa que nunca se admitiría como normal en el resto de su entorno social. Porque un hombre violento sería aislado o despreciado por el entorno, salvo que esa violencia esté limitada a los muros de su hogar y ejercida contra «su» mujer. Al mismo tiempo, la mujer recibe el mensaje de que la pulsión violenta de los hombres es difícil de reprimir, por lo que conviene no «provocarles». 

Igual de importante que ejercer la violencia, era, Y ES, avergonzar a la víctima por recibirla. En la violencia de pareja, por no saber evitar que el varón la ejerza, por ser débil, por ser vulnerable, por consentirla. En la violencia sexual, por no saber defenderse -hasta la muerte si es preciso-, o por vestir como los hombres quieren que vistas… pero atente a las consecuencias; o por hipersexualizarte como exigen, pero atente a las consecuencias; por ir provocando como a ellos les gusta… pero atente a las consecuencias; por ser demasiado fáciles -que si no te llaman frígida-… pero atente a las consecuencias. En la explotación sexual y reproductiva, las mujeres se avergüenzan por ser pobres, por dejarse engañar, por dejarse explotar, por no saber salir de ahí si “de verdad” querían hacerlo.

Igual de importante que ejercer la violencia era, Y ES, culpabilizar a quien la sufre. De manera que el varón llega a sentir y creer que ser violento con «su» mujer es culpa de ella: por no entenderle, por contradecirle, por avergonzarle ante otras mujeres pero especialmente ante otros, por no dejarse controlar, por no obedecer… Y en la violencia sexual, por ir con quien no se debe, o por donde no se debe o cuando no se debe o como no se debe. Y mientras ir bebido o drogado es en los varones una eximente, en las mujeres se convierte en una agravante que justifica la agresión. Y, en explotación sexual y reproductiva, porque las mujeres, en realidad y en cuanto pueden, son todas unas putas. Porque de una mujer solo se valora su sexualidad, sus óvulos y su útero, es culpa de ellas no valer para nada más y es culpa de ellas que se presten a vender justamente eso que los varones quieren comprar.

¿Por qué era, Y ES, igual de importante que ejercer la violencia, declararla privada para que la justicia no entrara en las casas, camuflarla bajo el manto de la normalidad, avergonzar y culpabilizar a sus víctimas?, ¿Qué conseguían, y consiguen, con ello los varones? Que las mujeres identificaran la violencia de pareja como algo normal o sencillamente que -de tan normal- no supieran identificarla. Que las mujeres supieran que esa violencia no podía trascender los muros de un «hogar» que era, en realidad, «prisión» para demasiadas de ellas. Y que, si a pesar de todo trascendía esa violencia, la vergüenza y la culpa cayeran inevitablemente sobre la mujer, exonerando al varón. En resumen, con todo ello se conseguía el silencio de las víctimas.

Así es que, cuando las mujeres comenzaron a adquirir derechos civiles y tuvieron la osadía de pensar que la violencia de género y la sexual no tenían un origen casual sino causal, que no era individual sino social, el patriarcado, sistema metaestable donde los haya (Celia Amorós dixit), decidió que igual de importante que ejercer la violencia, es cuestionar la credibilidad de las víctimas mediante dos estrategias muy conocidas por el patriarcado: la mujer mentalmente inestable y la mujer mentirosa. 

En todos los sistemas patriarcales, tanto de coerción como de consentimiento (véase la conceptualización de los mismos en la obra de Alicia Puleo), se ha acudido sistemáticamente a ambas estrategias desde tiempos inmemoriales, lo que resulta especialmente útil si las mujeres deciden, a pesar de todo, romper el silencio propiciado por el sistema y denunciar la violencia que sufren. Y es que, desde Salomón, y mucho antes también, «las mujeres mentimos». Mientras que el hombre, no solo siempre dice la verdad (cuando quien cuestiona su palabra es una mujer), sino que es quien «decide» la verdad. Así, por ejemplo, la palabra de la mujer musulmana vale la mitad que la del varón. Pero, cabe preguntarse si es que acaso aquí vale lo mismo la palabra de una mujer que la de un varón cuando, en su vertiente -no legal, pero sí judicial- las mujeres occidentales no solo son creídas la mitad que los hombres, sino que con bastante frecuencia, directamente no son creídas. 

Es igualmente muy antigua la tradición patriarcal de descalificar a las mujeres poco prudentes que se atreven a denunciar los abusos de los varones (¿no es acaso «locura» denunciarlos en un sistema que normaliza la violencia y el abuso contra ellas y que cuestiona a la víctima en lugar de a su agresor, revictimizándola constantemente?). De manera que las denunciantes, muchas de ellas emocionalmente vulnerabilizadas por el varón maltratador, son a menudo descritas por sus parejas como mentalmente inestables, histéricas, etc. 

Porque ahora lo importante es negar la violencia patriarcal al mismo tiempo que se ejerce. Y es que es funcional al sistema que las mujeres sepan que los varones pueden ser peligrosos, de manera que eso les permita obtener la sumisión de las mujeres o, al menos, su miedo. Pero no menos importante es negar que existe para desactivar cualquier política que permita su erradicación efectiva. De manera que se cuestionan sistemáticamente las denuncias, declarándolas falsas, cuando es un delito con ínfima ocurrencia, mientras que, por el contrario, es sabido que solo se presenta un pequeño porcentaje de denuncias en relación con la violencia real ejercida por los varones. Porque la cuestión es que las mujeres sepan que no serán creídas, que serán cuestionadas. Y por eso, negar la violencia de los varones contra las mujeres, es la más cruel violencia contra nosotras.

A todo esto, ¿saben quién no está en el foco en materia de violencia contra las mujeres, ni se le espera? Los varones. Los varones violentos que ejercen su violencia contra las mujeres al abrigo de otras miradas. Los varones que compran mujeres para someterlas a sus deseos sexuales sabiendo que ellas no les desean o que les dan asco. Los varones que compran bebés explotando a sus madres pobres. Los varones que agreden a las mujeres y luego lo ocultan amenazando, además a su víctima para que no denuncie. Los varones que culpan de su violencia a sus víctimas. Los varones que creen a otros varones a pesar de un sistema que pervive gracias a la violencia que ejercen contra nosotras. Los varones que mienten para ocultar o negar su violencia. Los varones que no confiarían a sus hijas a otro varón porque conocen la violencia patriarcal. 

Y, si todo eso falla, siempre les queda acudir al antipunitivismo que es el intento de convencer a las mujeres (los hombres ya están convencidos) de que los delitos de los varones contra ellas no deben tener reproche penal o, en casos graves o innegables, tenerlo en muy pequeña escala. Una inmejorable manera de convencer a las mujeres de que la violencia recibida, tras un calvario judicial para ella, resultará en la casi total impunidad de su agresor. Convencimiento que, inevitablemente, se traslada a las demás para que aprendan que es inútil denunciar.

Es hora de decir «basta de impunidad», es hora de exigir, como hace con entereza Gisèle Pélicot, «que la vergüenza cambie de bando», «que la culpabilidad cambie de bando». Es hora de denunciar la negación de la violencia como un delito de odio contra las mujeres de especial gravedad, porque está en la base de la inacción social e institucional. Y, es hora de decir que ya no nos callaremos, que este 25N seremos un clamor en las calles gritando ¡BASTA YA DE VIOLENCIA PATRIARCAL!

¡Juntas haremos historia!

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