Los médicos que no creen en la ciencia

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Martín Endara Coll, biólogo molecular.

Dentro del Hospital Clínic, en Cataluña, se encuentra la Unitat d’Identitat de Gènere (UIG), especializada en tratar a pacientes que sufren disforia de género, ya sea para ofrecerles atención psicológica como para iniciar una transición médica. Este tipo
de unidades han estado en el punto de mira en los últimos años. En Inglaterra, el servicio de identidad de género Tavistock ha sido el centro de varias polémicas. 35 empleados dimitieron entre 2016 y 2019, algunos de los cuales declararon anónimamente tener miedo de ser llamados tránsfobos por hacer evaluaciones meticulosas a sus pacientes antes de iniciar un tratamiento. Este relato fue corroborado por Sonia Appleby, la trabajadora social encargada de velar por el bienestar de los pacientes menores de edad. Appleby recibió quejas de algunos empleados porque una médica había recetado bloqueadores de la pubertad a menores antes de ser evaluados. Esta queja fue repetida por algunos padres, que han acusado al Tavistock de acelerar el tratamiento de sus hijos ignorando todas las precauciones. La respuesta de la dirección del centro fue marginar a la trabajadora social y prohibirle al resto de trabajadores que se reunieran con ella, por lo que Appleby recurrió a los tribunales. Estos comprobaron Appleby había sido sometida a un tratamiento casi disciplinario y que la dirección estaba interfiriendo con su trabajo, y fue indemnizada con 20.000 libras. Pero la polémica no acaba en Inglaterra. En Estocolmo, Suecia, el reportaje “Mission: Investigate: Trans children” reveló que los médicos del correspondiente servicio de identidad de género seguían unas prácticas similares. El documental gira alrededor de Leo, una adolescente que fue tratada con bloqueadores de la pubertad desde los 10 hasta los 15 años, dos años más de lo recomendado por los médicos del servicio. Aunque el tratamiento fue pausado, Leo sufre osteoporosis, dolores constantes y malformaciones en dos vértebras.

Volviendo a Cataluña, en enero de este año la Universidad de Barcelona anunció la creación de una materia optativa para la carrera de medicina, la asignatura de “Formación en diversidad de género: las personas Trans”. Para ello, se contará con el asesoramiento de organizaciones como Chrysallis, Generem y EnFemme. Chrysallis, asociación centrada en los menores que sufren disforia de género, tiene cuentos infantiles que dicen que existen cerebros masculinos y femeninos (un mito neurosexista que ya ha sido desmentido), o que una niña es en realidad un niño trans porque no le gusta llevar faldas ni el color rosa, sino vestirse de bombero. La asignatura, en cambio, no cuenta con la participación de la UIG del Hospital Clínic, a pesar de que el Clínic es el hospital universitario ligado al grado de medicina. Según la noticia, la razón para excluir a la UIG es que hay colectivos trans que rechazan la manera de trabajar del servicio.

Quien sí ha sido invitado es Trànsit, un servicio de acompañamiento a las personas trans que depende del Servei Catala de la Salut. Trànsit fue fundado en el año 2012 por la ginecóloga Rosa Almirall, y actualmente cuenta con 5 oficinas repartidas por toda Cataluña. La ginecóloga defiende que «No hay ninguna prueba médica ni psicológica que pueda valorar cuál es la identidad de género de una persona. Nadie lo sabe más que ella y a ella le pertenece», reforzando la idea de que no se debe evaluar psicológicamente a las personas que quieren iniciar un tratamiento hormonal, aunque sean menores de edad. El propio Ayuntamiento de Barcelona redactó en 2016 un informe sobre la atención sanitaria a las personas trans con la participación de Rosa Almirall y “el asesoramiento de personas trans”, pero sin representantes de la UIG. Los datos del informe revelan que el 87% de los pacientes recibe tratamiento hormonal en su primera visita. Además, el servicio atendió a más niñas que niños, una tendencia que ya se había detectado en otros países.

Unos meses después, las asociaciones trans que participaron en su redacción publicaron un documento en la misma línea. En este se incluyen 40 testimonios de personas que fueron derivadas a la UIG pero no estuvieron de acuerdo con la respuesta del servicio, incluyendo a padres de menores con disforia de género:

“no voy a llevarle a un sitio donde lo primero que hacen es hacerle entender que no es normal o que necesita ayuda psicóloga.(…) Pedimos que nuestros hijos tengan un lugar al que acudir donde se respete su forma de ser sin hacerles pasar test ridículos.”

“nos dijeron que nuestro hijo [de 7 años] sufría disforia de género. Nosotros no estábamos de acuerdo y le dijimos que no veíamos esta disforia sino al contrario euforia – nuestro hijo es feliz y se encuentra sano.(…) En el Clínic se nos ha dicho que a nuestro hijo le tiene que venir la regla y crecer los pechos aunque él no quiera ya que dicen, basándose en estudios, que es posible que nuestro hijo vuelva a sentirse niña. No facilitarán ningún bloqueador [de la pubertad] sin haber llegado a la pubertad. (…) Sinceramente, hemos sentido como que ellos con sus batas blancas parecen jueces de género y deben determinar el sexo de nuestro hijo. Pero, quien mejor que él para saber su identidad? Mejor que él no lo sabe nadie.”

Esta situación no es anormal, el generismo reniega de la ciencia constantemente. El sexo asignado al nacer, el dimorfismo sexual del cerebro, el rechazo del tratamiento psicológico o que los bloqueadores de la pubertad son completamente seguros son algunas de las ideas sin ninguna base científica promovidas por estos colectivos. Resulta preocupante que ahora estas ideas sean avaladas por la Universidad de Barcelona y enseñadas en una asignatura de medicina, al mismo tiempo que se excluye a quienes deberían ser los principales actores, los médicos de la UIG del Hospital Clínic. De esta manera, los coordinadores del grado de medicina están desautorizando a la UIG, diciendo que sus criterios no son válidos y su conocimiento en la materia está equivocado. Cómo dice el dicho, no se puede estar en misa y repicando. Si la UIG no está actuando siguiendo los protocolos correspondientes y la ciencia médica más actual, está haciendo daño intencionalmente a sus pacientes y debe ser corregida. Si no se puede demostrar que esto esté sucediendo, no existe ningún motivo para que no participen en una asignatura sobre persona trans. Que ciertas asociaciones trans estén en desacuerdo con los protocolos de la UIG no es un motivo válido para excluirles de la formación de los futuros médicos.

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