La Genealogía feminista

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Victoria Cansino, Feministas al Congreso.

Las vindicaciones por la igualdad son una reivindicación ética de las mujeres. El Feminismo jamás fue históricamente una teoría de las identidades. La historia de la filosofía feminista tiene raíces claras y concretas. Celia Amorós siempre decía que sin los paradigmas del ciclo ilustrado el feminismo no existiría.  En su artículo “Una filósofa llamada Simone de Beauvoir”, Amorós sitúa a la filósofa francesa como consecuencia directa de la Ilustración.

En el feminismo (sin plurales) hay un efecto “causa-consecuencia” in aeternum. La genealogía ha hecho fuerte a los varones. Genealogía que ahora andan buscando algunos antropólogos queer. Genealogía feminista a la que debemos aferrarnos si queremos centrar nuestra agenda y verla florecer en el espacio político. En ella están todas las soluciones.

Cuando la misoginia ilustrada contestó que noble-plebeyo era una clasificación artificial, mientras que la distinción hombre-mujer era una distinción de la naturaleza y del orden de las cosas, las mujeres que pedían el derecho de ciudadanía no se dieron por satisfechas. Mary Wollstonecraft, en su libro “Vindicación de los derechos de la mujer” (1792), alegó que somos producto de una educación artificial, lo que de natural no tiene nada. No nacemos con pendientes, tacones y rímel. Esta tesis será perfeccionada por el existencialismo de Simone de Beauvoir con su famosa y malinterpretada frase (“No se nace mujer, se llega a serlo”). En este sentido, Amorós afirma que la filósofa francesa lleva a término la Ilustración y el movimiento sufragista de Wollstonecraft, poniendo de relieve que la mujer no tiene esencia, sino existencia. Cuesta tragar que ahora, en pleno siglo XXI, nos vengan con que ser mujer es una esencia hipersexualizada que cualquiera puede interpretar.

La genealogía feminista consiste en darse la mano en un no lugar y en un no tiempo. Nos impulsa a revisar y acabar lo que otras compañeras empezaron años, décadas o siglos atrás. Ergo nada es azaroso. Tampoco se puede decir que la teoría feminista no vertebre la vida política: la lucha por el sufragio femenino fue una victoria sin parangón, consecuencia ilustrada de estas autoras. En aquellos momentos hubiese sido impensable que mil quinientas mujeres se uniesen para crear su propio partido. Pero ya no queremos ir a votar y nada más. Queremos decidir. Conformarse con partidos que no nos representan es un plato indigerible. Observar a compañeras jugándose la piel -y militando en los partidos que siempre hemos votado-, para que al día siguiente nos denominen personas que menstrúan, aguantando a Carla Antonelli clamando en La Sexta que querría poder abortar… parece una distopía absurda. Se pretende que hagamos un largo mutis por el foro, un imposible.

Vir versus oikos

Las mujeres nos quedamos rezagadas en la historia por no participar en la polis o en la guerra: el vir estaba llamado a trascender, a diferencia del oikos, donde las mujeres quedaban relegadas a la inmanencia. El clasicismo grecorromano consideró que la mujer era una repetición animal de la vida misma. Cuando Amorós concluye con brillantez que la usurpación masculina de lo genéricamente humano nos dejó fuera de la representación simbólica, no pensamos que lo genéricamente humano en la política aún queda lejos de representarnos. La literatura, el colegio, las reformas legislativas, lo laboral, Reales Academias, Universidades, todo estaba hecho a imagen y semejanza del varón. Incluso los ensayos clínicos de nuevos medicamentos se hacen sin testar mujeres.

Si lo genéricamente humano es masculino, ¿qué somos nosotras? Lo femenino quiere asumir lo genéricamente humano dentro de un Androcentismo: se trata de una lucha de poder intrínseca extendida a cada estructura social que conforma el mundo. Y en esa lucha seguimos. Partidos políticos, judicatura, ciencia, arte, mass media… Son todas estructuras patriarcales donde las mujeres apenas pueden desenvolverse sin establecer alianzas entre ellas.

Cada momento histórico tiene su sino: las ilustradas pedirán la igualdad, el derecho a la ciudadanía y el voto. Las luchas sufragistas se irán contagiando por diferentes países, llegando al nuestro. En España, sin embargo, el sufragismo será menos pujante. Carecíamos de un sistema organizado, lo que no quita que contásemos con mujeres destacadas que desafiaban los roles impuestos. Estas figuras individuales escribían folletos y artículos con la firme intención de rechazar tesis intelectuales o pseudocientíficas que despreciaban a las mujeres (como las de Gregorio Marañón).

Krausismo y emancipación educativa

El krausismo influyó en muchísimos intelectuales que veían en la educación laica y progresista la solución más rápida para la regeneración de un país altamente corrupto y analfabeto. Fernando de Castro y Francisco Giner de los Ríos, expulsados en 1875 de la universidad, crearon la Institución Libre de Enseñanza con estos fines. Aquellas teorías pedagógicas pervivirían en los discípulos de estos visionarios. Fue en 1865 cuando Fernando de Castro inició un ciclo llamado Conferencias Dominicales para la Mujer en la Universidad de Madrid. Una iniciativa que acabaría convirtiéndose en la Escuela de Institutrices, que a su vez impulsará la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, así como diferentes escuelas profesionales de Comercio para Señoras, Correos y Telégrafos, Idiomas, Dibujo o Música (todas ellas dirigidas al público femenino). Estas instituciones no perseguían la igualdad, sino la educación como transformación social del país. Aquellas mujeres tan formadas podrían, al ser madres, alfabetizar a su descendencia.

Más tarde, en 1882, llegarán los Congresos Pedagógicos, impulsados por hombres que, aunque no acabaran de entender que la inteligencia no tenía ni tiene sexo, sí eran conscientes de que la educación de las mujeres había sido vital para el desarrollo de la consecuencia ilustrada, la vindicación de la igualdad y la toma de consciencia de la misma. Fue el tiempo de los Lyceum Club (en ciudades como Madrid, Berlín, Nueva York o La Habana); también de las misiones pedagógicas encabezadas por María de Maeztu, y de la llegada de tres mujeres más al Congreso. Entre ellas, la gran escritora María Lejárraga. La situación miserable de las mujeres de nuestro país es retratada en cierta prensa de la época. Por ejemplo, en La Ilustración de la Mujer, periódico barcelonés impulsado por Concepción Jimeno de Flaquer; o en La Mujer, revista de instrucción general para el bello sexo -con Faustina Sáez de Melgar al frente-, y en otras cabeceras como La Educación de la Mujer, La Mujer, o Defensor de los derechos de la mujer, donde Therése Coudrai reivindicaba la emancipación femenina y su derecho político. ¿Es esta la matriz histórica y política de donde bebe la organización Feministas al Congreso? Rotundamente, sí.

La genealogía como poder

Se trata de una matriz histórica y política que, llevada de la mano de la prestigiosa Escuela Feminista Rosario de Acuña -dirigida por Amelia Valcárcel-, los estudios sobre paridad de la Asociación Clásicas y Modernas, u otros encuentros relevantes a nivel nacional como el Feminario de Córdoba, ha formado a generaciones y generaciones de ciudadanas españolas. Todas esas ponencias de nuestras mujeres más sabias, tanto en congresos como en webinarios, han inspirado a feministas que ya no se conforman con el voto como única manera de canalizar sus ideas como sujetos políticos.

El feminismo de nuestro país es más fuerte que nunca gracias a nuestras maestras. Se ha generado un gran “músculo gris”, orgullosamente enraizado en su base epistemológica. Quizás las amenazas, los troyanos y un posmodernismo capitalista que todo lo transforma en objeto de consumo hagan tanto ruido que confundan a la población. La estridencia y la superficialidad son tendencia. Sin embargo, no en balde muchas de nuestras filósofas se dejaron la salud en transmitir un mensaje: la genealogía es poder.

Las abogadas Clara Campoamor, Victoria Kent y Matilde Huici se ofrecieron para formar a compañeras, sin pensar que al analizar las leyes iban a darse cuenta de su propia situación. Los caminos de las mujeres son inescrutables, y así fue como crearon comisiones para redactar reformas del articulado más degradante para las mujeres, como el artículo 57 del Código Civil, que decía: «El marido debe proteger a la mujer y esta obedecer al marido». Aquella aberración sería sustituida por la siguiente frase: «El marido y la mujer se deben protección y consideraciones mutuas».

Esta geneología hacía muchísima falta en nuestro país. Herederas de Emilia Pardo Bazán, Carmen de Burgos y tantas otras, han ido siendo la consecuencia de una Ilustración sin término que debía continuar por y para nuestro bien. Los Lyceum Club, pero igualmente las misiones pedagógicas, la labor de las maestras republicanas, o las primeras, segundas y terceras generaciones de universitarias, conformarán un contingente de mujeres listas para transmitir los paradigmas ilustrados de un humanismo que es, a su vez, un éxodo y una liberación.

La lección de Clara Campoamor, sufragista solitaria

Cruzado el desierto, el 1 de octubre de 1931 se aprobó el artículo 34 con una diferencia de 40 votos: obtuvimos el derecho al voto. Campoamor fue increpada por algunos diputados, en algunas reuniones e incluso a pie de calle. Seguimos cruzando desiertos. Desde 1910 la universidad española permitirá el acceso de las mujeres: sin embargo, el 70 % de las mujeres españolas son analfabetas en aquel momento. Una mujer por cada 17.000 varones ingresaba en la universidad. Pero el índice de analfabetismo femenino bajará al 50 % en tan solo veinte años. Los diarios publicaban, mientras tanto, que dos diputadas en la Cámara sostenían opiniones diferentes, vendiendo dicha divergencia como una pelea de gatas. La diferencia era que Victoria Kent priorizaba los intereses de partido sobre la agenda feminista, y la mujer española, a su entender, no era lo suficientemente republicana; Campoamor, por su parte, ponía el derecho femenino al sufragio por delante. Los partidos progresistas estaban divididos en aquel entonces, y siguen estándolo hoy.

La nueva organización Feministas al Congreso no divide el voto: los partidos son espacios patriarcales que no se libran de la misoginia. A las mujeres se nos pide que demos nuestro tiempo y nuestras fuerzas en los momentos difíciles, bajo promesas de mejora. Pero cuando la crisis apremia, el pacto inter frater nos relega al trastero de las malas ideas. Las mujeres, siendo el 50% de la humanidad, no somos un grupo de presión mínimamente importante para ningún partido.

Valcárcel decía que Campoamor hacía una defensa del voto de las mujeres basado en principios y no en consecuencias, pues el principio de igualdad debía primar por encima de los intereses del Estado, y de los intereses de partido. Pero ojo, resulta muy fácil culpar a las mujeres de cualquier fiasco. Es una constante histórica: tanto el laborismo inglés como el socialismo español, o nuestra izquierda republicana en los años treinta del siglo XX, culparon al voto femenino de todas sus derrotas. Solo hay que leerlo en los libros de Historia.

Siempre se ha penalizado a la mujer que prioriza la justicia social y la agenda feminista. Acción Republicana, Azaña y toda la izquierda republicana rechazaron la vuelta de Campoamor al partido, y por ende a la política. De hecho, nuestra sufragista solitaria se exilió en 1936. Nunca volverá a la vida parlamentaria. El 30 de abril muere, no sin antes declarar por carta: “Quiero ir a morir a España”.

Hemos sido un sujeto enajenado de sí mismo. Nuestra integración ha sido un tokenismo: una participación simbólica, fruto de una pequeña concesión superficial que no cambia ni modifica el statu quo. ¿Para qué sirve? Las concesiones tokenistas son un espejismo para desviar la atención. Cuando las mujeres percibimos a nuestras pares en las estructuras de poder consideramos que hay una igualdad real. Nos ceden un espacio que nos quitan en cuanto no nos necesitan. Se trata de un locus que nos era y es ajeno. Hemos estado en la República, en la lucha contra el franquismo, en el exilio, en la Transición, en el mayo del 68, en los inicios de la democracia, en el primer y último PSOE, en el impulso del 15M… y en la decrepitud de Podemos.

El anhelo de completar la labor ilustrada es fuerte, y ecofeminista. No queremos despojar de vida la vida misma. En estos dos años de pandemia las mujeres hemos estado unidas a través de las redes sociales, vía WhatsApp, asistiendo a videoconferencias, tejiendo redes. Seguimos siendo oikos: encerradas, indignadas, cuestionadas, cansadas, contemplando al posmodernismo desfilar entre bambalinas sin que nada cambie para nosotras. Y la gestión del Ministerio de Igualdad -con la ministra Montero- ha sido tan nefasta que nuestro enfado ha ido in crescendo.

Las Mindundis

Esther Díaz Pedroche, docente y feminista, crea una red informal y activista, la de Las Mindundis, que se convertirá en grupo de Telegram, con perfiles muy activos en Twitter, donde confluyen feministas como Elena Armesto, Laura Freixas, Pilar Aguilar, Lola Sánchez Caldentey y cientos de mujeres que llevan años poniendo buena parte de su tiempo en una lucha feminista que, en dos años de COVID-19, ha sido tan doméstica como agotadora. En estos momentos, donde la misoginia judicial vuelve a ofendernos, no nos basta con lemas (“¡Hermana, yo sí te creo!”). No nos basta con la pancarta. Queremos el poder de cambiar las cosas.

Porque somos la población más precarizada, queremos mejoras laborales. Las pensiones de las mujeres son casi un 40% más bajas, y la brecha se hace carne en nuestro cuerpo con doble y triple jornada laboral, al tiempo que la feminización del paro y la precariedad en el mercado laboral nos aleja más y más de la igualdad real. Seguimos siendo la sangre esclava de los prostíbulos en el país más putero de la UE; las niñas siguen ocupando las cuatro esquinitas de los patios de colegios e institutos tomados por los varones. No contentas con eso, somos las violadas por las manadas, las abusadas por familiares, las golpeadas, y las asesinadas. Por supuesto seguimos teniendo poca credibilidad, aunque seamos víctimas y no verdugos, en los juicios salomónicos.

Para colmo, en estos dos años de ofensiva queer se ha pretendido institucionalizar la idea de que, como mujeres, seamos un sentimiento de quita y pon, un deseo estético hipersexualizado. A la mujer como sentimiento se suma la mujer como cuerpo mercantilizable -nada nuevo bajo el sol-, de ahí que se pretenda legalizar que las más pobres seamos vientres de alquiler para los más ricos. Si nos quejamos, se nos replica que incordiamos a los que distan de revisarse sus privilegios, reclamándonos unos supuestas prebendas femeninas y obviando lo básico: que somos víctimas de una opresión estructural patriarcal.

Como dice la filósofa Rosa María Rodríguez Magda: la mujer es muy molesta cuando reclama sus derechos. Y me atrevo a decir que estamos tan enfadadas que vamos a incordiar muchísimo más.

Somos genealogía y el ahora es nuestro tiempo. Dejen paso, por favor.

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