Ahora sí es el momento

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Pedro Gallego Castellano, @DeLeontinos.

Con los 80’s llegaron los Millenials y a finales de 2010 termina la Generación Z. Hasta ahí existe acuerdo terminológico, pero ¿dónde acaba una y donde empieza la otra? En tierra de nadie. Donde justamente estamos los nacidos durante los 90’s. Como otros muchos, yo también pertenezco a esa generación que sufre de indefinición crónica.

Pero esa indefinición tiene causas concretas y son esas crisis económicas que nos están acompañando en todos los periodos cruciales de nuestra vida. Por ello, soy partidario de que los nacidos durante los noventa tengan su propia nomenclatura generacional: la Generación de las Crisis. Nuestra historia se inicia en una, nos criamos en otra y estamos intentando convertirnos en adultos entre medias de una pandemia global con visos de crisis económica ¿algo más puede salir mal?

A pesar de nacer al calor de la crisis de 1993, vivimos una enorme recuperación económica y un boom expansivo siendo críos. Esto provocó que nuestros adultos nos criaran educándonos con ‘la vie en rose’, prometiéndonos vivir mejor que ellos, siguiendo aquella regla natural milenaria. El nivel de vida nunca había parado de aumentar, ¿por qué cambiaría ahora? Pues cambió. Fuimos envenenados con la meritocracia, bombardeados por la mentira del éxito laboral tras el esfuerzo. Nuestra infantil cabeza de críos escuchaba sin parar aquello de “estudia lo que más te guste, si eres bueno triunfarás”, o aquello otro de “si trabajas en lo que te gusta, no tendrás que trabajar nunca”, seguido de un “tienes que estudiar para labrarte un futuro”. Sin embargo, todos sabemos hoy que eso es mentira, aunque no culpo a nadie, pues era la verdad de su tiempo, de su generación. Pero la nuestra es muy diferente.

Cuando ya empezamos a tener cierta conciencia del mundo, una crisis en 2008 golpeó el mundo. En los barrios trabajadores como el mío, era común y habitual dedicarse a la construcción. Ironías de la vida: después de que la construcción edificara el milagro económico de España, la misma construcción se convirtió socialmente en el enemigo de la economía. No fue la corrupción escondida tras ella, ni la especulación inmobiliaria. Tampoco los malos gestores urbanísticos. Los que tomaron el poder en 2011 lo tenían claro: fueron nuestros padres los culpables del desastre económico “por haber vivido por encima de sus posibilidades”. Así, los de la gaviota convirtieron a nuestros padres en “basura”, en inservibles que ahora debían “reciclarse”.

Aquello nos afectó indirectamente, pues la precarización de nuestros padres imposibilitaba hacer frente a las expectativas de vida que mi generación se había creado. Queríamos viajes, coches, restaurantes… éramos, y somos, víctimas de un consumismo atroz, del que en parte nos renegamos a desprendernos. Sin embargo, la tasa de desempleo más alta de la historia de España nos excluía del mercado laboral. Tampoco ayudó la época de recortes educativos que sufrimos cuando gobernó el Partido Popular. Dejaron de manifiesto que las becas no eran la solución, pues apenas sufragaban los gastos educativos.

Ahí es donde el Partido Popular empezó a esclavizarnos. Víctimas de nuestras expectativas de vida y de una reforma laboral brutal, los estudiantes de la clase trabajadora comenzamos a compaginar empleos precarizados y estudios superiores. Por supuesto, no sin ver como empeoraba nuestro rendimiento académico a cambio de salarios mínimos (en su sentido jurídico). En el barrio nos dimos cuenta de que aquello de la meritocracia funcionaba para algunos mejor que para otros. De hecho, con frecuencia, era el discurso individualista que usaba quién llegaba a algo en la vida, para vanagloriarse y legitimarse, sin tener en cuenta sus antecedentes personales.

Mientras tanto, los chicos del barrio nos diferenciábamos entre los “afortunados” que accedíamos al mercado laboral regulado, mediante un contrato (en la mayoría de los casos paupérrimo), y aquellos que no tenían tanta suerte y se enrolaban en puestos de trabajo sin contrato. En realidad, nos diferenciábamos entre ser pobres pero con derechos laborales, o ser pobres y estar exentos de los derechos adquiridos gracias a la lucha de nuestros mayores. En virtud de esta ascendencia humilde, nuestro único patrimonio destacable son los derechos laborales que nuestros ancestros nos dejaron como herencia. Y eso es precisamente lo que nos robó el Partido Popular durante su gobierno. Nos volvió a convertir en proletarios, en seres que únicamente poseen a sus hijos, aunque se empeñen también en poder comprar sus vientres.

Entiendo que muchos políticos, en particular los mal llamados “populares”, no sean conscientes de esta realidad. No saben como funciona la vida en un barrio humilde. No saben lo duro que es estudiar, a sabiendas de que nuestro título será poco más que papel mojado en el mercado laboral. No saben lo que es trabajar por un sueldo por debajo del mileurismo. Precisamente no son sus hijos quiénes tras levantarse temprano para ir a la universidad, pisan su hogar solamente para coger la ropa de camarero y marcharse al bar. No son sus hijos los que llegan exhaustos a las tantas de la noche y abren sus apuntes a intempestivas horas de la noche. Ni tampoco quiénes tras llegar de madrugada, cuentan las horas que tienen para repartir entre sus apuntes y la almohada, antes de que vuelva a sonar el reloj.

Este es el frenético ritmo de vida de nosotros los si-si, aguantable sólo porque rozamos la veintena. Aguantable sólo porque tenemos la esperanza de que lo hacemos por un futuro mejor. A nosotros, a los que damos cabezazos en clase por culpa del sobreesfuerzo, la patronal nos dice que no es el momento de reconocernos nuestra aportación. Según la Patronal, sería inasumible una subida del SMI de los 950 actuales a los 1000 euros. Con nuestros frecuentes contratos a media jornada y sueldos asentados en el mínimo establecido, para nosotros los si-sis quiere decir que la Patronal nos niega 25 ínfimos euros porque “¡No es el momento!”.

Pero yo no he votado a ninguna Patronal, ni ningún español tampoco, como para que le digan al gobierno de mi país cuando debe o no debe subir el SMI. Cuando sí que se me permitió votar fue en noviembre de 2019, cuando igual que muchos otros millones de españoles voté para lograr los 167 escaños que permitieron la investidura de este gobierno. Por eso, cómo se ha hecho generalmente en toda Europa, pido que el gobierno se posicione a favor de un SMI digno, europeo y progresista. Que se defienda sin fisuras de ningún tipo el aumento del SMI, por nimio que sea. Porque por fin tenemos un gobierno que representa al pueblo y a las trabajadoras y trabajadores que lo componen, por eso, contra lo que diga ninguna Patronal, ahora sí es el momento.

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