Adriana Flórez
Ni el epitafio de Antígona ni el de Maricarmen sobre su tumba puede ir sobre la “belleza de su alma”. Figuras como las de estas dos mujeres (se quiera o no guardar las proporciones), rebasan a nivel simbólico lo personal de manera radical. Porque su proyección lo desborda: encienden las consciencias y quedan, incandescentes, en la memoria.
Como es sabido, Antígona es un personaje mitológico de la antigua Grecia a quien poner su ética sobre las leyes del Estado le costó la vida. Representa la distinción entre lo legal y lo legítimo. Una distinción sin cuyo reconocimiento no podrían avanzar las sociedades ni sus leyes. Por eso, al igual que la figura de Antígona, la figura de Maricarmen no puede entenderse desde un plano legalista, va mucho más allá.
Maricarmen no se resignó a su destino de clase. Por lo que sea; ese, aunque interesante, es otro tema. Fue una secretaria, funcionaria, soltera y sin hijos que ya jubilada, tras 49 años de vida laboral, cuidó a su madre hasta el día de su muerte. Para entonces Maricarmen tenía 67 años y, habiendo cumplido con los requisitos, era lo que se viene llamando “una buena mujer”. Cotizó y, “como buena mujer”, cuidó.
Bueno, también es verdad que, en vista de que no tuvo marido ni hijos y de que, aunque de secretaria, ganaba un sueldo, se permitió algunos viajes por el mundo. Nada que pudiera sobrepasar nuestra indulgencia.
Todo hasta ahí bien. Aceptable. Lo que pasa es que después dio la nota. Válgame Dios. La dio cuando, ya próxima a sus 80 años, se le comunicó que las condiciones económicas para seguir viviendo donde lo había hecho desde sus 17 eran unas con las que ella no podía cumplir. La dio cuando, atrevida, se sintió con el derecho de negarse a partir; de conservar su entorno; de seguir su vida en el lugar fuera del cual, por lo que sea (no es el tema), no concebía su vida. Con la mala suerte de que ese lugar estaba en un barrio venido a más que, por su clase social, no le correspondía: el barrio del Retiro en pleno centro de Madrid. A quién se le ocurre. Y, en todo caso, no habed viajado ¾dicen¾ que eso no es para secretarias solteronas.
Con una pensión modesta, rechazó, sin vergüenza, su destino de clase: desafió a la leyes y articuló su rebeldía con un movimiento por la vivienda al que se sumó sin recato. A esta gente le das la mano y se toma el pie, muerden la mano que les da de comer. Fue una agitadora y, hay quienes por unas cosas o por otras, no se lo perdonan. Fue, en su insolencia, visionaria. Con suerte (que va a hacer falta), la historia lo demuestre.
El irreverente activismo de Maricarmen habría de juzgarse por sus efectos y por su derrotero, no por “la belleza de su alma”. Su posicionamiento apunta hacia un avance ético de nuestra sociedad y de sus leyes. Ético porque pone por encima de la lógica del capital a la humanidad como tal atendiendo a sus condiciones materiales de posibilidad.
La formula por la que esto podría conseguirse en lo que toca a la vivienda, cómo habría de organizarse la sociedad para el efecto, la redacción perfecta de los decretos correspondientes, es también, como el de “la belleza del alma” de esta activista octogenaria, otro tema. Es importante ir por partes y no permitir que nos cambien el tema.
Creo que la gran mayoría estaríamos de acuerdo en que también es importante evitar un abordaje pasional que derive en lo visceral, incluso aunque se esté tocando, ay, a los ausentes; que merece la pena contenerse, apostar por la palabra hasta sus últimas consecuencias; que aprender a comunicarnos entre vecinos a pesar de las diferencias es fundamental; pero, ¡cómo cuesta!
Ahí también hay que cavar, profunda, la trinchera por un mundo mejor. Por un mundo al que no debiéramos desahuciar de antemano acudiendo, también nosotros, a apelativos o insultos que, por definición, cancelan la vía de la palabra; no cuando lo que está en juego es tan delicado: el porvenir de nuestra sociedad y la convivencia entre sus miembros.
El hecho es que muchísimos jóvenes y una buena parte de la sociedad agradecemos el desafío de Maricarmen a las leyes, su desobediencia. Agradecemos la proyección social que le dio a su causa personal, una vez que la articuló con el movimiento por la vivienda. Agradecemos que lo haya hecho, además, sin escatimar implicación, sin vergüenza; y, a juzgar por los sismos, con tan telúrico tino.
“Oportunismo”, dicen algunos, cuando no epítetos o insultos, ¿en qué escala están sacando sus cuentas?, ¿en qué plano se mueve su análisis?
No fue una “víctima perfecta”, de hecho, no aceptó el lugar de víctima. No se fue ¾como ella decía¾ de noche, con la cabeza baja, sin que nadie la viera, con una maleta a morirse, no de lo que murió, sino de tristeza. No creía que la vergüenza tuviera que caer de su lado. Por el contrario, se rebeló a su destino de clase, y, al igual que Antígona, desafió las leyes.
Ella veló, sin vergüenza (como Antígona a su hermano), por sus humanos intereses contraviniendo las leyes. Además, resistió hasta el final. Las dos cosas. Fue así como pudo mostrar al mundo lo que mostró. Ese fue su doble pecado, el que no le perdonan: desafiando las leyes mostró ante el mundo entero su injusticia.
El tema, el que importa, no es pues “la belleza de su alma”, no en un primer momento, no para mezclarlo con el que de verdad nos incumbe como sociedad. Si Maricarmen se convirtió en un símbolo imborrable no fue por “la belleza de su alma”, sino precisamente porque fue más allá de lo personal. Porque pensó, porque abrió su horizonte, porque se asoció, porque se organizó, porque se prestó, sin vergüenza, a ser, no una santa, sino símbolo de una causa social urgente. ¿También buscando su bienestar?, ¿sin vergüenza?: por qué no. En cualquier caso, nada de eso fue sin consecuencias.
Por eso, por su proyección social se está hablando de Maricarmen en todo el mundo. Por eso su nombre significa lo que significa hoy: lo que significará para siempre. ¿A quién beneficia venirlo a mancillar?
El tema, el que en primer lugar importa, es que luchando durante años por lo que sin vergüenza consideró ser, más allá de las leyes, un derecho humano suyo, supo de desahucios mortales como consecuencia de la gentrificación y entendió a profundidad el significado de esa thanática palabra.
Esto es, el significado de que la vivienda no se trate como un bien de primera necesidad sino como un negocio; de que los barrios se traten, no como baluartes de la sociedad, sino como parques temáticos para el turismo (en España hoy tan ligado, por cierto, a la prostitución); y de que la vida se trate, no como algo sagrado en un sentido laico, sino como una oportunidad para sacar «beneficios». Eso la fortaleció, le quitó la vergüenza.
Primer acto: Se recuera una plaza donde había una ludoteca; una escuelita de cocina para niños; un colmado; un video club pequeñito, donde además se vendían artículos de segunda mano, comandado por un señor mayor, vecino; un puesto de periódicos que atendían dos hermanos; una escuela de música de referencia con casi 30 años de andadura (La popular); unas cuantas y pequeñas terrazas con bares de toda la vida. Se recuerda una plaza francamente verde, acogedoramente compartimentada, en todo redonda y aislada del tráfico; una plaza que ofrecía gran seguridad a los niños y a las niñas de todas las edades, y tenía todo eso que la hacía tan excepcionalmente hermosa: la Plaza de Olavide.
Segundo acto: Se constata que esa plaza, próxima a ciertos áticos e inversión europea mediante, ahora es una plaza más como cualquier otra, una plaza donde todo lo que la hacía única y de barrio, ha desaparecido. Se constata que, en medio del tumulto, ya no se oye como en su día a los gorriones ni el revuelo de los niños, antes vecinos y protagonistas absolutos de la plaza. La Plaza de Olavide hoy menos verde y con gran permeabilidad peatonal, luce cuadrada. Se ha convertido en un bebedero de café “de especialidad” y de cerveza donde hacen su agosto algunas franquicias con terrazas enormes, sin límite.
Es mucho lo que así se ha desahuciado, y un tercer acto que lo rectifique parece más que imposible. No se trata de un desahucio de vida o muerte, no directamente, no aparentemente, no en un primer momento; pero, cuando hablamos de capital, todo está conectado. Mientras aquella plaza redonda se iba haciendo cuadrada, más de un vecino del barrio de Chamberí, donde se ubica, ha tenido que dejar su casa de toda la vida por el aumento exorbitado del alquiler y, por supuesto: ha habido desahucios. Por ejemplo, en el número 22 de la calle Galileo. Y muy cerca, en Bravo Murillo 39, la Casa de la Cultura y Participación Ciudadana de Chamberí, en 2021, fue desalojada.
El hecho es que cuando en el 2024 por gentrificación se cerró La escuela popular de música y danza situada en la Plaza de Olavide, estuvo, para intentar defenderla, el Sindicato de inquilinas al que se asoció Maricarmen. Algunos de sus alumnos que vieron como se cerraban las puertas de su escuela, hoy duermen en Sol. No porque no tengan nada mejor que hacer (muchos se levantan por la mañana para trabajar o ir a la universidad), sino porque todo lo dicho ocurre sin ninguna institución a la vista que sea capaz de evitarlo, de regularlo, de poner a la humanidad por encima del dinero y su dinámica. Incluso todo lo contrario: el reino del laissez faire y de la máxima ganancia campa a sus anchas al amparo de las instituciones y algunas leyes.
¿Es en verdad del lado de quien desafía las leyes que lo permiten donde habría de caer la vergüenza por no ser la “víctima perfecta”?
Maricarmen es solo “un caso”, pero como levantó la voz, se articuló a un movimiento social, tenía elocuencia e inteligencia; como tenía ya una edad más que respetable y la sociedad no puede más, se convirtió para una buena parte de ella en un símbolo potente e inolvidable. Algunos, no se lo perdonan. Y, entre ellos y ellas, algunos que todavía no lo han visto: también luchaba por ellos. Todo un tema.
“Los recuerdos no se desahucian” dice un cartel con su rostro junto a las flores que, para conmemorarla, pusieron muchos y muchas frente a la casa donde vivió 71 años. Frente a esa casa donde el pasado 23 de septiembre, gracias a que ellase movilizó organizada y sin vergüenza, muchos y muchas personas, sobre todo jóvenes, tuvieron el honor de defender a la vista del mundo entero, no una puerta, no la propiedad, sino la humanidad como tal.
Maricarmen les hizo ese regalo, sobre todo a la juventud. Un regalo que, en estos desesperanzados tiempos, resulta inconmensurable. Eso sí, no a cualquier precio: no para quienes resistiendo la acompañaron a lo largo de su lucha y el día de su desahucio; no para quienes hoy impulsan su causa, ya en su memoria. Mucho menos para ella.
Pero se fue de este mundo sabiéndolo: siendo mujer octogenaria, en contra de todo pronóstico, cimbró a un país y al mundo entero en sus cimientos cuestionando el imperio de la máxima ganancia a favor de la humanidad como tal. Eso que nos dio, y eso que se llevó.
¿Qué sentido tiene hablar de «la belleza de su alma»?, ¿desde que marco podría hacerse?, ¿en verdad puede hacerse? Pero, sobre todo, ¿como para qué?…
Si todo el mundo lo sabe: ni Antígona ni Maricarmen tenían vergüenza.








