La paz como activo inmobiliario

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Cuando el imperio se quita la máscara

Imaginen por un segundo la escena. Tres horas de reunión en el Kremlin. Al otro lado de la mesa del presidente ruso no están sentados Antony Blinken, ni Jake Sullivan, ni ningún veterano del servicio exterior curtido en las trincheras del multilateralismo. Están Steve Witkoff, un magnate inmobiliario de Nueva York, y Jared Kushner, yerno de Donald Trump y gestor de fondos de capital privado. Al día siguiente, vuelan a Kiev para repetir la jugada con Volodímir Zelenski.

Los analistas de plató y los columnistas de turno se rasgan las vestiduras. Hablan de la “diplomacia paralela”, de la improvisación de la Casa Blanca o de la peligrosidad de enviar a aficionados a negociar el fin de la mayor guerra convencional en Europa desde 1945. Pero se equivocan de diagnóstico. No hay ninguna improvisación. Lo que estamos viendo no es la ruptura del sistema americano, sino su destilación más pura. Donald Trump no ha roto las reglas del juego; simplemente ha despedido al departamento de relaciones públicas.

Durante décadas, la política exterior de Estados Unidos se vendió bajo un barniz wilsoniano. Hablábamos de la “defensa del mundo libre”, de la “promoción de la democracia” y del “orden internacional basado en reglas”. Era una narrativa hermosa, sin duda, pero que servía para envolver con la bandera de las barras y estrellas lo que en el fondo siempre fue una operación puramente transaccional. Cuando la United Fruit Company necesitaba tumbar un gobierno en Guatemala en los años 50, se invocaba el anticomunismo; cuando el FMI imponía recortes en América Latina en los 90, se recitaba la letanía de la “disciplina de mercado”. El imperio siempre ha sido un negocio, pero hasta ahora, exigía que se le hablara con el lenguaje de la moralidad.

Trump, Kushner y Witkoff han decidido que esa hipocresía es ineficiente. ¿Para qué gastar energía en fingir que te importa la soberanía de un país cuando lo que realmente te importa es su balance de resultados?

Bajo esta luz, la visita a Moscú y Kiev deja de ser un misterio y se convierte en una hoja de ruta empresarial. Estos hombres no son diplomáticos porque no están allí para representar los intereses abstractos de una nación; están allí para auditar un mercado en quiebra.

Miren el perfil de los emisarios. Kushner acaba de recaudar miles de millones para su fondo Affinity Partners, dinero que proviene en su inmensa mayoría de fondos soberanos de Oriente Medio. Witkoff mueve sus fichas en el tablero del ladrillo y tiene un historial de tramas financieras que incluyen vínculos con oligarcas rusos. Cuando se sientan con Putin o con Zelenski, no están viendo fronteras, víctimas de guerra o derechos históricos. Están viendo activos en peligro, deuda soberana, infraestructuras destruidas que requieren reconstrucción y, sobre todo, un mercado cautivo.

No es casual que desde el Kremlin, el asesor Yuri Ushakov filtrara a la prensa que la reunión fue “muy útil” porque se hablaron de “proyectos económicos conjuntos”. Tampoco es casual que la administración Trump haya dejado caer la idea de convertir Ucrania en una “zona libre de aranceles”. Aquí no se está negociando la paz en el sentido ético o jurídico de la palabra. Se está estructurando una reestructuración de activos.

Y esto nos lleva a la gran pregunta que flota en el ambiente: ¿Quieren realmente que termine la guerra? La respuesta es sí, pero no por las razones que un ser humano normal entendería. No quieren que termine porque estén hartos del derramamiento de sangre, sino porque las guerras prolongadas son malas para los negocios si no generan contratos. Quieren cerrar el conflicto de la misma manera que un promotor cierra un edificio embargado: recortando pérdidas, reasignando las propiedades y asegurando que el retorno de la inversión esté blindado.

Para el capital especulativo que ahora dirige la diplomacia estadounidense, una “paz transaccional” es el escenario ideal. Significa congelar el conflicto en el frente, levantar gradualmente las sanciones a los oligarcas rusos que sean “útiles”, y abrir Ucrania en canal para que los fondos privados como el de Kushner se lleven los contratos de reconstrucción, el acceso a las tierras raras y la explotación agrícola. Ucrania obtendrá, quizás, la supervivencia de su Estado, pero a costa de hipotecar su futuro económico durante las próximas tres generaciones. Europa, por su parte, seguirá pagando la factura de la seguridad, mientras los beneficios de la reconstrucción vuelan hacia Miami o Nueva York.

La tragedia de nuestro tiempo no es que la diplomacia estadounidense se haya vuelto cínica. La tragedia es descubrir que siempre lo fue, y que ahora, simplemente, ya no se molestan en disimularlo. Kushner y Witkoff no llevan caretas porque en el universo trumpiano, la careta es un gasto innecesario. La política es un trato, la geopolítica es un mercado, y la paz, al final del día, es solo otro contrato que se firma al final de la partida.

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