Por Carlos Martínez, politólogo y presidente de Soberanía y Trabajo y miembro de Sovintern
Vivimos un momento más decisivo. No es una exageración, ni mucho menos un recurso retórico: la lucha es mundial. Los frentes de batalla entre el imperialismo y la dignidad de los pueblos se multiplican cada día, desde las estepas ucranianas hasta las selvas del Congo, desde las montañas de los Andes hasta los puertos del Indo-Pacífico. Estamos ante una guerra mundial, pero no solo en el sentido clásico de trincheras estáticas o alianzas fijas. Es una guerra mundial donde las ideas priman, donde la lucha de clases se manifiesta con nitidez y donde ningún rincón del planeta queda al margen.
Mientras los poderes establecidos nos distraen con batallas locales, identitarias o mediáticas —un referéndum aquí, una reforma allá, un escándalo político más allá— el mundo vive un nuevo amanecer, ciertamente doloroso, pero también cargado de posibilidades históricas. Las guerras que sufrimos —Ucrania, Gaza, el Sahel, la presión contra Venezuela— no son conflictos aislados. Son la manifestación violenta de un solo proceso: la reacción desesperada de un capitalismo que ve cómo su hegemonía absoluta se desmorona.
En esta guerra mundial no hay neutralidad posible. Ni siquiera China, con su socialismo con deseos confucianos de no injerencia y su apuesta por expandir el comercio como forma de colaborar en la llegada de un nuevo mundo, queda al margen. Porque las agresiones contra Venezuela o Irán no tienen como único fin el cambio de régimen en esos países. Su fin último es arrojar a China y sus acuerdos de cooperación, para que ese lugar vacío —esos recursos, esos mercados, esas alianzas— lo ocupen violentamente Estados Unidos y su socio incondicional, Israel. La guerra contra el dragón asiático se libra por delegación, pero se libra. Y quienes no lo ven están ciegos o son cómplices.
En las estepas de Ucrania, la OTAN y la Unión Europea libran una guerra proxy contra Rusia que tiene mucho más de dominación geopolítica que de defensa de la democracia. Los ideales que allí se escudan son derechistas, pro imperialistas y profundamente antirrusos, pero también antieuropeos populares. La élite bruselense, atada al carro de Washington, quiere guerra. Apoya a Israel en el genocidio palestino, apoya a Ucrania hasta el último ucraniano y estudia dañar a China todo lo que puedan, con aranceles, campañas de desprestigio y provocaciones en Taiwán. La Unión Europea ha dejado de ser, si alguna vez lo fue, un proyecto de paz para convertirse en un apéndice belicista del Pentágono.
Pero ¿por qué esta furia belicista? Porque el capitalismo está fracasando. Y su fracaso no es coyuntural: es sistémico. La mayor potencialidad científico-técnica del mundo ya no reside en el mundo capitalista. China, Vietnam, Cuba —a pesar del bloqueo— demuestran que es posible desarrollar inteligencia artificial, energías renovables, biotecnología y exploración espacial sin necesidad de explotar a la clase trabajadora ni de devastar el planeta. Eso es terrible para los amos del capital. Pensar que en el siglo XXI el socialismo no solo es posible, sino que se aplica con éxito y arroja mejores resultados sociales que el neoliberalismo, les lleva a un cortocircuito ideológico.
La única salida que encuentran es la guerra. Porque capitalismo y guerra son consustanciales. Guerra de clases para oprimir sindicatos y movimientos populares dentro de sus propios países, y guerra bélica de dominación y ocupación para saquear recursos en la periferia. El capitalismo necesita el colonialismo para oprimir y obtener materias primas baratas. Por eso cuando el pueblo boliviano se rebela contra el gasolinazo y el saqueo del litio, la respuesta es golpe de Estado (2019) y presión continua. Por eso cuando en el Sahel africano surgen potencias antineocoloniales como Mali, Burkina Faso o Níger, la única solución que encuentra el imperialismo es llevar la guerra a África. La República Democrática del Congo es sangrada a diario por milicias financiadas desde Occidente para extraer coltán, cobalto y oro. Allí no hay terrorismo islámico espontáneo: hay expoliación armada.
Frente a esta realidad, nuestra tarea es clara: hemos de organizarnos internacionalmente. Ese es el objetivo de Sovintern y de todos aquellos que hemos entendido que se puede ser socialista en el siglo XXI. No un socialismo de manual, sino un socialismo de territorios concretos, de luchas reales, de confianza en quienes se enfrentan al imperialismo sin complejos. Donde Estados Unidos o Israel estén, los pueblos dignos y nobles no podemos estar. La clase trabajadora europea, estadounidense o australiana no tiene nada que ganar apoyando a sus propias oligarquías. Al contrario: tiene todo que perder.
El rearme es la solución de quienes pretenden ser nuestros amos perpetuos. Pero están siendo derrotados. En Ucrania, la contraofensiva de la OTAN se estrelló ante la resistencia rusa, pero sobre todo ante la falta de motivación popular. En Gaza, el sionismo ha mostrado su cara más salvaje, pero no ha podido doblegar a la resistencia palestina. En América Latina, los gobiernos progresistas y populares resisten a pesar de las campañas de lawfare. En el Sahel, las juntas antimperialistas consolidan su soberanía expulsando a las tropas francesas y estadounidenses. La derrota de los amos es un proceso lento, contradictorio, pero irreversible.
Tal vez en Europa —tan listos que nos creemos— lo que tengamos que hacer es algo muy sencillo: desear que otros triunfen, colaborar con ellos y tener las ideas claras. Porque quien apoya a Zelensky —un presidente que prohibió partidos socialistas y entregó la economía ucraniana a fondos de inversión estadounidenses— no es de los nuestros. Quien aplaude a Milei —un ludópata ultraderechista que quiere vender los órganos de los niños pobres— no quiere el bien del pueblo. Quien vitorea a Trump —el empresario misógino que trasladó sus fábricas a China para abaratar costes y luego le declaró una guerra comercial— es un necio útil al servicio de las oligarquías occidentales, especialmente las anglosajonas y sionistas.
No hay medias tintas. En esta guerra mundial, los bandos están claros. De un lado, el imperialismo en todas sus siglas: OTAN, UE, Mercosur de derechas, monarquías del Golfo, Israel. Del otro, los pueblos que se niegan a desaparecer: Rusia en defensa de su seguridad existencial, China en su camino hacia una sociedad socialista moderna, Irán frente al terrorismo de Estado sionista, Venezuela bolivariana, Cuba heroica, Bolivia indígena, los movimientos antimperialistas del Sahel, la resistencia palestina, los mapuches, los zapatistas, los comunistas vietnamitas.
Nuestro deber como europeos críticos y como internacionalistas no es esperar pasivamente. Es apoyar logísticamente, informar verazmente, romper el cerco mediático y financiero que el imperio impone a sus enemigos. Es crear redes de solidaridad concreta: medicinas para Venezuela, tecnología para Cuba, denuncia para el Sahara Occidental, boicot a productos israelíes, presión para que cierren las bases de la OTAN en nuestro territorio.
El socialismo del siglo XXI no es una utopía. Es una práctica cotidiana de resistencia, organización y construcción de soberanía popular. Y en esa práctica, la internacionalización no es un adorno: es la condición misma de la victoria. Porque el imperialismo es global, y solo una respuesta global puede derrotarlo.
No nos engañemos: los próximos años serán aún más duros. El imperio herido ataca con mayor furia. Pero precisamente por eso, debemos ser más inteligentes, más unidos, más valientes. La clase trabajadora del mundo tiene una cita con la historia. Y no va a faltar.
Trabajando con Sovintern. Organicemos la soberanía internacional. Construyamos un mundo donde la guerra de clases termine con la abolición de las clases, y donde la única guerra justa sea la que libramos contra la ignorancia, la opresión y el miedo.
Por los pueblos que resisten. Por el socialismo en el siglo XXI.








