Por Eloína Terrón
“Las cosas van peor que nunca. ¿No ve usted que la maquinaria ya está en movimiento?”
Con estas palabras advertía la Premio Nobel de la Paz (1905), Bertha Von Suttner en Abajo las armas, publicado a comienzos del siglo XX. Era el tiempo de la llamada “Paz Armada” (1870-1914): una época marcada por la carrera armamentística, el auge de los nacionalismos, la disputa colonial por África y Asia y la formación de alianzas militares entre países. Después llegaron la I Guerra Mundial, la II Guerra Mundial y tantas otras guerras, invasiones y matanzas que dejaron entre 109 y 130 millones de personas muertas a lo largo del siglo XX.
Cuánto se parece nuestro presente a aquel pasado. Y cuánto revela que, quizás, sí se aprendió algo: que la guerra es un inmenso negocio para quienes concentran riqueza, poder y hegemonía. Porque detrás de cada escalada militar siempre aparecen los mismos beneficiarios: las industrias armamentísticas, los grandes intereses geopolíticos y las élites económicas que convierten la destrucción en fuente de acumulación.
Hoy volvemos a asistir a una nueva carrera armamentística y a una economía sostenida sobre la guerra. Los gobiernos presentan el rearme como una necesidad inevitable y destinan miles de millones de euros a la fabricación de armas, ya sean sofisticados sistemas tecnológicos o los misiles de siempre. Cuando el poder político apuesta por esta industria, ésta crece sin límites: absorbe recursos económicos, minerales y tecnológicos; acapara investigación científica y capacidad productiva; y, al mismo tiempo, silencia voces críticas mientras se instala la idea de que “la fabricación de armas crea empleo”.
En un contexto de precariedad, desempleo e incertidumbre, se intenta presentar la industria militar como una alternativa económica viable. Pero los recursos públicos son limitados. Cada euro destinado a armamento es un euro que deja de invertirse en sanidad, educación, vivienda, investigación o transición ecológica. Y las deudas que hoy se contraen para financiar el rearme las pagarán las generaciones futuras.
Lo explica con claridad el Centre Delàs y su presidenta, Tica Font. Por cada millón de dólares invertido en la industria militar se generan 6,9 empleos entre directos e indirectos. Sin embargo, esa misma inversión produciría 8,4 empleos en energía eólica; 9,5 en energía solar; 9,8 en infraestructuras públicas; 14,3 en sanidad; y hasta 19,2 empleos si se destinara a educación primaria y secundaria.
Es decir: invertir en la vida crea más empleo, más bienestar y más futuro que invertir en la muerte.
Sin embargo, seguimos atrapadas y arrastrados por una cultura patriarcal y militarista que identifica seguridad con armas, fronteras y dominación. La Unión Europea propone ya alcanzar los 800.000 millones de euros en gasto militar bajo el plan ReArm Europe. Solo en 2024, los 27 Estados miembros destinaron a defensa más de 368.000 millones de dólares, superando el 2% del PIB.
La palabra “seguridad” se utiliza hoy para justificar desde el acaparamiento de recursos energéticos hasta bloqueos, guerras y genocidios. Mientras tanto, se desmantela la arquitectura del derecho internacional y se impone, nuevamente, la ley del más fuerte.
Frente a este proyecto de presente y de futuro se han levantado históricamente las mujeres feministas y pacifistas. Mujeres que entendieron que no basta con denunciar la guerra: hay que construir otro mundo posible, necesario para sostener la vida.
Ya en la Grecia clásica, Aristófanes imaginó en Lisístrata a las mujeres organizándose para detener la guerra. Lo hicieron también las participantes del Congreso Internacional de Mujeres de La Haya en 1915, sembrando las bases de una cultura de paz. Lo hicieron las mujeres del Congreso Mundial contra la Guerra y el Fascismo celebrado en París en 1934, donde se denunció el peligro del fascismo para las mujeres y las clases trabajadoras, vinculando la lucha antifascista con el combate contra el racismo, el imperialismo y la explotación.
Lo hicieron Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo cuando desenmascararon el militarismo y defendieron que, ni un marco ni un hombre para la guerra. Y lo siguen haciendo hoy millones de mujeres y movimientos pacifistas en todo el mundo.
Virginia Woolf en su obra Tres guineas, analiza la relación entre el patriarcado y el fascismo/militarismo.
Lo hacen las mujeres de la Liga por la Paz y La libertad
Lo hacen mujeres como Francesca Albanese cuando denuncia el genocidio que sufre Palestina y es perseguida por ello.
La hacen las mujeres de Africa, que a través de organizaciones están luchando por la Paz en un continente tan maltratado, colonizado y expoliado a causa de sus riquezas
Lo hacen las mujeres de Latinoamérica, que luchan contra el expolio de sus territorios.
Lo hacen las madres y abuelas de la Plaza de Mayo cuando gritan: la cabeza clara, el corazón solidario y el puño combativo
Porque ellas, todas nosotras, sabemos que hay otros problemas prioritarios que afectan a la humanidad y a los que debe dársele atención, el genocidio, las hambrunas, la precariedad, la pobreza, la trata de mujeres, la prostitución, la destrucción ambiental, la contaminación del agua, la crisis climática, la falta de atención medica farmacológica por la carestía de la medicina, la pérdida de derechos, la concentración obscena de riqueza y poder en manos de grandes corporaciones, el deterioro democrático y la exclusión social, la explotación, el trabajo infantil …
Por eso, este 24 de mayo, Día Internacional de las Mujeres por la Paz y el Desarme, es un día para pensar, decir y hacer.
Frente a la épica de las armas, reivindico una épica feminista y revolucionaria de la vida, la paz y la abundancia compartida. Una épica que sitúe en el centro los cuidados, la justicia social, la cooperación y la solidaridad entre los pueblos; la defensa de lo común y de lo público; el respeto y la aplicación del Derecho Internacional, de los Derechos Humanos, la justicia social,… Una épica capaz de imaginar y construir un futuro para toda la humanidad, incompatible con los mesianismos nacionales, los mitos de los “pueblos elegidos” y las lógicas fascistas que convierten la supremacía y la guerra en destino político.









Sí!!! a todo