Cómo la izquierda autopercibida y el circo reaccionario nos tienen bailando mientras nos roban la cartera
En una reflexión reciente apunté que, en teoría, no debería ser especialmente polémica: el circo montado alrededor de ciertos personajes y ciertos conflictos en redes era una cortina de humo. Una distracción deliberada o inconsciente que nos aleja de lo que importa. Nada del otro mundo, pensé. Cosas que se dicen.
Pero una de las que se dio por interpelada en esa reflexión vino a decirme con todas las letras que ella había estado presa en Israel por intentar romper el bloqueo de Gaza. Que, a la luz de eso, mi análisis quedaba un poco ridículo. Un poco ingrato. Un poco fuera de lugar.
Y yo me quedé pensando.

No en si tenía razón o no —que no la tiene—, sino en el mecanismo. En lo perfecto del argumento. Porque no hay mejor forma de cerrar una discusión política que agitar un sacrificio personal delante de las narices del que habla. Es infalible: o te callas o quedas como un miserable. Tercero no hay.
El problema es que ese argumento no responde a nada de lo que yo dije. No desmonta el análisis. No explica por qué señalar una distracción es un error. Solo establece una jerarquía moral: yo he sufrido más que tú, luego yo tengo más derecho a definir qué es importante.
Y claro, entiendo de dónde viene eso. Entiendo que hay gente que ha puesto el cuerpo de verdad, que ha pagado precios reales. Lo respeto. Pero hay algo que no puedo callar: no todo el mundo tiene un partido político detrás que le financie un mes de activismo internacional. No todo el mundo puede permitirse dejar de trabajar, dejar la familia, dejar las obligaciones, para unirse a una flotilla. Los que vivimos vidas precarias, con la nevera que hay que llenar cada semana y el contrato temporal que vence el mes que viene, también opinamos. También analizamos. Y también tenemos derecho a señalar cuándo algo es un circo.
Eso, al parecer, nos hace indignos…
Bienvenidos al Ruido Rentable.
El Ruido Rentable es ese fenómeno por el cual dos bandos aparentemente opuestos —la izquierda autopercibida y el circo reaccionario— generan un conflicto permanente, artificial y altamente monetizable, que cumple una función objetiva: mantenernos entretenidos con lo accesorio mientras lo material se deteriora sin resistencia organizada.
No hace falta conspiración. No hay una reunión de villanos en un bunker decidiendo qué escándalo lanzar esta semana. El mecanismo es más vulgar y más elegante a la vez: simplemente, el conflicto vende. Genera clics, suscripciones, donaciones, seguidores, invitaciones a tertulias. Y da igual que los que se pelean se detesten de verdad —lo más probable es que sí—, porque el resultado funcional es idéntico: nosotros mirando el combate de gallos mientras el casero nos sube el alquiler, el contrato temporal se renueva por otro mes, o el sistema sanitario pierde otra plaza de médico.
Pero aquí está lo más revelador de todo: entre uno y otro bando solo hay reactividad y cero propuesta. Ninguno construye nada. Uno reacciona al otro, el otro reacciona al uno, y así en bucle infinito. No hay programa. No hay agenda concreta. No hay una sola medida que mejore la vida de nadie. Solo performance, indignación empaquetada y trinchera digital. La política vaciada de política.
Esto tiene un coste enorme que se mide en silencio: la desafección de un porcentaje muy grande de la población que, pese a todo, conserva la capacidad de pensar por sí misma. Gente que se ha mantenido resistente a la intoxicación y manipulación de los medios mainstream, que no ha tragado con el relato oficial, pero que tampoco se reconoce en este circo de trincheras vacías.
Son los que miran todo esto y dicen: esto no es para mí. Y tienen razón. Porque cuando el debate público se reduce a un duelo de reactividades sin propuesta, cuando lo único que se ofrece es elegir tu bando en una pelea que no resuelve nada material, la respuesta más racional es apartarse. Desconectarse. No porque sean apáticos, sino porque son inteligentes.
El problema es que esa desafección no beneficia a nadie que quiera cambiar algo real. Beneficia exactamente al sistema que el Ruido Rentable está, consciente o inconscientemente, protegiendo. Cada persona capaz que se aparta del espacio político porque lo encuentra nauseabundo es una persona menos organizando resistencia real. Y eso sí que tiene consecuencias materiales.
Y luego está el gremio periodistico. Porque una de las manifestaciones más lamentables del Ruido Rentable la protagonizan periodistas y pseudoperiodistas persiguiéndose mutuamente como en una ópera bufa de segunda categoría o peor aun Sálvame Deluxe. He hablado de esto antes con ejemplos concretos: se odian, se denuncian, se escrachean… y de paso, los dos facturan. Sus audiencias respectivas los financian para que se peleen. Es el negocio perfecto: tú pagas para ver cómo el tuyo le da al otro.
El periodismo ya era un gremio denostado. Pero cuando conviertes la información en entretenimiento de confrontación, cuando el objetivo deja de ser contar lo que pasa y se convierte en ganar la pelea diaria del timeline, lo que muere no es solo la credibilidad profesional. Muere la función social que justificaba que ese trabajo existiera.
Y lo peor no es que ellos lo hagan. Lo peor es que nosotros lo consumimos, lo compartimos, lo aplaudimos y lo financiamos.
Nadie habla de la escalera
Aquí está el quid de la cuestión, y lo digo sin academicismos porque no hacen falta: mientras unos y otros se enzarzan en batallas identitarias, en quién es más puro, en quién tiene más credenciales morales para hablar de Palestina o de lo que sea, nadie está hablando de lo material.
Nadie está organizando resistencia real contra la precariedad laboral. Nadie está construyendo poder popular en los barrios. Nadie está traduciendo el malestar de la gente en reformas concretas que pongan comida en la mesa. Ni la izquierda autopercibida que suma puntos morales por viajes solidarios, ni el circo reaccionario que vende indignación en formato píldora de 60 segundos.
Y mientras tanto, bajamos escalones hacia el infierno. Despacio, casi sin darnos cuenta. La democracia liberal, con todos sus defectos, va cediendo espacio a gobiernos ultracapitalistas que se llenan la boca de retórica rebelde —aquí y en medio mundo— pero que en lo concreto no sirven al país ni al pueblo. Sirven al capital. Y lo hacen precisamente porque el campo de batalla está ocupado por el Ruido Rentable, no por la política real.

España es un caso de estudio extraordinario de este fenómeno, pero no es una excepción. Es el manual.
Tenemos una izquierda fragmentada que dedica más energía a disputas internas y credenciales morales que a construir hegemonía real. Tenemos una derecha y ultraderecha que ha entendido perfectamente que el espectáculo le rentabiliza electoralmente. Tenemos medios de comunicación que sobreviven gracias al conflicto permanente. Y tenemos una ciudadanía agotada, precaria, que lleva años viendo cómo sus condiciones materiales empeoran mientras el debate público se llena de abstracciones que no dan de comer.
El Ruido Rentable no es un accidente. Es la forma que toma la política cuando se vacía de contenido material. Cuando la lucha de clases se disfraza de guerra cultural. Cuando señalar lo evidente —que el circo es un circo— te convierte en alguien que “no está a la altura”.
Pues bien. Prefiero no estar a esa altura.
Prefiero seguir siendo del vulgo que paga el alquiler, que tiene familia, que no puede tomarse un mes libre financiado por un croudfunding, pero que sabe perfectamente distinguir entre lo urgente y lo decorativo. Entre lo que cambia vidas y lo que llena timelines.
Ese es el análisis que este país necesita. Y esa es la conversación que el Ruido Rentable está diseñado, consciente o inconscientemente, para evitar.








