Por Amparo Mañés Barbé
Soy varón pero me siento mujer. Ahora la ley llama a ese sentimiento individual “identidad sexual” y, con ese simple giro lingüístico, ya autoriza que cambie un dato objetivo en el registro, el sexo, sustituido por mi subjetividad.
En el cole me dijeron que ese sentimiento demostraba que yo era trans más allá de cualquier duda razonable y de explorar otras posibilidades. Mi padre y mi madre me apoyaron para que no me suicidara (aunque en realidad se suicidan más los que acuden a la pseudotransición); o es posible que me apoyaran por la preocupación homofóbica de que no me atuviera a los comportamientos y expresiones atribuidas a mi sexo (mis gestos y ademanes son suaves aunque algo exagerados, hablo impostando la voz, me gusta mover las caderas, cuido mucho mi físico, lloro con facilidad…). Está claro que ese carácter y esa conducta demuestran que soy mujer. De hecho, más mujer que muchas mujeres. Así es que la ideología de la identidad de género les devolvió la tranquilidad: yo había nacido en el cuerpo equivocado y, en realidad, era una mujer.
Además, antes -como varón- los demás varones me despreciaban. Ahora, como “mujer”, no paran de ensalzarme, darme visibilidad: entrevistas, documentales, participación de concursos de TV, prólogos de libros ¡feministas!, etc. e incluso, autorizan que ejerza violencia (incluidas coacciones, amenazas de violencia física extrema, etc.) contra las cismujeres y las feministas que tengan la absurda pretensión de que yo no soy una mujer. De hecho, Incluso heterosexuales posmoprogres me apoyan y también consideran legítimo ejercer violencia contra las feministas, furia trans le llaman, con la palabra mágica que cierra bocas y frena el pensamiento crítico: ¡transfobia!
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Soy varón y me encanta vestir de mujer. Me conformaba con ser travesti pero ahora me dice la ley que no me conforme, que vestirme de mujer me hace mujer. Hasta no hace mucho declaraba a cualquiera que me preguntara que ¡claro que era un hombre! pero que ser travesti me divertía o me gustaba. Pero ahora la ley me anima a ser mujer y dejar el lumpen. No hay problema porque si alguien protesta, ¡transfobia!
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Soy varón y me encanta interpretar a mujeres hipersexualizadas. Me llaman Drag Queen. Pero ahora me dice la ley que ridiculizar a las mujeres representándolas hipersexualizadas me hace mujer. Como los travestis, yo también me consideraba hombre. Como ahora la ley me anima a ser mujer, dejo el lumpen y, en su lugar, entro en las escuelas a “educar” a niñas y niños. A nadie le importa que no tenga formación que me acredite para tal responsabilidad. Y que mi único bagaje sea el de ser Drag Queen. Eso es lo de menos. Porque a estas alturas ya sabemos que si alguien protesta, ¡transfobia!
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Soy varón y me excita sexualmente sentirme mujer y usar ropa interior o exterior femenina. Antes eso era considerado un fetichismo y me llamaban autoginefílico. Lo hacía a escondidas, claro; me avergonzaba de ello y avergonzaba a mi familia. Pero ahora la ley lo valida. Incluso puedo entrar en espacios privativos de mujeres y niñas, lo que también me excita. Como me declaro lesbiana, puedo exigir que las mujeres no me rechacen afectivamente, incluso si su orientación sexual es homosexual.
De hecho, me encanta imponerme a las lesbianas porque eso también me excita. Me excita incluso imponer mi presencia cuando protestan o pretenden rechazarme en cualquier espacio de mujeres, incluidos los espacios exclusivos de lesbianas. Exijo a quienes gestionan esos espacios que me den la razón y se la quiten a las que protestan, lo que también me excita. Y aceptan mi exigencia porque saben que si ellos -o las demás usuarias- protestan, el transactivismo clamará ¡transfobia!
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Soy varón y quiero ser deportista de élite. En mi grupo por sexo no consigo destacar. Pero ahora descubro que la ley no me exige explicaciones para declararme mujer y competir en categorías femeninas, consiguiendo así medallas y campeonatos abusando de mi estructura física que me otorga clara ventaja. Ni pienso en las mujeres que pierden esas medallas y también becas, reconocimientos y premios. Que se callen y entrenen aún más duro (Caster Semenya dixit).
Tampoco le doy importancia a que muchas de ellas acaben abandonando la práctica deportiva ante la imposibilidad de batir récords que les resultan inalcanzables porque los fijó un varón que decía que era trans. Marca que en el grupo de los varones no dejaría de ser mediocre. Lo cierto es que muchas federaciones me animan y castigan a las que protestan por mi presencia, incluso cuando las pongo en peligro físico real. Es pura casualidad que todas esas federaciones están gobernadas por hombres, o por mujeres que están ahí porque no son problemáticas para defender lo que los varones decidan. Nada de todo eso importa porque, si alguien protesta, ¡transfobia!
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Soy varón y quiero una ocupación laboral o en política. Me entero de que hay oposiciones con cupos para mujeres para facilitar su acceso a determinados cuerpos. Y también sé que hay obligación de que los partidos presenten en las elecciones listas-cremallera que obligan a combinar hombres y mujeres. Me presento a oposiciones y me ofrezco a partidos posmoprogres para ocupar plazas destinadas a mujeres porque así tendrán una doble ventaja, disfrazando de igualdad mi diversidad. ¿Por qué no hacerlo? La ley me dice que no tengo que dar explicaciones, ni necesidad de quitarme la barba, ni dejar de llamarme “Manolo”. Y cuando obtenga la plaza o el puesto político, en 6 meses puedo recuperar mi sexo registral de varón, igualmente sin necesidad de explicar nada. Si alguien se escama o duda, ya sé lo que tengo que hacer, acusarle de ¡transfobia!
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Soy varón y maltrato a mi mujer. La ley de violencia le otorga derechos compensatorios a ella, agrava penalmente mi conducta y temo que me encarcelen con hombres. Me declaro mujer. Y la ley trans dice que después, si la maltrato, será violencia doméstica, lo que le quita -a ella y a sus hijos e hijas- los derechos que le hubieran correspondido como víctima de violencia de género, no se aplicará el agravante de género y, si la cosa es grave, puedo ir a cárcel de mujeres donde no me tosan ¿Qué importa que alguien proteste? ¡Transfobia!
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Soy varón y agredo sexualmente a mujeres. Sé que si me condenan iré a la cárcel, donde otros varones pueden hacerme lo mismo que yo les he hecho a las mujeres. Pero la ley me da una salida: declararme mujer. Así es que, ya en el juicio, empiezo a decir que quiero que me llamen “Laurita”. Pido que me cacheen mujeres policía. Me excita ver como eso viola su intimidad, que no la mía. Y entraré en celdas con mujeres que no tienen escapatoria. Y no importa que pretendan rechazarme porque, las que se nieguen, serán castigadas por el sistema. Si me pillan violando tampoco pasa nada: unas semanas en la celda de castigo para luego volver al corral con las gallinas donde podré vengarme de las “chivatas”. Nadie dice nada porque ya saben que, si hablan, las acusaré de ¡transfobia!
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Soy varón pero sé que, para legitimar todo lo anterior, tengo que demostrar que ser “trans” es algo “natural”. Por eso necesito a la infancia trans. Sé que eso es neurosexismo, que es tanto como hablar de cerebros rosas y azules, solo que -esta vez- en el cuerpo equivocado. No importa que las niñas y niños más vulnerables caigan en la trampa y se sometan a hormonaciones y cirugías de las que no pueden conocer ni valorar sus efectos a largo plazo. Sé que les arruinarán la vida. Pero es que la Big Farma da mucho dinero a las Asociaciones LGTBI si animan a cada vez más criaturas a dudar de su género y que acaben mutilando su cuerpo sexuado.
En este negocio hay mucho dinero para todos y todes. Y por eso hemos conseguido que la cautela sobre la seguridad y eficacia de cualquier tratamiento -irrenunciable en cualquier otra intervención médica o quirúrgica, más aún con menores- desaparezca. Porque ya sabemos qué argumento utilizar contra los eventuales detractores: ¡Transfobia!
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Ya sé que algunas personas que lean este artículo se preguntarán por qué no digo nada de las mujeres que se declaran varones. Pues les diré que esas mujeres no quieren competir con varones, ni robarles sus espacios físicos o simbólicos, ni agredirles sexualmente fuera o dentro de sus espacios privativos, ni declararse gais, ni dar rienda suelta a un inexistente fetiche como la autoandrofilia, ni burlarse de los mandatos de género masculinos, ni hipersexualizar la masculinidad (al contrario, incluso han necesitado mutilarse los senos), ni escapar de agravantes de género en caso de violencia, no.
Solo quieren huir de los malestares que produce el género asignado a las mujeres y de la violencia de los varones para mantener esos mandatos. Por eso, si la hormonación se lo permite, no renuncian a la maternidad, proceso biológico exclusivo de las mujeres. Porque, en realidad, solo buscan conseguir el respeto que creen que solo les corresponde o se merecen ellos porque como mujeres, nunca se les otorgó.
La ideología de la identidad de género no es, como sus partidarios defienden, moderna y transgresora ¿Saben dónde -por ejemplo- estaba, y sigue estando autorizado, cambiar el sexo registral? En Irán, de varón a mujer; y en Afganistán, con condiciones, de mujer a varón. Ambos países comparten una acreditada misoginia y homofobia; y están lejos, muy lejos, de cualquier posición política transgresora.
Si la ideología de la identidad de género es respaldada por el gran capital, gobiernos, instituciones religiosas, civiles, militares, deportivas…, universidades y colegios profesionales, los medios de comunicación y las redes sociales, ¿cómo pueden presentarse como ideología transgresora?
Transgresor es aquello contra lo que lucha, y a lo que se resiste, el sistema; y es por eso que todas las instituciones y los medios que se han mencionado antes se ponen a su servicio para frenar la transgresión, mediante la violencia, el silenciamiento sistemático y el descrédito de las voces críticas, pero -especialmente- manipulando a las masas. Y ese es el objetivo encubierto pero evidente del sistema en el tema de la ideología de la identidad de género.
Porque a estas alturas del artículo ya habrán intuido el único movimiento transgresor del que el sistema patriarcal-capitalista se tiene defender: el que busca una revolución pacífica, pero imparable, para poner fin a la guerra de los varones contra las mujeres, propiciando una convivencia igualitaria y respetuosa entre los sexos: El feminismo.
Que no niega a nadie, que respeta a todos el mundo, pero que exige igualdad de oportunidades y todos los derechos que les escamotea un sistema en declive, pero que -como sistema violento que es- quiere morir matando. No lo conseguirán.
#FeminismoOBarbarie
#StopDelirioTrans








