Desde que me enteré de que Elisabeth Duval había prologado la primera edición (oficial) en castellano de Andrea Dworkin, no me quito de la cabeza a Milan Kundera.
Y no solo porque su título más famoso encaje como un guante en lo que me inspira tan ilustre filósofe, prologuista y tertuliane, esa infinita pereza ante la vacuidad de sus posados con bolsos de marca rellenos de manojos de espárragos (¿quizá una velada referencia a Freud?) y la banalidad de sus análisis, ya sean políticos o culturales.
También porque no me quito de la cabeza su frase “Pienso, luego existo, es el comentario de un intelectual que subestima el dolor de muelas”. No sé si porque me parece que todo lo que escribe Duval adolece de una ausencia total de profundidad de pensamiento como si padeciera un horrendo dolor de muelas, o porque Duval es en esencia una caries dolorosa y visible de la infección de banalidad que padece nuestra sociedad.
Vayamos más allá del hecho objetivo de la ridiculización que supone del feminismo en general y de Andrea Dworkin en particular el que una de sus principales obras la prologue alguien que representa la antítesis de Dworkin, que se apropia de los espacios de mujeres (fue responsable de feminismoS de Sumar) y que fetichiza la sumisión sexual de las mujeres.
Vamos a la raíz, que para eso somos feministas radicales y Duval ha tenido el detalle de compartir algunas de las páginas de su esperpento.
Por alguna razón necesita aclararnos que no es una de sus feministas favoritas, ¡oh sorpresa!, aunque reconoce que después de leerlo no le resulta tan antipática. Después de este alarde de magnanimidad propio de una Reina, que es como modestamente tituló su biografía a los 19 años (y que me lleva a pensar en la dificultad de encontrar título para sus posteriores biografías, y por eso le sugiero dos: Emperatriz y Diosa), ya saca la espada del totalitarismo real y dice que “En muchas ocasiones se pasa de frenada, extrae conclusiones que no derivan de sus premisas, plantea enunciados provocativos e insostenibles, se inventa datos o desarrolla ideas cogidas con pinzas”.
Pasarse de frenada es, a mi modesto y no filósofo entender, pretender que las mujeres neguemos la realidad de nuestra propia existencia para complacer a los hombres. El mejor ejemplo de un enunciado provocativo e insostenible es el de la ley trans de este país cuando dice “el sexo asignado al nacer”, como si el sexo no fuera una realidad observable científicamente y los médicos y los padres se lo jugaran a los chinos. Para datos inventados tenemos las estadísticas infladas de pronto de “mujeres” violadoras. Y de ideas cogidas con pinzas está plagada la literatura queer, desde Butler a Preciado y sin olvidar al ilustre prologuista.
Me retracto de lo dicho, ese prólogo que ha perpetrado Duval no merece ni el esfuerzo de ser arrancado. Que quede para siempre como ejemplo impagable de la estupidez de los tiempos que nos ha tocado vivir, como muestra de los delirios muy bien pagados que nuestra sociedad tragó, para que cuando la gente despierte de la pesadilla y se atreva a decir que el emperador va desnudo, no olvide ni pueda negar cómo describía el fantástico traje con todo lujo de detalles.
Y, sobre todo, porque para el feminismo y para mujeres que han luchado contra el patriarcado y han sufrido los crímenes más horrendos de la humanidad, Duval es apenas un átomo de irrelevancia, esa pelusa minúscula en el abrigo que ni nos molestamos en sacudir.
Pero voy terminar explicando por qué en este artículo he tenido mucho cuidado con la vaca sagrada de la modernidad, los pronombres. Y no ha sido porque no vea desnudo al emperador o porque me importen las consecuencias legales, que me la traen al jairo, digo, al pairo. De hecho, parafraseando a Dworkin, quiero escribir artículos por los que merezca la pena ir a la cárcel. Pero este artículo está publicado en un medio de comunicación, uno pequeño y tan modesto que únicamente lo sacamos adelante con pura fuerza de voluntad, sin publicidad y sin recursos económicos. Y ahora mismo somos prácticamente los únicos que estamos dando voz al feminismo en este país, porque donde hay dinero y publicidad solo aparecen elles, les más discriminades. Sí, esto se llama autocensura, porque en este país hemos aprobado una ley que nos obliga a negar lo que ven nuestros ojos. Eppure è un uomo.









De forma implacable y mordaz Zuriñe Ojeda retrata a Duval. La levedad de su existencia filosófica ya es apreciable hace tiempo. La verdad es que nunca he podido hacer ni un apunte en mi libreta de sentencias porque no la pillo, no la pillo…o no lo pillo, porque su masculinidad se me escapa de mi círculo de feminista radical irredenta desde hace muchos muchísimos años; soy una anciana pero con corazón de Peter pana. Y decía que Duval se me escapa posiblemente porque sus comentarios están lejos de la crítica antipatriarcal, pero el artículo de Ojeda -gracias, Zuriñe- me la sitúa claramente en el lado mas lejano del feminismo, por lo que no se que hace hablando en nombre de éste pero sí, es un ejemplo mas de la ocupación de los espacios de las mujeres por advenedizos varones de pro…