Alexandre García (viene de la anterior)
Nota preliminar: he tardado mucho tiempo, demasiado – cuatro meses – en publicar estas conclusiones, porque estuve ocupado con otras cosas y además no consideraba que estuviera dentro de mis prioridades. Ahora bien, después de esta serie de artículos sobre el cambio cambio, es preciso señalar un par de cosas a modo de conclusión, y también he de decir que no descarto en el futuro publicar un libro en base a todo el trabajo realizado. Aunque la decisión de que se publique no recae en mí.
Después de todo lo expuesto anteriormente, se imponen unas breves conclusiones, o mejor dicho, un epílogo, porque no se trata de resumir todo lo que se ha expuesto después de esta serie de artículos sobre el cambio climático.
A lo largo de esta serie de artículos hemos tratado de demostrar la existencia del cambio climático, cambio que no se debe solamente a factores naturales, sino que se debe eminentemente a la actividad humana, y de ahí el potencial peligro que acarrea. Esto ha sido demostrado con estudios científicos revisados por pares, y es una tesis validada por el consenso científico, por mayoría abrumadora. Y para dar validez a esta autoridad – el consenso científico – hemos tenido que explicar qué es el consenso científico y cómo se forma, para concluir que se trata de la fuente de conocimiento que alcanza el mayor grado de certeza posible.
Es posible que la tesis del cambio climático antropogénico pueda ser corregida en tal o cual aspecto en el futuro, pero – precisamente porque la ciencia no es una religión, como no se cansan de repetir la magufada negacionista – pero existe una tesis central que es una realidad de la que no es posible dudar si uno se informa correctamente: 1) existe un cambio climático, 2) este cambio climático se debe a la emisión de gases de efectos invernadero desde hace 170 años, y 3) los ecosistemas humanos no están preparados para ello. Luego, es un peligro potencial que hay que afrontar con medidas decididas, y la existencia del negacionismo es un problema grave. Es más, sería algo menos grave si el negacionismo se limitara al ámbito de la extrema derecha, pero resulta que – de manera creciente en los últimos años – también se da en ámbitos de izquierda, sobre todo de sectores llamados, a mi juicio de forma abusiva, “rojipardos” (mención aparte del número muy reducido de oligofrénicos conspiranoicos, sean de izquierdas o de derechas, que ha existido siempre).
Ahora bien, criminalizar e insultar a los negacionistas no nos va a llegar a ninguna parte. Es preciso señalar la gravedad de las tesis que mantienen, pero siempre que no se les insulte directamente y siempre que se opongan argumentos a sus tesis, de forma pausada, serena y con argumentos basados en la evidencia empírica. No hace falta hacer más. Lo único que hay que hacer es revelar su ignorancia sobre cuestiones de climatología y epistemología para que sus tesis no prosperen.
Es más, esto se debe hacer con empatía, y por dos razones:
1) En primer lugar, porque esas personas son víctimas. Víctimas de desinformación o manipulación.
2) En segundo lugar, existe un caldo de cultivo para dicha desinformación. Es algo que hemos abordado durante esta serie de artículos, y que no se explica lo suficiente: además del fenómeno del negacionismo, existe el fenómeno de alarmismo, que, ese sí, es exclusivo de la izquierda progre, indefinida, o izquierda como estilo de vida, como diría Sahra Wagenknecht. El fenómeno del alarmismo es aparentemente menos grave que el del negacionismo (aunque esto también merecería una matización, como veremos después), pero es suficientemente perjudicial como para generar mucho rechazo en gente que llegan a dudar de la ciencia institucional y así ser seducida por el discurso cuñadil de la extrema derecha o por esferas conspiracionistas. Luego, es extremadamente contraproducente.
A lo largo de esta serie de artículos hemos mencionado varios ejemplos de alarmismo (el documental Una verdad incómoda de Al Gore, sin ir más lejos). Hace poco hubo, por parte de Eduardo Garzón, una persona que respeto por su trabajo de vulgarización en materia económica, un ejemplo de algo que podríamos ubicar dentro del alarmismo, al menos si no se matiza (y he aquí toda la dificultad de hablar de cuestiones científicos).
El tweet en cuestión es el que viene a continuación:

Ese tweet fue contestado por detractores de Garzón – de hecho, en ese grupo había tanto negacionistas como no-negacionistas – que trataron de ridiculizarlo explicándole que esas temperaturas inusualmente elevadas en la región de los Pirineos se deben a lo que se conoce como viento Foehn o efecto Foehn.
¿Qué es el efecto Foehn? Es un fenómeno meteorológico que ocurre cuando aire húmedo sube por una montaña – en este caos los Pirineos – se enfría, pierde humedad en forma de lluvia o nieve, y luego desciende por el otro lado de la montaña más seco y más caliente [1]. Por ejemplo, debido a dicho fenómeno atmosférico, en febrero de 1960 se llegaron a registrar al pie de los Pirineos franceses temperaturas de 31.2 grados [2].
Ahora bien, aun así, Garzón tenía razón, pero es muy probable – por no decir seguro – que ni él supiera por qué, como explicaré después. En 2026 se batieron numerosos récords de temperatura para finales de febrero en Francia, con más de 130 máximos mensuales superados en estaciones de todo el país [3]. Más concretamente en el suroeste francés (departamento de Pyrénées-Atlantiques) se llegaron a registrar máximas alrededor de 28.3 °C – 28.4 °C, cifras que son muy altas para finales de febrero y que superan los registros históricos para ese mes.
Lo que ocurre es que, aunque sea parcialmente, en este caso concreto, y a escala local, el efecto Foehn también ha contribuido a que se registren temperaturas elevadas. No seré yo el que afirme que el cambio climático que se está produciendo a escala global se debe en parte a causas naturales, pero en el caso concreto que señaló Eduardo Garzón, el efecto Foehn pudo haber influido – en mayor o menor medida, esa no es la cuestión – a que se registren temperaturas de 29.6º en los Pirineos franceses.
El fallo consiste es precipitarse y señalar el cambio climático como responsable de cualquier fenómeno meteorológico inusual, como se hace tan a menudo desde sectores de la izquierda institucional, sin haberse informado bien al respecto. No pasa nada, el que tiene boca se equivoca, y los fenómenos meteorológicos son muchas veces contradictorios y contraintuitivos. Lo que habría que haber dicho Garzón, para no dejarle la pelota botando a los negacionistas, no es que en una localidad concreta se ha registrado una temperatura de 29.6º en un mes de febrero, sino informar simplemente que se han batido récords de temperaturas en el conjunto de Francia. Eso habría sido mucho más difícil de ridiculizar.
De allí la importancia mayúscula de hacer el esfuerzo de informarse suficientemente sobre el cambio climático. Porque ése es uno de los grandes problemas: los negacionistas no saben realmente explicar de forma sólida por qué no existe el cambio climático (o al menos, por qué es provocado por la actividad humana), y no durarían ni 10 minutos ante un climatólogo experto. Pero es que exactamente la misma situación se da en sectores de la izquierda que sí defienden la tesis del cambio climático antropogénico, y no digamos ya en los sectores alarmistas.
Y no estoy lanzando un ataque ni un reproche. No se podría reprochar a nadie que no domine a la perfección todo el conocimiento adquirido en física cuántica desde hace un siglo. Y de hecho, no es necesario, porque no se ha hecho de la física cuántica un terreno de batalla política. En cambio, la climatología sí se ha convertido un campo de batalla política, en el cual, en lugar de producirse un debate para tratar de alcanzar la verdad, lo que se da es un combate donde priman los intereses políticos o – incluso – el interés personal de algunos de sentirse “moralmente superiores” a sus adversarios. Porque, como ya se dijo anteriormente a lo largo de esta serie de artículos, en una época en que las izquierdas y las derechas se definen mucho más por cuestiones sociológicas que por un proyecto de estado o un proyecto de país, se ha llegado a la situación absurda de que ser de izquierdas es decir que existe el cambio climático – a ser posible de la manera más histérica que se pueda – y ser de derechas es minimizar su impacto o directamente negarlo. Como bien dice Alfredo García Martínez, el ingeniero nuclear conocido como Operador Nuclear, “ni las eólicas son de izquierdas ni las nucleares son de derechas” (de hecho, sobre este tema, el de la energía nuclear, volveré después).
Y hasta podría conceder lo siguiente: está muy bien que uno se quiera sentir moralmente superior a la extrema derecha, a condición de que hable con propiedad cuando hable de cambio climático. Y claro, esto requiere tiempo y esfuerzo, y no todo el mundo se lo puede permitir. Lo comprendo. Lo que no puedo tolerar es que alguien se dedique a hablar de cambio climático solamente para sentirse moralmente superior a su contrincante político. Es decir, en lugar de perseguir el bienestar de la humanidad como fin último, utilizar la cuestión del cambio climático como medio para un fin, es decir, para satisfacer su ego (cosa que, por otra parte, la izquierda hace con otras muchas cuestiones).
En la tradición budista, no existe el concepto de “pecado”, pero sí se señalan faltas, y a veces faltas graves. La peor falta que puede existir en el budismo es el hecho de ser altruista por motivos egoístas. En el verso 306 del Dhammapada – una colección de versos atribuidos a Siddharta Gautama – se dice lo siguiente:
“Quien sin serlo se presenta como arahant (santo),
toma lo que no le ha sido dado y viste el hábito amarillo,
careciendo de autocontrol y veracidad,
es verdaderamente un ladrón.”
Este es el caso del periodista Isaac Rosa, columnista habitual del sorosiano El Diario, y conocido por señalar a gente que piensa distinto a él, aunque no hablaremos de esto en este epílogo. En un artículo publicado en 2023 [4], que me encontré por casualidad preparando esta serie de artículos, el susodicho habló de los negacionistas, en un tono cuanto menos “enfadado”, por no decir claramente contaminado por el odio. Y ello debido al hecho de que hacia finales de abril de 2023 la Agencia Estatal de Meteorología había lanzado el primer aviso por calor de su historia en un mes de abril. No es su defensa de la tesis del cambio climático antropogénico lo que me interesa aquí, sino más bien la frase de su artículo que sigue a continuación:

Y veamos, no seré yo precisamente el que pretenda negar que, efectivamente, el negacionismo tiene una responsabilidad criminal en lo que va a tener que afrontar la humanidad en las próximas décadas. Lo que pasa es que hay que distinguir entre verdaderos criminales – esos lobbies de industrias de extracción del petróleo que financian campañas negacionistas – de una persona random que ha sido convencida, por una razón u otra, por el discurso negacionista. Sólo sé que no sé nada, decía Sócrates, excepto una cosa, o mejor dicho dos cosas: a) Que Isaac rosa no hace esa distinción, ni tiene intención de hacerla, y b) Que si se le pidiese a Isaac Rosa que explicase con argumentos sólidos, apoyados en la evidencia empírica, por qué existe un cambio climático, no tendría ni puñetera idea de qué responder, más allá de, tal vez, “hace mucho calor en este mes”.
Ese el gran problema: lo que tienen en común tanto negacionistas como alarmistas, es que ambos ignoran realmente por qué razones sólidas se puede afirmar que existe un cambio climático antropogénico. Lo cual, desde luego, no ayuda a combatir el negacionismo. Y una vez más, no pretendo juzgar ni condenar a los que no tienen conocimientos básicos sobre climatología, porque hasta hace menos de un año ni siquiera yo los tenía, y además, como ya he dicho, ello implica dedicar tiempo, tiempo del que no todo el mundo dispone. De hecho, precisamente, para eso existen los científicos y los estudios que hacen.
Pero si uno tiene la intención de combatir el negacionismo sin ser científico ni climatólogo, para ello hay que tener una predisposición a la humildad. De uno mismo tiene que salir la frase, tanto si es negacionista como si no lo es: “en realidad, no sé nada de climatología, pero otros sí saben del tema y han publicado estudios al respecto, voy leer a esos expertos para tratar de adquirir un conocimiento básico sobre la cuestión”. Esta no suele ser la intención primera de la izquierda como estilo de vida a la hora de hablar de cambio climático, salvo honrosas excepciones. No, lo único que pretenden los miembros de esta izquierda son dos cosas: a) satisfacer su deseo personal de sentirse “moralmente superiores” a su contrincante (puesto que hoy en día ser de izquierdas no es defender un programa, un proyecto de país o un proyecto de estado, sino “estar a favor de lo bueno y en contra de lo malo”), b) servir a los intereses políticos de sus respectivos partidos políticos, como se puede ver en las siguientes palabras de Isaac Rosa:

Como podemos ver, hasta el cambio climático es empleable como arma arrojadiza para decir “Ayuso hija de puta”. Nótese además su llamado a criminalizar y perseguir a “simples troles”, es decir usuarios random de redes sociales. No me quiero imaginar un mundo donde unos Isaac Rosa tuviesen los plenos poderes.
Pero aquí no acaba problema. En el tweet anteriormente citado, Eduardo Garzón dice que “no se está haciendo nada para remediarlo”. Efectivamente, hay que tomar medidas contra el cambio climático. La particularidad de las izquierdas indefinidas y de la izquierda como estilo de vida – y esto es la mayor prueba de que mantienen sus posiciones sobre el cambio climático por motivos egoístas – es que, al mismo tiempo que alertan de forma reiterativa, a veces con excesivo histerismo, sobre los peligros que acarrea el cambio climático, se oponen furiosamente a la única fuente de energía alternativa que puede mitigar los efectos del cambio climático, que es la energía nuclear, al menos en sus dos versiones realmente existentes (fisión de uranio y de torio), a la espera de que un día funcione el primer reactor experimental de fusión.
Esto es lo que da lugar a una situación de quid pro quo completamente absurda, en la cual tenemos, por una parte, una izquierda institucional que lanza titulares alarmistas (del tipo “La Dana de 2024 se debe al cambio climático”) y que cree que se está luchando por el planeta por servir pajitas de cartón para beber Coca-cola en el cine, pero que al mismo tiempo se opone a la energía nuclear con argumentos que no tienen nada que envidiar a los de un cuñado de VOX tomándose un carajillo en un bar; y por otra parte tenemos una derecha o extrema derecha que sostienen tesis negacionistas – ya sea porque se lo creen de verdad o porque estiman que eso es lo que les da votos, lo cual en cuanto a nocividad es irrelevante – que, al menos en España, históricamente ha sido más bien favorable a la energía nuclear.
Sí, el negacionismo, en tanto que corriente política, tiene una responsabilidad criminal, lo cual es distinto a afirmar que el negacionista que vota a VOX sea un “criminal”. Esto es cierto, y por eso debe ser combatido, de forma pausada y con argumentos basados en la evidencia empírica. Aunque al negacionista en cuestión se le haya de explicar qué es la ciencia. No pasa nada. Si el problema ni siquiera consiste en informarse correctamente, sino que es un problema de orden epistemológico, pues empecemos por el principio y expliquemos qué es la ciencia. Es mejor librar una batalla lentamente, que no librarla nunca.
Ahora bien, dicho esto, en mi opinión los alarmistas que se dedican a lanzar campañas histéricas (aún recuerdo el cartel de campaña acerca de la “emergencia climática” de La Sexta durante el verano de 2019) y a señalar con el dedo, en modo puritano protestante, a los que niegan la existencia del cambio climático, pero que al mismo tiempo se oponen al empleo de la energía nuclear para mí tienen un papel igual, véase más criminal que la extrema derecha negacionista, al sabotear el empleo de la única fuente de energía que puede salvar a la humanidad, que es la energía nuclear (cosa de la cual se están dando cuenta cada vez más gobiernos europeos, incluyendo el belga o el alemán).
No voy a ponerme a explicar, en este artículo, por qué la energía nuclear, aparte de ser una energía extremadamente segura, es con diferencia la energía más eficiente y por qué existen reservas para miles de años. Aquí nos enfrentamos también a un problema similar al del cambio climático: el hecho de que muchos se permiten opinar sin tener un conocimiento sólido sobre la cuestión. No descarto un día escribir un artículo en El Común al respecto, pero como ya me ha costado bastante trabajo hablar del cambio climático, lo único que quiero decir es “haber estudiado”.
Aún así, seré generoso, y remito a los que quieran informarse sobre el tema a escuchar a Operador Nuclear (y como complemento sus dos libros La energía nuclear salvará el mundo y Geoestrategia de la bombilla) en lo que concierne a la fisión nuclear, a Pablo Rodríguez Fernández en lo que respecta al fusión, y para los que manejen idiomas, a Bruno Comby, presidente de la Asociación de Ecologistas en Pro de la Energía Nuclear (EPEN). Añadiendo que estas pocas figuras que he citado, no son en sí argumentos de autoridad. Como bien dijo Operador Nuclear en su primera entrevista en el canal de Jordi Wild:
“No os creáis lo que digo sobre energía nuclear. Escuchadme, tomad nota, y ahora contrastadlo. Si yo te digo que el tritio emite electrones, pues no me lo estoy inventando, pero no te lo creas. Compruébalo, búscalo. Busca en la Wikipedia, o donde sea, y verás que es un emisor de electrones, y que no te estoy mintiendo. Que la gente contraste lo que se le explica, y hable con gente que sabe del tema.”
Aquí un servidor se tomó la molestia de hacer este trabajo. No pretendo creerme mejor que el resto por ello. Sólo espero que el resto en la izquierda haga lo propio. Y, por cierto, no solamente en lo que respecta a la energía nuclear, sino en cualquier tipo de cuestión, sea climatológica, o cualquier otra. Si empezáramos por allí, ya habríamos dado el primer paso para salvar el planeta.
Fuentes:
[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Viento_foehn
[4]https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/negacionistas-cuarenta-grados-abril_129_10151260.html








