Leyendo «Esto no existe» de Juan Soto Ivars

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Por María Pilar Cambra

Lo que llevamos aquí entre manos casi diría que no es un libro sino dos y parecen escritos por autores diferentes. 

El libro bueno, sensato, constituye una parte muy pequeña de las casi 450 páginas, es práctico, equilibrado y crítico, hasta inteligente, describe muy bien y con mucho juicio el proceso de la aprobación y los reparos que se le pudieran hacer a las leyes contra la violencia de género. Digo que es sensato, al menos para mí, porque es una exposición con la que posiblemente pudiera estar de acuerdo y expresado en tonos moderados, por tanto, nunca va a ser un best seller. 

El otro libro en cambio es una apología de odio de las feministas y por extensión a las mujeres, es zafio, torpe y anecdótico, típico de un activista de la manosfera, y es el que ha motivado todo el revuelo en las librerías en que se ha presentado, precedente lamentable por el que este tomo ya se encuentra en su cuarta edición.

Por desgracia el libro malo envuelve al libro bueno como si fuera un bocadillo infernal, donde el ínfimo pan rancio de molde abraza, rezumando mediocridad, un embutido exquisito del mejor jamón pata negra. Pan del malo, hay mucho, demasiado, relleno del bueno, bastante poco.

Pero empecemos; y empezamos, cómo no, con el patriarcado, porque el objetivo real del Sr. Soto no es tanto criticar las leyes del VioGén, como las llama él, sino desmontar el feminismo. El Sr. Soto no parece entender que no hay que creer en la mano invisible del patriarcado para ver que el mundo en que vivimos ha sido mayormente estructurado y es regido por hombres, incluso en Occidente. Pasa un poco como con las meigas. 

Pero hay un reconocimiento tácito de esta realidad cuando el Sr. Soto se queja, por ejemplo, en varios apartados, de que los hombres tienen que hacer servicio militar o luchar en la guerra y las mujeres no (está un poco obsesionado con el ejército y la guerra, ignoro porque). Es innegable que el ejército es un cuerpo masculino, creado por hombres, compuesto mayormente por hombres, dirigido por hombres y por lo general puesto en juego por hombres. Son también hombres los que han decidido que las mujeres serán prácticamente excluidas del mismo. Ahí está la mano del patriarcado, y culpar a las mujeres por las exigencias que unos hombres imponen a otros, aunque es ridículo y un clásico de los activistas pro masculinos, también sabe a mezquindad, a envidia, y pone en entredicho la neutralidad y la buena fe de quien incurre en ella.

Y así va la parte mala del libro. El Sr. Soto tiene una ocurrencia, propone una serie de anécdotas para respaldarla (y, con gran frecuencia, esos mismos ejemplos que propone señalan un defecto de base en su planteamiento inicial que él parece ignorar), ante de remontar a su inevitable conclusión preconcebida.

El núcleo temático del libro que va de las supuestas denuncias falsas no es excepción. Siguiendo un análisis bastante minucioso de las márgenes de posibilidad y las razones inherentes de la viabilidad de la denuncia falsa, deja caer “en la práctica, muchas denunciantes mienten”. Subrayo, no dice “hay muchas denuncias falsas” sino que muchas denunciantes, es decir, muchas mujeres, mienten, con lo cual la misoginia está servida. Pasa a alegar que con frecuencia se deshecha la parte falsa de un testimonio femenino, pero se preserva lo demás, esto intenta probarlo con el caso Dani Alves, que mira por dónde, no es un caso de VioGén sino de asalto sexual. 

En la sección “¿Cuántas denuncias falsas hay?”, confiesa que no hay cifras fiables y por tanto remite a “mis fuentes”, que dice que son “abogados, jueces, instructores y policías de ambos sexos” la mayor parte de quienes quedan sin nombrar. Y luego, inevitablemente, se lanza a especular sobre el porcentaje de las denuncias que son falsas y las cantidades específicas de denuncias que resultarían de esas especulaciones. No es muy convincente. 

Llegado a cierto punto reconoce que ningún hombre querrá ser conocido como un violador o un maltratador, pero pasa de largo la pregunta clave que surge de este hecho ¿Cómo podemos distinguir entre un inocente falsamente acusado y un culpable que se defiende mintiendo? Naturalmente ambos dirán que las mujeres faltan a la verdad. Y ahí está el quid de la cuestión que queda sin esclarecer y que para mí resta valor a todo lo demás. El Sr. Soto, que tanto valor achaca a la candidez, especula, estima, exagera, evade, y, por tanto, casi se podría decir que miente.

Concluyendo, en efecto puede que la ley VioGén sea defectuosa, que sea problemática e, incluso, injusta, y puede, por ejemplo, que muchos fondos públicos que deberían gastarse en protección de base se despilfarran en virguerías, pero esto no es la manera de atajarlo ni convencernos. Hay que ser más frío, pero sobre todo más clínico más analítico, presentar datos, no anécdotas y pesarlos con justeza, dirimiendo con razonamientos los factores a favor y las que están en contra como, por cierto, se hace en la brevísima parte buena. Eso se pierde cuando uno se rinde como hace con demasiada frecuencia el Sr. Soto, a sus prejuicios. 

Igualmente está muy bien criticar el feminismo, es criticable, pero no lo oculte bajo otro postulado, porque no se conseguirá ni una cosa ni otra. Lamentablemente, la suma de sesgos no da como resultado neutralidad u objetividad solo suele distorsionar más todavía lo que se está percibiendo. El resultado final es un libro demasiado largo y mal estructurado, desenfocado, anecdótico y sensacionalista y que incluso puede arropar la mentira. En fin, de poco valor, que responde más a las manías personales del autor que a un intento honesto de resolver lo que asevera ve como un problema.

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