Extremoduro entre dos siglos

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Marina Pibernat en el blog Lady Aguafiestington

 Por un casual, una semana o diez días antes de la muerte de Roberto Iniesta el pasado 10 de diciembre, me dio por volver a escuchar Extremoduro, algo que ocurre de forma periódica. Soy una de tantas y tantas personas que ha crecido con sus temas en el aire, que los ha escuchado sola en casa hecha mierda, o cantado de fiesta con los colegas puesta hasta las trancas de alguna cosa. No soy una fan acérrima de nadie, pero hay canciones que dan tanto en el clavo que trascienden todas las etiquetas. Robe las hacía de este tipo.

    Suele decirse que Extremoduro y Robe salieron “de los márgenes”, de lo marginal. Y es cierto si tenemos en cuenta que salieron “al margen” de la gran industria musical, en los años 80. Nunca tuvieron el favor de los grandes medios, y creo que nunca escuché hablar de ellos en la tele o en la radio. Y, sin embargo, lo petaron durante décadas. Sólo ahora, con la muerte del placentino, los medios de comunicación se hacen eco de su grandeza. Extremoduro ha sido enormemente popular, y además lo ha sido por sus propios medios.

    Jamás tuvieron nada que ver con esos productos musicales fabricados por la gran industria, que serán muy buenos y cantarán muy bien, pero que el público nunca percibirá como alguien de los suyos. Es absolutamente imposible que alguien aupado por los medios de comunicación, con sus ejércitos de peluqueros, estilistas, diseñadores y asesores de imagen, con sus vestiditos de alta costura y peinados de diva, yéndose a vivir a Miami o Los Angeles, pueda ser considerado “uno de los nuestros”. Esa gente no tiene nada que ver con nosotros. Robe, en cambio, sí. Podía pasar por ser uno de tus colegas del barrio o del pueblo, con el que vas a fumar unos porros o te encuentras tomando unas birras, el amigo de un amigo con el que echas un polvo una noche de borrachera.

    Y este tío tan cercano a tu realidad hacía unas canciones increíbles, con una autenticidad que ningún triunfito de tres al cuarto puede llegar ni a soñar. Siempre me gustó la rabia triste, o la tristeza rabiosa, de las canciones de Extremo. Esa sonoridad sucia de grupo de chavales ensayando en un antro, con melodías preciosas y letras bellísimas, tan poéticas como duras, malhabladas y ataviadas con nuestras mismas expresiones coloquiales.

    Pero, sobre todo, las canciones de Robe hablaban de la sociedad de mierda en la que vivimos, de la que sólo puedes anestesiarte mediante tus colegas, la fiesta, el alcohol, las drogas, el sexo y el amor. Esta misma basura de sociedad es la que nos han dejado las autoridades políticas que el pasado miércoles lamentaban la muerte del cantante, alabándolo con textos de Chat GPT, los muy hijos de puta, como si ellos no fueran responsables del desastre en el que sobrevivimos, sin casa, con curros de mierda, unos servicios públicos que se caen a pedazos y la certeza de que esto no mejorará. Los belicistas responsables de que a todas horas muera gente dentro de nuestros televisores. Hasta los que en su momento lo vetaron, viendo ahora el impacto de su obra, han querido instrumentalizar su recuerdo. Tremendo asco me dieron todos, que se vayan a tomar por culo.

    Extremoduro siempre habló de la vida real de la juventud de clase obrera a caballo entre dos siglos, finales del XX e inicios del XXI, cuando el capitalismo financiero ha destruido comunidades, vidas y futuros. La desesperanza compartida especialmente por quienes fuimos jóvenes, adolescentes o críos en las últimas décadas del siglo pasado, estudiantes o trabajadores en la crisis de 2008, fue su materia prima, y lo que hizo que conectara con grandes masas de población. Por eso su muerte ha sido tan sentida, porque Robe cantaba nuestros sentimientos de hastío y nuestra sensación de encerrona incluso antes de que pudiéramos entenderlos. Y eso no tiene nada de marginal, al contrario, eso es la experiencia de millones, es central en la realidad de nuestra clase social.

  Y quizás también lo hemos sentido tanto porque sabemos que quedan ya pocas bandas y cantautores así. Porque sabemos que difícilmente en el siglo XXI surgirá un fenómeno parecido, después de haber sido cebados con la impostura y la compostura de las glamurosas grandes industrias culturales y mediáticas estadounidenses, con su basura de estrellas de la música viajando en jet privado, esa gentuza de plástico, maniquís de los escaparates del capital. Extremoduro era la trastienda de carne y hueso donde los empleados se fuman un cigarro en cuanto el jefe sale por la puerta. La muerte de Robe se ha sentido colectivamente como el fin de una era, una era en la que ser de verdad, decir la verdad, sin artificios ni gilipolleces, desnuda de felicidades de postín, era lo importante.

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