Por Juana Gallego
No sé qué tiene de raro llevar los bolsillos llenos de chistorras. Quien dice los bolsillos dice la cartera o el bolso. Es de lo más común y cómodo: vas en el autobús o el tren y te entra hambre, solo tienes que meter la mano en el bolsillo y comerte un trozo de chistorra. Cosas más raras se han visto. Por ejemplo, Molloy, el personaje de la novela de Samuel Becket lleva en los bolsillos cucharillas y piedras. Concretamente dieciséis guijarros que va sacando de su abrigo cada vez que tiene ganas de chupar uno, intentando que no sea siempre el mismo. Yo llevo en la cartera una madeja de lana y unas agujas –es una cartera grande, claro–, así que me pongo a hacer calceta cuando me aburro. Nada que objetar, por tanto, que Koldo le aconseje a su mujer que guarde las chistorras donde pueda: el bolso, la cartera, el abrigo, la maleta.
Lo terrible hoy día no es que alguien defienda que lleva embutidos en la cartera, sino que no sepamos si creerlo o no, tan difusa es la línea que separa el bulo de la certeza, la broma de la burla, la ironía del disparate, la verdad de la mentira. Hemos llegado a un punto en que ya nos podemos creer cualquier cosa, o no creer ninguna en absoluto. Antiguamente estábamos seguros de que algo era verdad “porque lo ha dicho la tele”, o “ha salido en tal diario”, pero hoy día las televisiones han convertido sus parrillas en una sucesión de vociferantes charlatanes, en un escaparate de zafiedad, en un retablo de parlanchines cada uno con su letanía, sin que sepamos si lo que dicen está fundamentado o es producto de su invención. Pero es que además da igual si aportan datos y cifras, porque los hay para todos los gustos, y cada cual encuentra los que le vienen bien para sostener su diatriba. Y tanto se puede sostener con datos una cosa y su contraria, basta con retorcer las palabras, tergiversar los hechos, deformar la realidad.
Lo mismo pasa con los diarios, otrora fuentes creíbles, que se han abonado a teorías disparatadas y defienden día sí día también las más inverosímiles creencias como si fuesen hechos incontrovertidos. Abren sus páginas a personajes pintorescos, extravagantes, estrafalarios que son presentados como referentes por su exotismo, en muchas ocasiones porque han logrado algo sólo comparable al milagro de los panes y los peces: cambiar de sexo, cosa que los medios aceptan sin rechistar.
A todo esto, las redes sociales han venido a revolver aún más este río, donde cada cual intenta pescar el pez más gordo para venderlo en ardua competencia con todo tipo de timadores. Trileros o no se han convertido en la más importante –por no decir única–fuente de información de gente joven y menos joven, que sigue a sus influencers de cabecera como los discípulos a Jesús.
Y así, nos deslizamos cada vez más por una pendiente de banalidad e insignificancia en la que es imposible detenerse para reflexionar, para pensar, para meditar, para discurrir con calma sobre lo que sucede, escuchar con detenimiento análisis racionales, juiciosos, sensatos, documentados, y poder hacernos un juicio propio sobre los hechos que, por suerte o por desgracia, nos ha tocado vivir.
El periodismo serio y riguroso sería hoy más imprescindible que nunca para desbrozar tanta maleza informativa, que de tan abundante y efímera nos impide ver los árboles uno a uno o el bosque en su conjunto. Solo pequeños y precarios medios crecen casi ahogados entre la hojarasca, pero son insuficientes para contrarrestar tanta espesura.
Así que lo mismo podemos creer que los miembros de la flotilla a Gaza han estado en campos de concentración –así lo han declarado algunos–, como que Trump sea un adalid de la paz o que Koldo cargue a su mujer con longaniza… o chistorras… qué más da.








