Por Juana Gallego
Si la política no sirve para solucionar los problemas sociales (que afectan a toda la sociedad) sino solo para ir trampeando para mantenerse en el poder, los problemas acaban por enquistarse y, más tarde o más temprano, acaban por salir a la luz. Si, además, en lugar de resolver los problemas, el gobierno se dedica a minucias y a dedicar tiempo y dinero a problemas inexistentes (por ejemplo, legislar que cualquiera puede cambiar de sexo por su mera voluntad), pues pasa lo que pasa: que la gente acaba hartándose y explotando cuando ya no se pueden tragar las mentiras con las que se intenta maquillar la realidad. Si a todo esto hay partidos (Vox, Acció Catalana) que recogen ese hartazgo, esa frustración, ese cansancio y encuentran una respuesta simple a la que achacar esa desafección (la inmigración), tenemos Torre Pacheco, pero también Alcalá de Henares, Hospitalet de Llobregat, Piera, y otros muchos focos que irán apareciendo si se insiste en acallar el problema en lugar de darle solución. Torre Pacheco no es más que El Egido+ redes sociales veinticinco años después. Si lo que pasó en El Ejido en 2000 (dos hombres y una mujer asesinados por inmigrantes) hubiera ocurrido hoy, hubieran ardido no solo contenedores, sino barrios enteros de casas y quién sabe si con la gente dentro.
Porque sí, señores y señoras, en España, como toda Europa, existe un problema con la inmigración desbocada, esa que llega a las costas huyendo de conflictos, sequías, hambre y desesperación, personas que no temen echarse al mar sin saber si llegarán vivas o muertas, y que conforman el nuevo tráfico de esclavos que ya habíamos creído erradicado. No es el único problema que existe, también hay un grave problema de violencia contra las mujeres, como existe el problema de la prostitución, problemas sociales que también se guardan bajo el ala, poniendo parches y minutos de silencio, pero sin llegar a la raíz. De esos ya hemos hablado otras veces y volveremos sobre ello.
El más llamativo, el que cuesta menos identificar como responsable, en parte, de todos los demás (violencia, delincuencia, precariedad laboral, vivienda…) es cómo integrar en la sociedad de acogida a todas esas personas que vienen huyendo de situaciones mucho peores de las que encontrarán aquí. Y volvemos al principio: si no se reconoce que esa afluencia caótica de personas va a representar un problema para el país receptor, y que se resolverá por sí solo, estamos echando leña a las ascuas de un fuego que puede prender en cualquier Torre Pacheco de cualquier lugar.
Dejar que esos grupos de personas vivan en ghettos donde reproducen los mismos vicios de su país de origen (sometimiento de las mujeres, a la religión, etc.), hacinados en infraviviendas, desempeñando los trabajos precarios que los autóctonos desdeñan, tolerando el absentismo y el abandono escolar de jóvenes que deambulan por las calles sin oficio ni beneficio, sin metas ni objetivos… Circunstancias todas que los sitúa –a veces por mero hastío– al borde de la posibilidad de delinquir. Y no por su origen étnico, sino por la situación de marginalidad y exclusión, que es la misma que aboca a cruzar esa frontera a cualquier persona, sea inmigrante o no, cuando se encuentra en esa tesitura.
Así que los problemas primero hay que reconocerlos, analizarlos, buscar soluciones y aplicarlas. Para eso está la política. No hay varitas mágicas, pero destinar los escasos recursos a los verdaderos problemas (y no a los inventados) es un buen comienzo; la escolarización de niños, niñas y jóvenes, el establecimiento de una coeducación en igualdad (y no adoctrinamiento en identidades diversas), el seguimiento del absentismo, la protección de los derechos de las mujeres inmigrantes, poner coto a la autoridad de los imanes, la equiparación de las condiciones laborales con los autóctonos, la inspección y multas a las empresas que las incumplan; dotar de personal especializado a los centros de acogida y pisos tutelados, y repartirlos con ecuanimidad entre las diversas comunidades autónomas. Y hacer pedagogía, mucha pedagogía para no confundir las tradiciones y costumbres de origen con derechos inalienables. En nuestro país las mujeres luchamos para que la religión no determinara lo que podíamos hacer o no. No podemos aplicar un doble rasero de medir solo para evitar conflictos. Pero también pedagogía para hacer entender a la sociedad que nos necesitamos mutuamente y que hay que encontrar caminos que nos beneficie a todos.
No hay ningún país de Europa que hoy por hoy pueda gestionar por sí solo los flujos migratorios, que se van a continuar produciendo como consecuencia del cambio climático, los conflictos armados, la hambruna o la pobreza. Y también por las necesidades de los propios países europeos. Es imprescindible que Europa tenga una política común para hacer frente a este desafío. Y no puede ser la deportación masiva, como propone Vox o Trump.
Pero mientras tanto, cada país tiene que hacer lo que mejor pueda con sus recursos, con sus políticas. Reconocer el problema es el primer paso, no ocultarlo ni minimizarlo. Tomar este camino es incubar muchos Torres Pacheco que, diseminados por todo el país, no sabemos cuándo van a explotar.








