Por Adriana Flórez
A quien piensa distinto
Preámbulo: más allá del juicio y las palabras, los menores
⎯“Sólo los peces no saben que es agua en lo que nadan” ⎯dice el proverbio⎯.
⎯Ya, pero hay de aguas a aguas. La de algunos, sobre todo la de algunas, es transfobia, puro odio, en eso nadan, y hay que ver ¡cómo salpican!
⎯Tenemos que hablar, que ni a ti ni a mí se nos juega en todo esto ningún sillón, ninguna notoriedad, ningún puesto académico y ⎯espero⎯ ningún riesgo de cancelación, por fortuna somos meros ciudadanos, “no tenemos importancia” ni nada qué perder.
⎯Oye no, amiga, cuando hablamos de derechos humanos importamos todos. Además, a mí la cuestión me llega muy de cerca por lo que te conté de aquél grupo de alumnos míos. Por cierto, de todos, los más brillantes.
⎯Las más brillantes, querrás decir.
⎯Perdona, sólo ellos saben quienes son, así de que los, si no te importa.
⎯Mira, para mi el asunto tiene una proyección más profunda de lo que se puede apreciar a simple vista. Más allá de lo que implica borrar la materialidad del sexo, hace al modo de entender nuestra humanidad en sí misma. ¿Desde cuándo los seres humanos sabemos “lo que somos”? En todo caso, sabemos lo que no somos. “No somos el centro del Universo” ⎯dijo Copérnico⎯, no somos tan especiales: “venimos del mono” ⎯dijo Darwin⎯, y por si con eso nuestro narcisismo no tuviera ya bastante, no somos lo que creemos ser, ni sabemos, no del todo, lo que queremos: “el yo no es quien gobierna en nuestra casa” ⎯dijo Freud⎯.
⎯Palabrería, la identidad de género es otra cosa. Además el psicoanálisis es una antigualla aberrante, está completamente superado. Lo tuyo es transfobia, odio en estado puro.
⎯Veo que tenemos mucho de qué hablar, amigo mío, todo se andará. En cualquier caso, eso de que no tenemos importancia obviamente lo digo entre comillas. Y por cierto, ¿tú crees que a mí no me importa lo de mi vecino?, lo vi crecer, me lo dejaron muchas veces, parece que lo estoy viendo, tan pequeñín con su peluche y su maletita entrando por la puerta, pasé mucho tiempo con él.
⎯Con ella, querrás decir. Si tanto la quieres, ¿por qué no la respetas?…
⎯Lo respeto profundamente, por eso no le sigo la corriente.
⎯Pues aunque no lo parezca le estás haciendo un daño muy profundo.
⎯¿Y si fuera todo lo contrario? Mira, a sus padres no se los permite ni de broma, claro. Pero conmigo, al principio vi que no le encantaba, pero no me dijo nada y últimamente noto que hasta le hace gracia que lo llame por su nombre. Eso sí, lo hago con discreción, no enfrente de la gente, con tacto, con cariño, como mostrándole que no me hace falta olvidarme de quién es, de cuando era pequeñín y jugábamos a las muñecas con los peluches, para aceptarlo como es ahora. Además, tiene a su disposición mi armario, le he heredado ropa buena de cuando era joven, está casi nueva, es tirando a neutra pero no veas cuánto le gusta y cómo la luce. Está guapísimo. No estoy segura, pero tal vez lo que le pasa es que aunque sus padres van de abiertos, no lo son tanto y a él, entre otras cosas, le está costando asumir su posible homosexualidad. Está justo en esa edad.
⎯Ahora resulta que ella no, pero tú sí que sabes quién es y lo que le pasa. Encima crees que porque le gustaba jugar a las muñecas contigo es homosexual.
⎯Por supuesto que no, pero al parecer algo le inquieta, rechaza ser lo que es: un adolescente en pleno desarrollo de sexo masculino. Rechaza su cuerpo sexuado.
⎯Pues ¡claro que algo le inquieta!: le inquieta que gente tú, por su transfobia, no la reconozcan, que la reduzcan a su biología, que no admitan que hay mujeres con pene, que nieguen su identidad, que crean saber mejor que ella quién es y lo que le pasa. Eso angustia a cualquiera.
⎯Hasta cierto punto estamos de acuerdo, que alguien crea saber mejor que tú lo que te pasa, por supuesto que angustia a cualquiera, no es lo que yo pretendo, me conoce, pero en todo esto hay gato encerrado.
⎯Déjate de gatos, aunque sea con cariño, admite que estás siendo prepotente. Tal vez ella no te lo muestra porque está en un momento vulnerable, pero seguro que te rechaza, que en el fondo le caes mal. Los adolescentes son especialistas en dar sorpresas, ya verás como cualquier día de estos te da carpetazo.
⎯En este momento, mi objetivo no es caerle bien, ¿sabes?, me importa más otra cosa.
⎯Qué cosa.
⎯Pues mira, me preocupa que, si es el caso y solo si es el caso, no supere una posible homofobia contra él mismo y que por eso se empiece a hormonar, no quisiera ser cómplice de algo así. Me parecería una crueldad. Aunque se diga lo contrario, esos tratamientos no están bien estudiados y son irreversibles, él todavía es muy joven para tomar una decisión de ese calibre; encima, el tema le ha pillado en pleno divorcio de sus padres, se puede arrepentir.
⎯Oye, claro que están estudiados, si no, no se les darían. Más allá de lo que tanto promulgas, insistes en ponerte en un lugar de saber. Si es lo que ella quiere, déjala tranquila, que se hormone, que elija libremente. ¿Tú quién eres para decidir qué es lo mejor para ella?, eso es edadismo y transfobia.
⎯O no. De las hormonas y su seguridad ya hablaremos. Pero mira, dado el ambiente cultural que se ha generado en las redes sociales ⎯pandemia mediante⎯, con tantas series y pelis que van de lo mismo, y con su cole haciendo “fiestas afirmativas” cada vez que alguien se empieza a hormonar o se cambia el nombre, etc.; y encima, con lo que él está pasando en casa: aquello de la “libre elección” no te lo compro. Además, reconocer que en la construcción de la subjetividad hay etapas y saber lo importante que es respetarlas no es edadismo, sino asumir nuestra responsabilidad frente a los menores como adultos; hoy más que nunca, no debemos dimitir.
⎯Mira que eres cabezona ¿eh? Sabes que por meterte donde no te llaman te podrías meter en un lío con la ley, ¿no?
⎯Eso sí, y con las farmacéuticas, pero, ya te digo, me importa más él.
⎯No te me pongas estupenda. Eres buena persona, pero en esto, querida amiga, no solo eres anticuada y tránsfoba, sino prepotente, pesada y conspiranóica. Dale con lo de las farmacéuticas. Yo a mis alumnos sí que los afirmo, los apoyo. Ellos saben quiénes son y lo que hacen. De hecho, me producen admiración. Son maravillosos. Tienen todo mi confianza, y perdona, pero lejos de dimitir, me saben a su lado.
⎯Lo sé, te conozco, estás a su lado como el que más, por eso logras con ellos tantas cosas. Y cada quién su apuesta, como siempre hemos dicho, no hay recetas. Pero precisamente por eso, pienso que debiéramos ir caso por caso, sin repetir slogans y frases hechas, sin dar nada por sentado y muy importante, sin ignorar el contexto. Y, ¿qué quieres que te diga?, me parece que se está haciendo todo lo contrario.
Introducción
Pensar no por, sino con quien ve las cosas de otro modo implica dejar de pedirle que esté de acuerdo con lo que dices. Siendo un afán ya de por sí titánico para nuestra humana condición, cuando es de enorme gravedad lo que está en juego, se antoja misión imposible. No obstante, quizás merezca la pena el intento: es tan iluso como necesario.
¿Y si resultara que las “guerras culturales” de culturales tuvieran muy poco? ¿Y si, aunque muevan fibras profundas de la ciudadanía, no respondieran a sus intereses, sino todo lo contrario? De todos modos, debiéramos hacer lo posible por firmar sus paces. De lo contrario, difícilmente podrá conseguirse la unidad que nos urge: la de una generación de padres, profesores y adultos en general que, en estos momentos tan difíciles, quiere lo mejor para el porvenir de las que vienen; y, la de unas fuerzas progresistas que tienen en el feminismo un actor tan relevante y enfrente, de mil cabezas, a un enemigo que con una prepotencia delirante hace alarde, blandiéndola, de la motosierra que lleva en la mano.
“Las paces culturales”, digo, pero no soy equidistante. Además, si me refiero en el título al amor platónico, no es porque crea que los desacuerdos de que se trata se puedan resolver ⎯aunque nunca vienen mal⎯ con abrazos, cariño y buena voluntad. Más bien creo que en todo esto hay gato encerrado y que, aunque también intervinieron otros factores, si el gato, y con él las instituciones, ha sido capturado, es porque lo fagocitó, como a todo ⎯¡ay!⎯ la lógica capitalista de la máxima ganancia, el capital. Pero no bajo la forma del gran conspirador que algunos imaginan actuando, cual extraterrestre omnipotente, con todo fríamente calculado, sin visos de contradicción y un solo ojo en la frente. Sí, como una tendencia que se abre paso en medio del caos, de un sinnúmero de fuerzas e intereses enfrentándose entre sí; como una tendencia que a golpe de improvisación y buen olfato consigue predominar, seguir con paso firme su camino al precipicio.
El caso es que, para que el gato encerrado pueda empezar a respirar ⎯y con él nosotros⎯, para que un día se pueda liberar, urge reiniciar el diálogo. Un diálogo que lleva ya mucho tiempo arañando la puerta, se ha hecho endiabladamente difícil ⎯está erizado⎯, y al que haciendo como que se propicia, se hace tan a cuenta gotas, que las más de las veces resulta contraproducente. No bien se le entreabre la puerta, ya se le está cerrando y así, pillándole la manita, queda lastimado. Aunque, las más de las veces, ni eso. Se echa doble llave a la puerta, se le impide el paso, se cancela, se prohíbe, da igual cuánto y cómo maúlle e insista rascando la puerta.
Y a propósito de cancelación y prohibiciones, Trump ha llegado por segunda ocasión al poder. Envalentonado y envenenado ha tomado, junto con sus secuaces, del mundo el volante y, entre otras aberraciones, ha prohibido el uso de algunas palabras. Orwell lo tenía claro: dado que el vehículo del pensamiento es el lenguaje, este último puede usarse para controlar al primero. Si se consigue incidir en él destruyendo consensos conceptuales fundamentales, se puede guiar la conciencia de las personas, sus intereses y sus motivaciones ⎯decía⎯. Se puede hacer con disimulo o, como Trump, con decaro: ha prohibido el uso de 200 palabras en sus administraciones; «mujer», entre otras.
⎯¿Prohibió la palabra “mujer”?, habrá prohibido más bien “mujer trans”, ¿no?
⎯No, prohibió la palabra “mujer”.
⎯Pero si lo primero que hizo fue decretar la existencia de sólo dos sexos y expulsar a las personas trans de los deportes. De hecho dentro de esa lista de palabras prohibidas están “diversidad”, “inclusión”, “feminismo”, “LGTBQ+”…
⎯Sí, son las que más aparecieron en los titulares de los periódicos, de España al menos, pero en la lista también está, ¡fíjate!, la que refiere a la mitad de la humanidad: “mujer”.
⎯¿“Mujer”?, ¿así sin más?
⎯Así sin más. “Mujer” es una de las palabras prohibidas por Trump. Te sorprende ¿verdad?
⎯Bueno, tampoco hay que exagerar, pero un poco, sí.
⎯Vale, pues, aunque sea solo “un poco”, ¡bienvenido sea en su atisbo el asombro! Dicen que eso, el asombro, es el origen de la filosofía, del amor a la sabiduría. Quién sabe, tal vez pueda ayudarnos para empezar a comunicarnos.
⎯Oye, a mi no me vengas con esa suficiencia, otra vez poniéndote estupenda. No me digas que piensas seguirle la corriente a la autora con la noñería esa del amor platónico.
⎯¿Por qué no?, veremos a ver por dónde respira, tal vez lo suyo no sea ninguna ñoñería. De todos modos, creo que del amor platónico y de la prohibición trumpista de la palabra “mujer” hablará después, en otras secciones del texto, que por ahora sólo hablará de Eros y de Thanatos. Por aquello de la transfobia, sobre todo hablará de Thanatos, del odio, de la pulsión de muerte, de cómo opera y qué relación tiene con las palabras.
***
¿Podemos usar las palabras según nos parezca?: sí y no, depende. ¿Por qué?, ¿quién lo puede determinar?, ¿para qué?, ¿en qué contexto?
Las palabras y las cosas tituló Foucault a una de sus obras. Una interpretación no arbitraria pero sí discutible y, desde mi punto de vista, acrítica de algunas de sus ideas y de las de otros filósofos posmodernos, así como su popularización, está cumpliendo un papel importante en lo que nos está ocurriendo con las palabras en las llamadas “guerras del género”.
El campo del lenguaje está minado. Por eso, antes de comenzar tengo que aclarar algo. Emplearé, sí, palabras y expresiones que en mi opinión tienen uno o varios de los siguientes inconvenientes: rompen conceptos conceptuales fundamentales, son cuestionables, inducen a confusión o contribuyen a generar una realidad nociva para la sociedad en su conjunto, incluyendo a quienes se creen beneficiados por su uso. Lo haré porque de lo contrario cancelaría, ya de entrada, la razón de ser del texto entero: comunicarme con quien piensa distinto. La casa está en llamas, pero preservar del fuego lo que una más quiere, merece el riesgo de entrar en ella a buscarlo sin escatimar medios ni empeños. Eso sí, dependiendo de quién hable (como se ha visto, el texto tiene varias voces), pondré entre comillas las palabras y expresiones aludidas.
También merece la pena mencionar un dato por pocos conocido a propósito de las guerras de que se trata. Pienso que tenerlo siempre presente puede favorecer el diálogo. Existe, además del transactivismo hegemónico, un transactivismo no hegemónico que, al igual que el feminismo abolicionista, se autodenomina “disidente del género”: no concibe al género como identidad, sino como instrumento de opresión patriarcal. ¿Una contradicción en términos? Usted dirá, querido lector o lectora. Es una buena pregunta. En el caso de que quiera conocer su apuesta, Mel Supernova, antropólogo “trans femenino”, es uno de sus representantes de habla española.
El hecho es que tanto para el transactivismo no hegemónico, como para el feminismo abolicionista, analizar y cuestionar el generismo, resistir a su hegemonía ⎯ahí donde esta está instaurada⎯ se ha convertido en una responsabilidad ética ineludible. Y lo es, pensando en los menores, en las mujeres y en la sociedad en su conjunto. Se trata de una responsabilidad que, muy lejos de lo que, en medio de este río tan revuelto creen algunos y otros quieren hacer parecer, es indisociable ⎯esto quedará cada vez más claro⎯ de la resistencia al neoliberalismo extractivista neoliberal a ultranza que encuentra en el actual presidente de los Estados Unidos, su mayor icono.
(Continuará con II. ¿Dónde está el odio?)








