Cuando los derechos de las mujeres no son para las mujeres

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Por Karina Castelao

¡Vaya la que está montada con esto de que el Tribunal Supremo británico haya dictado que las leyes aprobadas para mujeres sean realmente para mujeres!

Por si alguien todavía no está al corriente, el pasado día 15 la Corte Suprema del Reino Unido falló por unanimidad que los términos «mujer» y «sexo» se refieren exclusivamente al sexo biológico, lo que implica que las «mujeres trans», aunque tengan sexo legal femenino reconocido en el Certificado de Reconocimiento de Género (GRC), no se pueden acoger a las medidas de la Ley de Igualdad del 2010 en cuestiones como espacios segregados por sexo (baños, vestuarios, habitaciones de hospital…), competiciones deportivas femeninas o cuotas de paridad en organismos públicos.

El fallo unánime del Supremo, que sienta precedente, es el resultado del litigio entre la organización For Women Scotland y el gobierno escocés ya que éste pretendía incluir a personas con GRC femenino en las cuotas de paridad en las administraciones públicas mientras la organización feminista alegaba que eso contravenía el espíritu de la Ley de Igualdad. Cabe señalar también que JK Rowling apoyó y financió la demanda dentro de su cruzada personal para que sean respetados los derechos de las mujeres basados en sexo.

Así que, y pese a los aspavientos y amenazas de orinar en todas partes de los grupos transactivistas británicos, cuyos métodos reivindicativos siempre pasan por expresar violentamente su más exacerbada misoginia, las mujeres del Reino Unido están de enhorabuena al haber visto que el más alto tribunal de su país sí sabe qué es una mujer, y sobre todo, lo más importante, ha
reconocido que el machismo estructural a quien afecta es a las mujeres solo por el mero hecho de haber nacido de sexo femenino.

No voy a entrar en explicar ahora porqué esto no es una afirmación esencialista ni nos reduce, como dicen por ahí, a ser una vagina o una vulva. Solo decir que estas no-argumentaciones parten de la confusión interesada entre el significado de los verbos ser y tener. Las mujeres somos la mitad de la humanidad que tiene vulva, tetas y capacidad de gestar, pero ello no nos hace ser una vulva andante como si fuéramos la figura de la procesión del “Coño Insumiso” ni la teta con vida propia que sale en una famosa película de Woody Allen.

Pero lo que sí voy a explicar, o al menos intentarlo, es porqué las leyes que pretenden compensar la desigualdad estructural entre hombres y mujeres han de estar siempre basadas en sexo y solo en sexo. Y la razón incuestionable es que el diferencial sexual entre hombres y mujeres es el pretexto para situarnos en el lugar subordinado que ocupamos en la jerarquía sexual y que es el origen de dicha desigualdad.

Todas, absolutamente todas las opresiones y discriminaciones que sufrimos las mujeres están originadas a partir de nuestra condición orgánica de mujer, o dicho más específicamente, de hembra humana. Como decía Simone de Beauvoir en la cita más tergiversada de la historia de la literatura universal, «Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana«, no el macho humano en ninguna de las formas performativas que tenga a bien expresar, incluídas en las que se dice mujer.

Solo la hembra humana es y puede ser esa figura que sufre la opresión o, como dice Beauvoir en la misma cita, «la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino» (muy freudiano todo). Es decir, solo a las hembras humanas, a las mujeres biológicas es a las que la sociedad oprime mediante su concepción de feminidad.

Es por ello que todas las manifestaciones de opresión parten de ese «destino» que la sociedad nos ha impuesto en cuanto hembras y que pasa por, desde considerarnos figuras secundarias a los hombres siempre a su servicio, relegándonos al espacio privado, definirnos en función de ellos o atribuirnos una serie de cualidades en nuestra personalidad que solo sirven para sustentar dicha imposición.

Porque ningún destino biológico como la posibilidad de gestar y parir puede ser el pretexto para el “techo de cristal” que impide ascender profesionalmente a las mujeres, basado en el prejuicio de que van a priorizar su vida personal a la profesional. O para la existencia de la brecha salarial, fundamentada en el prejuicio de que las mujeres en edad fértil merecen complementos laborales más bajos porque su productividad en un futuro va a ser menor. Ni tampoco tal destino biológico ha de ser la justificación de que socialmente se vea negativo en una mujer las tan útiles cualidades para medrar profesionalmente como la ambición y la perseverancia, mientras se ven como positivas cualidades como el sacrificio y la abnegación, tan útiles para cuidar y criar,

Y porque ningún destino físico, como la menor envergadura o los caracteres sexuales primarios y secundarios, pueden ser el pretexto para privar a las mujeres de conquistar logros deportivos propios en disciplinas donde se valora la velocidad, la fuerza y la potencia y en las cuales los hombres tienen ventaja evidente. O para que sus atributos sexuales sea la excusa de mercantilización, cosificación, o incluso de apropiación violenta de su cuerpo mediante la tan tolerada cultura de la violación.

Por todo esto es por lo que las leyes de igualdad que se aprueban para hacer políticas compensatorias o de protección a las mujeres han de tener como únicas destinatarias a las mujeres, a esas hembras humanas sobre las cuales recae la condena de ese destino biológico y físico que las transforma en producto femenino y sobre el que se establece la desigualdad.

Porque las cuotas de paridad son para compensar el handicap que en el mundo profesional y político supone la posibilidad de ser madres, el prejuicio de ser más emocionales que ambiciosas o de priorizar el cuidado de nuestras familias al compromiso público.

Porque los espacios para un solo sexo son imprescindibles para proteger a las mujeres y a las niñas, víctimas abrumadoras de la violencia sexual en el mundo por parte casi en exclusiva de las personas nacidas varones, incluídas las «mujeres trans». Recordemos que en el Reino Unido, de las 300 personas trans reclusas en cárceles del país, 250 son nacidas varones y autodeterminados mujeres, y de ellos, más de el 60% son convictos por delitos contra la indemnidad sexual, frente al 17% de la población reclusa masculina en general.

Y porque ya hay más de 800 títulos oficiales obtenidos por personas nacidas varones autoidentificados mujeres en categorías deportivas individuales femeninas, aprovechando su evidente ventaja física en disciplinas donde se valora la fuerza, la rapidez o la potencia (personas que hay desarrollado su vida profesional en categorías masculinas previa a su cambio de sexo legal), y que suponen la usurpación a las deportistas mujeres, no solo de premios, sino de becas de estudios y de contratos profesionales.

Así que sí. En el Reino Unido las mujeres pueden congratularse de haber recuperado los derechos que legítimamente les corresponden y que habían visto vulnerados por las políticas de diversidad que están desafortunadamente sustituyendo en medio planeta a las políticas de igualdad y aumentando de forma exponencial el machismo estructural.

Mientras tanto, en esta nuestra España de charanga y pandereta, la exmininstra de Igualdad Irene Montero, junto con su corte mediática pasada y presente, agita el banderín de la transfobia y se escandaliza porque en La Pérfida Albión los tribunales reconozcan que los derechos de las mujeres son solo para las mujeres, al mismo tiempo que omite cínicamente que la Ley Trans que ella ha promovido permite que los «hombres trans» se acojan a las medidas de protección, participación en competiciones deportivas femeninas o en cuotas de paridad en organismos oficiales, reconociendo tácitamente que para ella también los derechos de las mujeres han de estar basados en el sexo de nacimiento.

Participar en los deportes en categorías femeninas, acceder a las cuotas paritarias en los lugares de poder o usar los espacios de sexo único exclusivos para mujeres, al final todo va de que las «mujeres trans», como los machos de las hienas y los perros, marquen territorio. De ahí el empeño de orinar tanto en los baños femeninos como en la futura tumba de JK Rowling.

El caso jamás ha ido de perder derechos que nunca les han pertenecido, sino de mear en donde les dé la gana. 

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