Resultó que al final China sí que era una terrible dictadura comunista. Bastó que el presidente del gobierno Pedro Sánchez pusiera un pie allí para que el mismo aparato propagandista del liberalismo económico que continuamente nos vendía que al gigante asiático le va bien porque se ha vuelto capitalista reconsiderase su percepción. Otro tanto ocurrió unos días antes con Vietnam, donde el presidente del gobierno cometió la fechoría de rendir homenaje al héroe nacional Ho Chi Minh. ¡Sea anatema!
Lo cierto es que uno ya ha perdido la capacidad de distinguir lo que es comunista y lo que no. Resulta que en los últimos años han sido comunistas según los mandamases capitalistas y la prensa del poder el presidente de los Estados Unidos, el Papa de Roma, el foro económico de Davos, Vladimir Putin, Hitler, los talibanes afganos, Juan Manuel de Prada, por supuesto el gobierno de Pedro Sánchez… Todos menos curiosamente los países socialistas que estaban creciendo económicamente en Asia.
Lo más insólito de todo es que en algunos casos el apelativo se dirige con especial fuerza contra gente que intenta huir como de la peste de ser vistos como tales. Gente como Gabriel Boric o Pedro Sánchez que han legislado a favor del capital más de una vez. Gente que ha declarado que les molesta que la izquierda sea incapaz de denunciar el «autoritarismo» de Venezuela o Nicaragua, países donde, por cierto, gran parte del capital y los medios sigue en manos privadas.
En realidad según la teoría marxista más pura, como sabe cualquier persona que se haya molestado en leerla, no existe, no ha existido aún, ningún país que pueda llamarse con propiedad comunista, ya que según Marx este sería el estado al que se llegaría tras una etapa de dictadura del proletariado que se denomina socialista. Es evidente que aún nadie ha llegado a ese estado, pero sí que ha habido quien se ha esforzado en avanzar hacia él. Y gente que sin llegar a tanto sí que ha intentado poner límites al capital. Estos son los que se han solido llamar socialistas, mientras que a los que seguían la doctrina marxista pura se les acabó denominando comunistas, atendiendo a su anhelo final.
Esta imprecisión terminológica vino muy bien al orden capitalista tras la caída del bloque socialista de Europa del Este para emprender una cruzada por conseguir equiparar el comunismo con el fascismo. Si el término comunista se usaba para descalificar a los marxistas puros, hemos dado ya en un punto en que, como siempre que se usa la técnica del enemigo único, caben en el concepto cada vez más sujetos y colectivos. En muchos casos se lo merecen, empezando por muchos renegados que en la última década del siglo pasado y la primera del presente abandonaron sus convicciones intentando ser aceptados por los mandamases capitalistas, para descubrir que Roma no paga a traidores. También muchos socialdemócratas, izquierdistas de pandereta y progres que al principio se sentían cómodos señalando a los marxistas para después descubrir que el apelativo despectivo «comunista» también les incluía a ellos. Y ahora hemos llegado al último punto donde el calificativo ya sirve para gente que jamás ha cuestionado el orden establecido pero no pertenecen a la facción que nos gustaría dentro del mismo.
La verdad es que eso facilita enormemente las cosas a los que nos consideramos comunistas con orgullo, porque ahora cualquier nimiedad con el capital te puede convertir en revolucionario: basta comprar en tal supermercado porque no te gustan las prácticas de tal otro —aunque el Villano se teme que, por desgracia, a día de hoy todas las cadenas de alimentación funcionan del mismo modo—, acudir a una manifestación para que no te suban el alquiler o socorrer a un indigente para que te califiquen de comunista. Pero al mismo tiempo hemos llegado a un punto donde muchos alienados y desinformados evitan por todos los medios caer en el calificativo, con lo cual se sigue extendiendo la intoxicación de la propaganda capitalista.
En el fondo cuando se llama comunista a quien simplemente, como el Papa Francisco, ha dicho que no está bien dejar morir a los migrantes en el mar, se está reconociendo una implícita superioridad ética y humanística a los seguidores de Marx. Cuando uno encuentra en boca de ciertos personajes las majaderías que se han vertido sobre Ho Chi Minh en la última semana, nota en seguida que a estos sujetos no les asusta sobre el revolucionario vietnamita su supuesto legado sanguinario, sino que no permitió que Vietnam se convirtiera en un paraíso para el abuso capitalista, la corrupción y la prostitución y pederastia baratas al estilo de Bangladesh, Tailandia y tantos otros países asiáticos. Como Rambo, siguen sin sentir las piernas. Cuando rabian contra China no les asusta que Mao sea «el dictador más sanguinario del siglo XX» —frase extendida hasta el infinito por la red—, sino que el país asiático ha demostrado que el socialismo, al menos un cierto concepto de él, ha permitido un desarrollo inimaginable en un país que, no hace tanto, era un paradigma de subdesarrollo y colonialismo como demuestra el hecho de que muchos de los dirigentes derechistas que hoy se rasgan las vestiduras han ido anteriormente a recabar su ayuda y colaboración en ciertos aspectos.
Por todo ello el villano, como siempre, anima a los comunistas a reivindicar con orgullo sus logros, pero sobre todo a la izquierda de pandereta a sumarse a ellos y a reconocer los términos que te engrandecen. Porque sí, señores derechistas: aunque les resulte increíble, a los izquierdistas no nos asusta que nos llamen lo que somos. Quizás a ustedes les pasa eso porque saben perfectamente que el fascismo es algo malo mientras el comunismo es una ideología que engrandece a quien la profesa. A lo mejor si, para seguir sus convicciones, tienen que defender la masacre de Gaza, la prostitución infantil de ciertos lugares asiáticos, el abandono a los más necesitados, o el faltar al respeto a los héroes nacionales de países que visitan, ustedes mismos ven que algo chirría.









