125 aniversario del nacimiento de Buñuel

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Xavier Bermúdez, autor del libro, “Buñuel: espejo y sueño”. Director de cine: “León y Olvido”, “O Ouro do Tempo”, “Olvido y León” (entre otras).

Luis Buñuel nace, según documentación generalmente aceptada, el 22 de febrero de 1900. Hago esa apostilla, ‘generalmente aceptada’, porque estudiosos que le conocieron bien, como Max Aub, lo ponían en duda. Concretamente, el autor de la inconclusa “Luis Buñuel, novela”, le atribuía al menos un año más de edad a su amigo.

En cualquier caso, y corrijo con gusto a una buena cantidad de historiadores, Luis Buñuel no nace con el siglo XX, nace en el último año del siglo XIX. El siglo XX, queridos historiadores, comienza en el año de gracia de 1901.

(Permítanme que les mande de nuevo a estos historiadores y ciudadanos a los que hago referencia, y solo por un instante, a la escuela primaria: las cosas se comienzan a contar por el número uno. Prueben a contar los dedos de sus manos. Comenzar a contar por el cero no tiene sentido, se quedan ustedes con un dedo menos. Si no les acaba de convencer, prueben ahora este sistema, caballeros, con su miembro viril. ¿Lo ven?. Pues con los años es lo mismo, no se empieza a contarlos por cero, se comienza por uno y el siglo I es desde el año 1 hasta el año 100, ambos inclusivos, y así sucesivamente para el resto de siglos. Y un milenio va desde el año 1 al año 1.000, desde el 1001 al 2.000 y así para los siguientes.

Ya pueden abandonar la clase, señores.) Vayamos con el cineasta Buñuel.
Es muy difícil que un artista, un poeta, en este caso un cineasta, tenga una obra de más de una pieza y no sea divida por los estudiosos y aficionados esa obra al menos en dos. ¿A cuál prefieres, al de la primera o al de la segunda época? Con Buñuel esta división en dos también se ha planteado muy a menudo. La forma más habitual con la que se ha hecho y la de más éxito es: ¿Qué Buñuel prefieres, el hispano mexicano o el francés?.

Ante éste envite, en el caso de Buñuel lo primero sobre lo que hay que llamar la atención es sobre el hecho de que la división y el objeto de preferencia que se propone es exterior a las películas. Se trata de su nacionalidad. Enseguida se arrimarán otros argumentos: la nacionalidad ha acarreado diferencias de punto de vista, estilísticas y aún argumentales entre unas y otras producciones… No es así. No al menos de un modo esencial.

Una de las cosas más llamativas de Buñuel, refiriéndonos únicamente a su cometido como director-guionista, con una carrera que se extiende desde 1929 hasta 1977, casi 50 años, es la unidad de sentido y planteamiento de sus treinta y dos películas. De todas ellas. En cualquiera de ellas -diferentes, sí, en presupuesto, en libertad de medios y de acción, a veces en ambientes, en acierto cómo no, también en algún rasgo técnico o estilístico porque algo siempre se aprende o desaprende en tantos años-, en cualquiera de ellas, decimos, hay una misma inspiración, una misma estrategia dialéctica y metafórica, un mismo y profundo aliento que la mueve y que no es sino un hondo, muy hondo, sentimiento trágico de la vida, una apasionada y desesperada respuesta a la conciencia de lo que hay, de lo que somos. Se podría decir que hay incluso un mismo tema central, manifiesto o latente: la lucha entre la realidad y el deseo, o viceversa. En todas ellas. Aunque unas hayan nacido desde esa oposición y a otras, de encargo, se la haya encontrado y hecho vivir después. (Sin diferenciar, diferencia mucho más interesante por cierto que la división por nacionalidades, entre lo que podríamos llamar su cine realista y su cine surrealista).

¿Quiere esto decir que nos quedamos sin poder hacer esa división en dos y sin poder elegir entre una de las partes resultantes? No. Pero la división, para ser de interés especial, debe referirse al interior de la obra, a lo que es esencial en ella, no a su exterioridad. Y para hacerla bien toca remitirse una vez más al propio Luis Buñuel, que si bien fue remiso en confesiones artísticas no dejó de ser singularmente lúcido y descubridor cuando se animó a hacerlas.

Ya en su última etapa le plantean una divergencia de tono en sus películas. Y él acepta sin reparos la existencia de esa diferencia. Dice (cito de memoria): “Es cierto, con los años he cambiado. Antes, por ejemplo, me presentaban una hostia consagrada e inmediatamente escupía sobre ella. Ahora me la presentan y digo: No, gracias, no fumo de eso”.

Y, efectivamente, si uno repasa su cine nos encontramos con esa diferencia entre las películas de escupitajo y las películas de no fumo de eso. ”La Edad de Oro”, “Los Olvidados”, son claramente películas de escupitajo (una francesa y la otra mexicana); “El Ángel Exterminador” y “El Discreto Encanto de la Burguesía” son películas de no fumo de eso (una mexicana, la otra francesa).

Si tuviese que establecer el punto en el que se produce esa división de tono, diría sin dudar que entre “Viridiana” (1961) y “El Ángel Exterminador” (1962). Dos películas realizadas con el mismo productor, Gustavo Alatriste, una en España y la otra en México.

Pero establecería ese hiato llamando la atención sobre el hecho de que, antes y después del mismo, hay presencia del otro tono. “Ensayo de un Crimen” y “Así es la Aurora”, películas más bien de no fumo de eso, son anteriores a “Viridiana”. “Diario de una Camarera” y “Simón del Desierto”, filmes de escupitajo, son posteriores a “El Ángel Exterminador”. Y a veces, hay que decirlo, surge la duda sobre si está escupiendo, diciendo que no, gracias, que no fuma de eso o las dos cosas al mismo tiempo o una tras otra en una misma película.

Sin embargo, se hace necesario llamar la atención sobre un aspecto de la diferencia que identifica a los dos términos. La propia enunciación buñueliana evidencia que se trata de una diferencia enmarcada en una constante: enfrentarse al orden dominante. A lo que se escupe, a lo que se dice que no es al orden social y político impuesto (tampoco conocemos otro). Buñuel hace cine para combatir. Cine combatiente.

En esto hay una unidad sin fisuras en toda su filmografía: en querer hacer sentir que no vivimos en el mejor de los mundos posibles, en mantener siempre vivo el margen de disidencia necesario frente al Poder para que este no se sienta nunca del todo justificado y evitar así tentaciones autoritarias o directamente fascistas. Son objetivos suyos, del cine de Luis Buñuel, expresados por él mismo.

Indudablemente hay más cosas en ese bendito cine, (las exigencias del deseo, la ternura amorosa, la violencia, el sentimiento de la muerte, el humor…), un cine que es también poesía en su más hondo sentido. Pero se trata sin fisuras de un cine de combate político, moral. Buñuel hizo honor al dictamen de Friedrich Engels que él mismo citó en alguna memorable ocasión (concretamente en su paradigmática intervención “El cine como instrumento de poesía”, México, 1958): “El novelista habrá cumplido honradamente cuando, a través de una pintura fiel de las relaciones sociales auténticas, destruya las ilusiones convencionales sobre la naturaleza de dichas relaciones, quebrante el optimismo del mundo burgués y obligue a dudar al lector de la perennidad del orden existente, incluso aunque no nos señale directamente una conclusión, incluso aunque no tome partido sensiblemente”.

¡Viva Buñuel!

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