A las mujeres se nos enseña cada día desde que nacemos que somos “la otredad”. Que no somos hombres, que es la máxima expresión del ser humano, sino seres defectuosos que apenas podemos aspirar a la perfección masculina. Algo tan evidente para millones de personas en todo el mundo no debería necesitar ningún tipo de “ayuda”, y sin embargo lo “curioso” es que todas las sociedades, todas las culturas, todas las religiones, se empeñan en educarnos para aceptarlo. Como si no fuera algo natural, oiga.
Nacemos y nos agujerean las orejas como al ganado, no vaya a cometer nadie el sacrilegio de pensar que somos niños y tratarnos como tales. Vamos a la escuela (las que tenemos la suerte de poder ir) y allí nos enseñan muchas cosas: que tenemos que apañarnos en una esquina porque el patio es para el fútbol de los chicos, que no nos deberían gustar las matemáticas ni las ciencias, que no debemos ser competitivas y mucho menos con ellos, que la historia la hicieron los hombres, que todo lo inventaron los hombres, que los únicos libros que importan los escribieron hombres… la música, la pintura, las fórmulas matemáticas y químicas, todo, es obra de ellos. Nosotras apenas aparecemos en los libros de historia como mercancía de intercambio y paridoras de reyes.
Se nos sigue dirigiendo a estudios superiores relacionados con el cuidado y servicio a los demás porque es lo que mejor se nos da, no seáis mal pensadas. Cómo no se nos va a dar bien si llevamos cuidando bebés de plástico desde antes de dejar nosotras de serlo, si no hemos tenido ningún referente que no haga otra cosa que sacrificar su vida por su entorno desde el anonimato.
Y entonces nos baja la primera regla y la jaula refuerza la seguridad. Hasta entonces “solo” éramos presa de pederastas, ahora de cualquier hombre. Nos convertimos en gacelas rodeadas de depredadores que literalmente huelen la sangre. Nuestros padres lo saben bien, han sido cazadores. Mientras nuestros cuerpos van cambiando empieza a rodearnos una esquizofrenia imposible: el porno y Only Fans nos enseñan que solo somos objetos sexuales al servicio de los chicos, pero si queremos tener éxito en la vida (es decir, casarnos con un tipo con éxito, guapo y cachas) será mejor que lleguemos vírgenes al príncipe azul, porque los machos de verdad no quieren mujeres demasiado “usadas”.
Pero que no pierdan la esperanza, hay una forma de escapar de todo esto. ¿El feminismo? Noooo, para nada. ¡Hacerse hombre! Si no te gusta lo que la sociedad nos tiene preparado por ser mujeres, cámbiate de sexo. Mutílate los pechos y hormónate para ser estéril, renuncia al placer sexual y conviértete en una enferma crónica y … no conseguirás absolutamente nada. Seguirás en un trabajo de mierda con un sueldo de mierda y los medios de comunicación solo se fijarán en ti si te conviertes en un “hombre embarazado”. Arrastrarás osteoporosis y dolores crónicos mientras aplaudes con fervor a hombres heroicos que han acabado con el patriarcado poniéndose una peluca y pintándose los labios.
El fatalismo patriarcal que nos venden en el siglo XXI nos dice que es imposible cambiar lo construido socialmente, que lo posible es retorcerle el brazo a la ciencia. Y así nos da tres maravillosas opciones de vida a las mujeres: ser putas, ser monjas o ser hombres. Y por si acaso algunas nos damos cuenta de la estupidez que es todo esto, y de que la única opción desde el humanismo y la razón es el feminismo, lo ilegalizan de facto y lo persiguen socialmente. Ahora también desde la progresía se nos acusa de ser monstruos odiadoras de hombres, que por supuesto es lo peor que se puede ser en este mundo tan bonito y tan moderno que estamos creando.
Y mientras las terribles feministas de colmillos afilados odiamos salvajemente a los hombres sin tocarles un pelo, los hombres siguen maltratándonos, violándonos y asesinándonos impunemente, con peluca y sin ella.








