Un dolor que es universal

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Pedro Fernández, Director de la Revista Juventud.

Todos albergamos dentro de nosotros un mundo rico y fecundo en los primeros años de adultez, un mundo interior poblado de ideas, pensamientos y metas vitales. Pero ese mundo, a medida que crecemos y enfrentamos definitivamente el trabajo asalariado, empieza a desaparecer. La frustración y la desesperación que arrastramos no son buenas compañeras de viaje, nos lastran porque parece que no hay una alternativa mejor. El dolor universal alcanza por igual a hombres y mujeres de mi misma clase, atraviesa por completo nuestras vidas y, aunque difícil, es necesario dejar atrás la resignación para luchar por la esperanza y por el futuro.

Recuerdo una conversación con mi pareja durante el verano en la costa gallega. Mirándonos a los ojos le dije que, a pesar del vino y el tabaco o de las largas y extenuantes jornadas de playa y el cansancio propio de unas vacaciones, había desaparecido en mí la apatía y el agotamiento. Incluso los dolores de estómago que sufro a diario se esfumaron. No quedaba nada de toda aquella ansiedad fruto del trabajo, del maldito trabajo asalariado contemporáneo. El malestar había desaparecido haciendo realidad aquello que Marx señalaba en sus Manuscritos: “el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo se siente fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado”. Quizás esta sea la explicación al padecimiento universal que sentimos los trabajadores y que deja en nosotros signos de incapacidad para afrontar el resto de la vida cotidiana.

De forma habitual percuten en mi cabeza los mismos pensamientos. No sé si merece la pena invertir toda esa cantidad de esfuerzo físico y mental en unas tareas que realmente acaban por embrutecerme. Y me refiero al embrutecimiento en un sentido espiritual. No me considero un hombre con una cultura pobre, más bien todo lo contrario, he crecido con muy poco, pero gracias al esfuerzo de mis padres y al mío he aprendido a conocer el mundo mejor de lo que muchos otros que tuvieron más facilidades lo hacen. Fueron tantas las horas de lectura y las preguntas al calor de la observación… Ahora, con veinticinco años, pienso si todo ese conocimiento y esa cultura no está desapareciendo proporcionalmente a las horas de trabajo de cada semana. Quizás sea el momento de reflexionar sobre esto, como individuos y como colectivo, como clase. El terrible proceso de deshumanización que acompaña al trabajo asalariado es la causa de muchos de los problemas psicosociales que arrastramos los jóvenes. La ansiedad y la depresión son los trastornos más comunes, pero no los únicos. La deshumanización se manifiesta en absolutamente todos los aspectos de nuestra vida y afecta a las personas que nos rodean: ¿quién no ha sentido la necesidad de emborracharse después de un mal día en el trabajo? ¿Quién no ha discutido con su pareja por cosas que, en el fondo y tristemente, son frustraciones consecuencia misma del trabajo? Son solo dos ejemplos, aunque cercanos, de cómo opera inconscientemente este proceso en nuestras cabezas.

¡Hay que vivir! ¡Hay que mirar con decisión al futuro! Aunque parezca lejano, el horizonte está ahí mismo. Tan sólo la niebla nos impide ver con precisión. Nunca sentí tanto dolor ni tanta angustia como cuando os sentí a vosotros, hermanos, sufrir de la forma que sufrimos los que no tenemos nada salvo nuestra fuerza de trabajo. Estas reflexiones, aunque breves son oportunas en un mundo tan grande y terrible que se lleva por delante el espíritu de tantos hombres y mujeres en el mejor de los casos y, la vida misma, en el peor de todos.

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