Verdad y Política: 
¿Por qué transicionan las personas?

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Patricia Merino Murga, autora de Maternidad, Igualdad, Fraternidad; miembro de Confluencia Movimiento Feminista y de WHRC.

Vivimos tiempos revueltos, la vida política se ha convertido en una masa enmarañada, veloz y mutante de mensajes, casi todos falsos y estratégicamente diseñados para despertar pasiones y acallar reflexiones. Lo único que sabemos ahora más claramente que antes es que éstos políticos y éstas políticas (medidas) no nos van a sacar del atolladero.

Hannah Arendt decía que la verdad y la política nunca se llevaron bien, se preguntaba si está en la esencia misma del Poder ser falaz; y cavilaba: “puede que sea propio de la naturaleza del campo político estar en guerra con la verdad en todas sus formas” (del artículo “Verdad y Política” en Entre el pasado y el futuro).

Hablando de la época nazi que le tocó vivir, Arendt describe cómo la verdad factual, los hechos de público conocimiento, se convierten, bajo el efecto de la política, en secretos, en tabú; y dice: “en la medida en que las verdades factuales incómodas se toleran en los países libres, a menudo se las transforma consciente o inconscientemente en opiniones”. Arendt considera esta estrategia típica del campo político moderno, y si la verdad factual se presenta como una opinión, la mentira se defiende como otra opinión distinta, alegando el derecho constitucional a tenerla. Esta confusión atenúa la línea divisoria entre la verdad de hecho y la opinión, y tiene efectos desastrosos. Puesto que la veracidad nunca se incluyó entre las virtudes políticas, Arendt cree que la política necesita controles externos, una función que en otros tiempos cumplieron la prensa y la academia. Hoy la prensa y la academia son parte del entramado político.

La agenda transgenerista no es una iniciativa más entre las que hoy logran la aceptación de los políticos que nos gobiernan. Es el mascarón de proa del proyecto posmo para el futuro global, y sus propuestas nos dan pistas importantes sobre cuáles son sus pilares ideológicos: La disolución de categorías convertida en ley, la confusión de derechos con deseos, el reconocimiento de identidades subjetivas y contingentes como políticamente relevantes, la sacralización de la diversidad; y sobre todo, como contrapunto, la negativa a dar relevancia política y tomar en consideración las bases biológicas de la vida humana, siendo como son, el sustrato de todas nuestras sociedades. Estos elementos nos proporcionan las claves de lo que hoy mueve la maraña de la biopolítica.

No sé si ser falaz está en la esencia misma del Poder, pero desde luego, la verdad no es su ecosistema favorito, por eso, la posmoderna negativa a aceptar verdades confiables ha sido el  campo abonado para que la agenda generista prolifere como la mala hierba por todo el planeta. También ha contribuido a su champiñonesco crecimiento el hecho de que el transgenerismo sirve como caja de herramientas para construir los nuevos mecanismos con los que el patriarcado del siglo XXI tiene pensado montar las bases de los nuevos modos de dominación y explotación de las mujeres.

Durante milenios el patriarcado ha legitimado la jerarquía entre los sexos mediante un orden simbólico en el que las mujeres eran representadas como débiles o malignas o irracionales, es decir, inferiores; y los varones eran fuertes o divinales o racionales, es decir, superiores. Ahora todos creemos en la igualdad, ya nadie “normal” sostiene que las mujeres sean inferiores, por eso, el patriarcalismo necesitaba nuevos dispositivos para legitimar simbólicamente la dominación y explotación de las mujeres. El transgenerismo está cubriendo esta necesidad, y está desarrollando a nivel global un nuevo dispositivo para la readaptación del orden patriarcal: Si en la ecuación “mujeres y hombres son iguales” ya no se puede cuestionar el ser “iguales”, entonces se problematiza y se niega el “mujeres”. Destruyendo la categoría mujeres, convirtiendo a las mujeres en un colectivo más de ese enorme catalogo diverso de identidades oprimidas, se diluye el hecho irrefutable, universal y políticamente contundente de que somos la mitad de la humanidad. Un hecho insoportable para el orden patriarcal.

La categoría “personas trans”

Para lograr que las mujeres queden diluidas en el caldero de la diversidad y la inclusividad es necesaria la proliferación de identidades fluidas: aquellas en las que el sexo deja de ser la fisiología y biología que capacita a un cuerpo para unas funciones reproductivas determinadas, y pasa a ser una performance, una libre elección, un sentimiento subjetivo… es decir, una completa banalidad aleatoria e inverificable. En este salto cuántico por el que el lenguaje pasa de tener una función denotativa y práctica a una ideológica y mágica, la creación de la categoría “personas trans” es un hito importante. Al mismo tiempo que se hace añicos la categoría mujer, se crea el concepto simple y molón de “personas trans”, un significante “frankenstein” hecho con piezas diversas (y dispares) de malestares, comportamientos, sentimientos y excentricidades humanas sin ninguna relación entre ellas excepto el estar vinculadas (a veces de manera muy indirecta) con la vivencia de la sexualidad o del género.

La solidez de la verdad factual tras esta categoría no preocupa a nadie, ya que la agenda generista se desliza por la bien engrasada pista posmoderna negadora de verdades, igual que la contrafáctica negación de la categoría mujer como hembra de la especie humana tampoco ha representado un problema. Modelar las conciencias de manera que sean capaces de aceptar lo inaceptable no es tan difícil. Una parte significativa de la producción cultural humana siempre se ha dedicado a ello. La propaganda política de Goebbels, por ejemplo, aplicaba el principio de la simplificación (cuanto más grande sea la masa a convencer más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar); el método del contagio (reunir en un sola categoría a diferentes tipos de individuos);  y el de orquestación (repetir incansablemente un número pequeño de ideas siempre convergiendo en el mismo concepto); tres estrategias que son el abc del discurso transgenerista. Aglutinar en una misma categoría “trans” manifestaciones muy diversas de los malestares humanos respecto al cuerpo y al género es una operación simbólica y política que cumple las tres estrategias descritas, pero como ocurre con frecuencia con las categorías creadas con fines políticos, especialmente las creadas para engrosar las nuevas “diversidades”, no resiste el contraste con lo fáctico, con los hechos empíricos.

Voy a aclarar en primer lugar que en mi uso del lenguaje los hombres son siempre aquellos nacidos de sexo varón y las mujeres, las nacidas de sexo hembra. Los “intersex” (0,2% de la población), y que hoy se denominan “personas con desarrollo sexual diferente”, son personas con algún tipo de anomalía, a veces mínima, en la morfología de su aparato reproductivo o en su genética, pero en su gran mayoría pertenecen con bastante claridad a uno de los dos sexos. De hecho, muchas de las personas que podrían encuadrarse dentro de lo “trans” no comparten la visión que los lobbies del transgenerismo están convirtiendo en hegemónica, y son conscientes de las enormes diferencias e inconsistencias que hay dentro de lo que se ha dado en llamar “colectivo trans”.

Uno de los tipos humanos que componen el espectro de lo trans son los autoginefílicos. Empiezo por ellos porque son quienes lideran el transgenerismo. La autoginefilia es una parafilia (desviación sexual). Fue Ray Blanchard, un psicólogo canadiense con gran experiencia en el tratamiento de este tipo de fetiche, quien acuñó el término. El autoginefílico se caracteriza por sentirse sexualmente estimulado al fantasear consigo mismo como mujer. Típicamente es un varón heterosexual, y ni su aspecto ni sus actos suelen evocar en absoluto lo femenino, puede incluso ser marcadamente viril. Hace su transición a una edad madura, después de toda una vida de hombre, generalmente con matrimonio, hijos y una posición socioprofesional típicamente masculina, pero posiblemente desde una edad temprana haya tenido afición por el travestismo o cross dressing. Es práctica habitual en los autoginefílicos llevar ropa interior de mujer debajo del atuendo normal masculino, o hacer tareas marcadamente femeninas como hacer punto. Hace años, cuando no existían tratamientos hormonales ni quirúrgicos para la realización de esta fantasía, el autoginefílico era un hombre “normal” que se travestía en ocasiones; hoy la tecnobiología les permite llegar mucho más lejos. El activismo transgenerista sido liderado por estos hombres desde su inicio: la primera junta de lo que fue en EEUU en los 90 el germen del lobby transgenerista estaba compuesta íntegramente por hombres autoginefílicos.

Otro tipo de transexual o transgénero que se da entre los varones es el trans homosexual. Típicamente es un hombre con rasgos físicos y psíquicos leídos como femeninos. Para muchos varones homosexuales que nacen en entornos sexistas, la transición puede ser la mejor o la única manera de vivir su homosexualidad escapando de la violencia homófoba, tanto externa (de su familia, entorno social, estados y leyes homofóbas), como interna (de su incapacidad de aceptarse como hombre gay). Este tipo de transición podría encuadrarse dentro de lo que se ha denominado “terapia de conversión“, que si bien suele referirse a las “terapias” que determinados grupos religiosos o ideológicos imponían a personas homosexuales para “reformarlas” y obligarlas a encajar en el molde de una heteronormatividad obligatoria, lo cierto es que hoy existen hombres y mujeres cuya transición se diría que es una terapia de conversión autoimpuesta.

Las mujeres adultas que se autoidentifican como hombres también pueden ser homosexuales o heterosexuales (y bisexuales). Sin embargo, la autoginefilia en mujeres parece no existir (así lo afirma Ray Blanchard), se trata de una parafilia -como tantas otras- exclusivamente masculina. Otra diferencia relativa a cómo hombres y mujeres transicionan es que para las mujeres lo sexual no parece ser el motor único de su transición; de hecho, en general no parece ser la causa fundamental. Es el factor político lo que parece primar en las mujeres: huyen del género femenino como identidad subyugada y devaluada, de lo femenino como estigma y prisión. Ese es el principal motor de sus transiciones; nada que ver con la motivación siempre sexual de los hombres.

Esto explica que en las mujeres la relación entre “identidad de género” y la orientación sexual sea especialmente compleja: Es frecuente que las mujeres que se autoidentifican como hombres tengan por pareja a otras personas trans. No es lo mismo, por lo tanto, “un chico trans” hetero que tiene por pareja sexual a una mujer (en este caso podría ser una lesbiana butch –de expresión masculina- que decidió hacer una transición), que un “un chico trans” hetero que tiene por pareja sexual a un hombre autoidentificado como mujer (en este caso se trataría de una mujer hetero o con orientación sexual más amplia, que decidió transitar por disconformidad con el género). Casi lo mismo podemos decir de los “chicos trans” gay, si su pareja es otro “chico trans”, son dos lesbianas que decidieron hacer una transición; y si su pareja es un hombre, es, como en el caso anterior, una persona hetero. Esta falta de consistencia entre la orientación sexual y la transición en mujeres nos indica que, para ellas, es mucho más un acto político que erótico-sexual.

Para completar este catálogo de “personas trans” no podemos olvidar lo que errónea y maliciosamente se llama “infancia trans”. Lograr hacer creer a la opinión pública que existen un número considerable de niñas, niños, y adolescentes “trans” “por naturaleza” es uno de los objetivos más importantes del lobby transgenerista, ya que si eso se logra, se legitima la idea de que existe algo tan absurdo y tiránico como “nacer en un cuerpo equivocado”. No existe tal cosa. Si algo hay equivocado es la sociedad, sus prejuicios y sus mandatos, sus ideologías y procedimientos.

Lo que sí existe son niños, y sobre todo niñas, con disforia de género. Disforia significa incomodidad, malestar, y lo cierto es que no me parece nada raro que una niña o un niño se sientan incómodos al hacerse adultos en este mundo y tener que encajar en unos roles de género crueles y opresivos: niñas hipersexualizadas, devaluadas y abocadas a la sumisión; y niños conminados a demostrar su machunez ejerciendo violencia, desdén y anulando su empatía.

Muchas niñas, niños y adolescentes con disforia son sencillamente personas con una orientación sexual homosexual, algo que no debiera representar ningún problema, tan solo motivo para dar apoyo a la o el joven para que viva su homosexualidad con naturalidad y orgullo. Pero hay más homofobia internalizada de la que creemos. Sabemos también que la mayoría de las y los adolescentes con “disforia” tienen en paralelo otras dolencias psíquicas como depresión, anorexia, trastornos del espectro autista, etc. Sin embargo, se opta por tratar solo la disforia de género (que según muchas expertas es un síntoma de esos otros trastornos), y se incurre en la negligencia de no atender esas otras dolencias.

El entorno social, las redes y las modas juegan un rol decisivo en las transiciones de las y los adolescentes; y en las de niñas y niños, la familia. Las frustraciones, prejuicios, traumas y sentimientos ocultos de madres y padres pueden estar en la raíz del deseo de un niño de convertirse en niña y viceversa. Todos estos malestares necesitan fundamentalmente ayuda psicológica. Sin embargo, es aquí donde intervienen los lobbies transgeneristas; irrumpen en medio de situaciones de desorientación y vulnerabilidad,  y ofrecen una “solución mágica”: la transición química y quirúrgica. Es el poder de estos lobbies lo que explica el crecimiento desorbitado de transiciones en menores y adolescentes: en Reino Unido muy por encima del 4000% en 9 años: es lo que se ha denominado Rapid Onset Gender Disphoria que afecta sobre todo a mujeres jóvenes. No voy a entrar en las terribles consecuencias físicas y psíquicas, que estas transiciones están teniendo en menores y en jóvenes, incluido un mayor riesgo de suicidio y no a la inversa como nos están haciendo creer; ni en el alarmante (y oculto) fenómeno de miles de personas que dan marcha atrás y hacen una detransición dolorosa y muchas veces con secuelas de por vida. Para quien quiera profundizar en esta cuestión no puedo dejar de recomendar dos documentales, ambos en YouTube: The trans train y Dysphoria.

La abolición de la diferencia sexual como nuevo paradigma

De esta toda esta madeja de confusiones, conflictos y malestares, podemos extraer algunas pocas cuestiones claras y básicas:

  • Hay personas que se orientan sexualmente hacia su mismo sexo y otras al otro (otras hacia ambos), pero en lo referente a la orientación sexual hace tiempo que nuestra sociedad tiene los mecanismos legales e institucionales necesarios para dar a las personas homosexuales el reconocimiento y los derechos que merecen.
  • Cuando hablamos de “identidad de género” es cuando la cuestión se complica, porque no existe acuerdo alguno respecto a lo que eso significa.
  • Todo el mundo sabe que el género son los roles, los estereotipos que culturalmente se asocian a uno y otro sexo. Estos estereotipos son arbitrarios y varían de una a otra cultura: en una sociedad tejer se considera femenino y en otra masculino.
  • Solo hay 4 cosas que son siempre, en todo el planeta, única y exclusivamente femeninas: menstruar, gestar, parir y amamantar.

Que una mujer lesbiana o hetero, se sienta incómoda con el género que la sociedad trata de imponerle, es algo que todas las feministas entendemos perfectamente, y de hecho, muchas dedicamos gran parte de nuestras energías a luchar para que todas las sociedades dejen de imponer sobre las mujeres estereotipos, jerarquías, prescripciones y esquemas simbólicos opresivos. Sabemos que es una lucha agotadora, inmensa e interminable, pero esta es la lucha de las mujeres hoy.

Una mujer autoidentificada como “chico trans” decía en una reciente entrevista que sería muy bonito un mundo en el que los cuerpos sexuados tal y como nacen fueran todos aceptados y reconocidos por igual, pero desgraciadamente el mundo no es así. A continuación reivindicaba el derecho de todes a tener “agencia” en el aquí y el ahora, en el presente y no en un utópico e hipotético futuro de emancipación femenina. Aquí lo que se está diciendo con un lenguaje adecuadamente progre es que si una quiere vivir con Poder lo mejor es convertirse en hombre. Ya lo ha dicho Miquel Missé, “desde que soy un chico la vida me es más fácil“. Si una mujer transiciona a hombre porque quiere eludir esa posición inferiorizada en la que la sociedad patriarcal nos coloca por defecto a todas las mujeres, estará pasándose a la posición jerárquicamente superior y desertando del colectivo jerárquicamente inferior de las mujeres; no solo por el passing que como hombre pueda tener, sino porque su transición es un acto político, una proclamación que valida y acata el statu quo de la jerarquía sexual hombre/mujer; y eso lleva premio. Se trata además de un acto teatral y supuestamente transgresor solo al alcance (intelectual y material) de unas pocas, por lo que es una posición sin la misma legitimidad para participar en el feminismo de la que pueda tener una mujer que no haya desertado de nuestra devaluada casilla.

En todo caso, no es el transfeminismo lo que mueve la política transgenerista, son los think tanks de organizaciones como Arcus Foundation, Stryker Corporation, TGEU, GLSEN, MAP, etc; y para su uso discursivo ya tienen suficiente con ese cocktail que han fabricado con Judith Butler y una selección de recomendaciones de los Derechos Humanos de la ONU. Las “subversiones” del transfeminismo son para ellos una lejana claque, y nada les interesa menos que la emancipación de las mujeres. El transgenerismo ya ha extraído de la teoría feminista todo lo que le ha resultado útil para diseñar el nuevo machismo posmo, que tras su fachada adornada de igualdad e inclusividad encierra una sorpresa para las mujeres: una sujeción más compleja, profunda e insidiosa.

Para terminar vuelvo a Hannah Arendt. Dice ella que cuando todos mienten acerca de todo, quienes defienden la veracidad ya han dado un paso adelante en la tarea de cambiar el mundo. Le preocupaba el fenómeno relativamente reciente en su época de la manipulación masiva de hechos y opiniones, y lo explicaba mostrando la diferencia entre la mentira tradicional y la mentira moderna, entre el ocultamiento y la supresión. La mentira tradicional ocultaba, pero lo hacía en referencia a un hecho concreto, no pretendía, ni podía, falsear todo el contexto, porque además, la mentira iba dirigida a los enemigos, y no era necesario engañar a todos. La mentira moderna es diferente, en condiciones democráticas “el engaño sin autoengaño es imposible”, es necesaria la acomodación completa de toda la estructura; y eso exige burlar a toda la sociedad, crear un panorama contextual completo. Esta reflexión sobre la manipulación política del relato, podríamos aplicarla a cómo ésta se ha utilizado en la construcción y legitimación del sistema sexo-género: podríamos observar que en el sistema tradicional, las mujeres tenían un estatus social devaluado, estaban relegadas a los márgenes, pero era imposible negar su existencia, sus aportaciones y el hecho de que eran socialmente insustituibles. El nuevo sistema sexo-genero nos propone algo completamente nuevo: la eliminación de la diferencia sexual; la no existencia de las mujeres como cuerpos biológicamente diferenciados. Lo femenino, social y políticamente abolido.

Se crea un paradigma nuevo en el que es mujer quien así lo siente, esto se convierte en ley, y la sociedad lo celebra como un gran avance en inclusividad. La mentira recompone el sistema sexo-genero, y se logra crear un panorama contextual completo; necesario, porque en democracia “el engaño sin autoengaño es imposible”: La más básica y contraintuitiva falacia respecto a la naturaleza humana se cuela en los sistemas democráticos con la vaselina de los derechos humanos, y pone patas arriba las bases reales de la sexualidad y la reproducción…

…pareciera que el fraude ha triunfado. Pero los hechos, en su obstinación, son superiores al Poder; la verdad tiene fuerza propia, se puede destruir, pero no reemplazar. La sustitución de la verdad por la mentira, dice Arendt, nos deja sin guía para actuar políticamente, sin un punto de partida sólido para construir el futuro. Por eso, no vamos a permitir que las mentiras se conviertan en ley.

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