El encierro de mi Familia

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Lola Flores

El encierro obligatorio al que estamos sometidos  está condicionado por el tipo de familia que tengas. Os voy a contar las peripecias de la mía. Una familia gitana, que vive prácticamente en la calle. Muchos de sus miembros trabajan en la venta ambulante en mercadillos.

Mi padre ha puesto una silla en la ventana del salón. Le cuenta al vecino de enfrente lo que va a comer. Y si el vecino se descuida le cuenta la historia de la receta de mi familia durante generaciones sin saltarse ni un miembro. Luego se pelea un rato con la televisión. Posteriormente me llama, para contarme la pelea que ha tenido con la tele. Mi hermana está conmigo. Estoy de baja, recién operada y su corazón esta partió. No estamos acostumbradas a estar separadas de nuestros padres. Los vemos a diario. Los besamos, sufrimos y abrazamos todos los días. Pero son mayores y es lo que toca. Este aislamiento acabará con la paciencia de mi madre, que se ahoga entre el potaje de acelgas y el flan de huevo. Una de cada diez veces consigue aceptar una de nuestras videollamadas. Primero vemos el cuadro, luego la ventana y con un poco de suerte, vemos a mi padre, que se ha puesto todo el papel higiénico como si fuese una momia. Mi madre pone los ojos en blanco  agarrando en una sonrisa muchos años de convivencia.

Hacemos otra con mis primos. Su casa aparece llena de cajas de zapatos. Hay cajas blancas y rojas. Cajas grandes y pequeñas. Venden en el mercadillo y no tienen almacén. La temporada de primavera-verano esta formando un castillo que los niños utilizan para jugar. No se han atrevido a dejarlo en la furgoneta. En medio de la llamada, un niño tira la torre y quedan enterrados en zapatos de tacón. Vaya, a mi hermana le ha gustado uno que asoma por la pantalla. Vendido. Tienen cinco hijos y una casa de 60 metros. Los sienta a todos en el sofá  y les cuento un cuento. Mi primo maldice el momento en que me hizo caso y no permitió que sus hijos se hicieran adictos a la pantalla. Mala influencia me llama. La más pequeña tiene tres años. Pega la nariz a la pantalla y me dice «tita, mi opa dice que nos va a tirar por la ventana». Sonríe con cara de mala. No estoy segura si eso es lo que quiere conseguir.

Ahora le toca a mi prima Ana. Está despeinada. En su cabeza dan vueltas las facturas que no va a poder pagar. Y se nota en su cara cansada y ojerosa. Este virus nos ha quitado la mejor campaña, la de la Semana Santa. Y lo peor, no vamos a poder apoyarnos en la familia, si todos vamos a estar igual. Mi hermana intenta animarla. Le cuenta que ha sacado diez veces al perro hoy. Y que el pobre perro se ha metido debajo de la cama  y no quiere salir. Mi prima sonríe con ternura. Al fondo se oye una niña llorar. Viene hacia la cámara y el llanto se queda por el camino. Tiene cinco años. Y no entiende cómo no puede ir a casa de su prima a jugar. Está 200 metros. «Mi mare me ha castigado y yo no he hecho na», nos cuenta indignada. Yo intento explicarle que no está castigada, pero mi hermana es más rápida. Es un juego. El primero que salga a la calle pierde. Que van ganando ellos, pero que la prima Nerea lo está haciendo muy bien también. El ganador se quedará una semana en mi casa. Y se bañará en la nueva piscina de la urbanización. Que una no, que dos es mejor. Su madre sonríe. No sé si por la pequeña ilusión de quedarse libre unos días. Ahora con Francis, mi primo mas gracioso. La alegría de todas nuestras fiestas está en su casa con sus cuatro hijos. Ha inventado un juego con ellos. Con el único objetivo que los niños quemen energía. Nos lo enseña y no nos lo podemos creer. En el salón están todos los colchones de la casa. Tirados en el suelo. Y los niños están saltando en ellos como si no hubiese un mañana. Les tira las pelotas de tenis al aire y en el salto tienen que atraparlas. Es todo un campo de batalla. Su casa tiene 53 metros. Aunque los que saltan son los niños, los que tienen cara de cansados son los padres. Mi primo amenaza en traerme a los niños si esto dura mas de dos semanas. Que los empaqueto y te los mando. Su mujer me lleva a la cocina. Abre la nevera. Se lo han comido casi todo. Estaba llena hace unos días. No paran de comer, me dice con ojos humedecidos. Sabe que en mi familia nadie pasará hambre, porque nos ayudaremos los unos a los otros. Le angustia la situación, también viven del mercadillo. Mi primo va al baño mas de diez veces al día. Es el único rincón de paz de la casa.

Llamamos a mi tía. Detrás de ella está mi tío con el disfraz de Halloween. Que va al Super. Y necesita un pollo. No nos queda duda que irá así al supermercado. Conseguirá su pollo. Ellos no tienen niños. Pero mi tío vale por cinco. Ha disfrazado a Neli tres veces. De caperucita roja, de novia y de Hippie. Le pregunto cómo se disfraza una perra de Hippie. Le puso una blusa de ella de los años 70 y una cinta en el pelo. Nadie está valorando cómo va a afectar esto a la salud mental de las mascotas, me dice sonriendo. Le deseamos que consiga el pollo. No queremos pensar cuál es la segunda opción para conseguirlo.

Mi primo Salva es biólogo. Y es ahora mismo el más preocupado de la familia. Nos llama angustiado, no hay manera que su padre se quede quieto en casa. Y tiene serios problemas de corazón. Me pregunta si pienso si puede tener consecuencias legales encerrarlos con llave en casa. Sus padres son mis padrinos, y me pide que hable con ellos. Sus padres y mis padres se casaron el mismo día  a la misma hora. En la misma ceremonia. Dos hermanos juntos. Y siguen haciendo todo juntos. Este encierro los separa demasiado.

Mi prima trabaja en un supermercado. Veo su cara irreconocible en la pantalla de mi móvil. Además de cansada descubrimos que esta enfadada. Crispada. La gente se cree que esto es un juego, me cuenta mientras se frota los pies, con los ojos llorosos. Vienen de cinco en cinco, como para comprar para la barbacoa del domingo. No guardan las medidas de seguridad. Una señora iba cogiendo todos los pollos que iba colocando. Que irá hacer con 30 pollos. Nos acordamos del disfraz de mi tío y sentimos que la señora no se topara con él. Mi prima esta agotada. La situación le supera. Llega a casa y tiene un bebé y dos niñas pequeñas, que normalmente viven jugando en la calle, con sus otras primas. No están acostumbradas a jugar dentro de casa. No tienen aparatos electrónicos. Me explica que dos señoras se han peleado por el último paquete de pipas. Abro los ojos como platos. Le comparto varios vídeos para que las mayores hagan manualidades. Si me quieres ven a por ellas y te las llevas. Sabe que no puedo. Le susurro que no desespere, que si hace falta iré a ayudarla. Se sienta en el sofá y me regala una frase. «Lola, en estos días tan duros, uno se da cuenta que nosotros tenemos lo mejor de este mundo, una familia que se quiere. Eso no lo destruye ningún virus.» Estoy de acuerdo con ella. Le enseño a Peter, el pastor belga de mi hermana debajo de la cama. La veo sonreír. Luego le enseño las rosquillas que hemos hecho y rompe a reír. No puedo mover el brazo y mi hermana le ha dado forma a las rosquillas bajo mis órdenes. Parecen cualquier cosa menos rosquillas. Tienen una forma indefinida entre churros y barra de pan. Pero de sabor están buenas, nos justificamos las dos muertas de risa. Mi hermana es buena haciendo bolsos. Pero no lo es haciendo rosquillas. Perfecta no iba a hacer, nos increpa.

Suena el teléfono. Una de mis primas ha descubierto cómo hacer una llamada a cuatro. O no sabe bien cómo se llama, pero podemos vernos las cuatro. Estamos perdidas. No hay quien se entere de nada. Mi hermana tiene que escribir en un folio la palabra «silencio» y la muestra a la cámara. A ver si conseguimos organizarnos. Colgamos muerta de risa. No hemos sido capaces. Nerea ha cogido el móvil a su madre y nos llama. «Tita a mí no me has dicho nada del premio». Que un mes le parece bien y ella no ha salido. Menuda panda de manipuladoras. Y así es nuestro día a día. Sintiéndonos cerca y lejos a la vez. Intentado que el tiempo pase lo antes posible. En tiempos difíciles las sonrisas y la familia son la mejor estrategia a mezclar. Reconforta el alma y alimenta el espíritu. Cuidándote cuidas a los tuyos. Cuídate mucho…

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