Somos memoria

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Como dijo un amigo hace tiempo, “La Esperanza es lo último que se Aguirre” y personalmente creo que es más acertado que el refrán popular, porque la esperanza, a veces sí, a veces meh. A pesar de lo cual, siguiendo con las películas que optan a los premios Óscar (que compite como nominada a mejor película extranjera y mejor actor, los cuales dudo seriamente que se los vaya a llevar), vamos a quitarnos el sombrero y a darle pábulo a un paisano; y no a cualquier paisano, a la leyenda de nuestro cine, Pedro Almodóvar, con su película de autoficción, Dolor y Gloria.

El tema producción va siempre por el mismo camino con el manchego, con su productora El Deseo, escrita y dirigida por Almodóvar, con su hermano Agustín de productor (el tándem archiconocido), banda sonora de Alberto Iglesias (Carne trémula, Volver, Hable con ella), eso sí, rodada en tiempo récord (44 días) entre Madrid y Comunidad Valenciana (Paterna para ser más concreto), estrenada el 22 de marzo de 2019 en cines y rápidamente adquirida por Netflix, que ya la sacó a partir del 12 de julio del año pasado. Elegida como mejor película por la revista Time, se ha ido llevando premios en los festivales más laureados, como Cannes, los Premios del Cine Europeo, Círculo de Críticos de Cine de Nueva York y arrasó en los Goya con siete cabezones incluyendo Mejor Película y Mejor Dirección.

La película está indudablemente, muy bien hecha. Tanto el director de fotografía, Luís García, como el montaje de Teresa Font, son realmente reseñables, con mucho gusto, no siendo el sumun de las películas “almodobarianas”, con planos que resaltan por estruendoso color o ritmo irregular, destacan por su armonía.
El metraje va de la vida de Salvador Mallo, un director ya casi emérito o en decadencia (de ahí la auto-ficción, porque Almodóvar no ceja y tampoco se le ve decaer), que va teniendo una serie de encuentros que, a su vez, le traen recuerdos de su infancia y su pasado reciente. Trata de soslayo, temas como la droga, la sexualidad y el amor, pero el tema principal de la película es la memoria y como esta te influye cuando te atreves a profundizar con perspectiva, en tu presente.

Antonio Banderas está muy correcto, elegante en su propuesta, comedido, destacando realmente en los momentos que tiene con su madre en la ficción, la inconmensurable, Julieta Serrano, que está increíble, veraz, tierna y mordaz, todo en uno. Los grandes te hacen crecer, eso es una enseñanza primordial en la interpretación. Los grandes actores, no son los que te hacen sentir pequeño y tu trabajo disminuye a su lado, muy al contrario, son los que hacen que una escena que podría pasar desapercibida, emocione al espectador y sea gratamente recordada. Y te recordarán a ti también, no como un anexo, sino como el otro artífice y en tu interior, has aprendido una gran lección.

Para Penélope Cruz solo tengo buenas críticas, siempre, es una de mis actrices favoritas, le pese a quien le pese, ella es enorme y lo hace grande todo a su alrededor, esté donde esté. Así como Asier Etxeandía y Leonardo Sbaraglia, están bastante bien, me gustaría destacar al niño actor, Asier Flores, que tiene unos momentos muy lúcidos.

Como curiosidad, con esto de la autoficción hay que destacar que la casa del personaje que encarna Banderas, pues es una réplica muy fidedigna a la casa del propio director y muchos de los cuadros que vemos en la película e incluso alguno de los muebles fueron traídos de la propia casa de Almodóvar. Si bien hay mucho de él en la película, se ha ido encargando de decir qué partes no comparte con el personaje, pero una de las cosas que sí son reales es algo que le dice la madre que interpreta Julieta Serrano y es que, a las vecinas de esta, no les gustaba como las retrata Almodóvar en su cine.

Lo mejor, rebosa calidades, técnicas, actorales y de guión. Cumple con su objetivo de dejar un poso de reflexión.

Lo peor, a veces, como con alguna otra película de Almodóvar, al final me deja un poco frío, pero creo que en este caso es acertada, pues incita a darle una vuelta en tu cabeza.

La verdad, hay auténtica adoración por Almodóvar, tanto en Europa como en América, como a nivel mundial (haters incluidos), merecida por supuesto, aunque en algunos casos (como el nuestro), se ve que hay un halo de que este año no ha habido nadie a su altura, lo que se antoja triste para nuestro cine patrio. Y no es que Pedro se calle o que plantee un discurso vacío, ni mucho menos. Es el primero que ante las críticas a las ayudas que recibe el cine español (que, creedme, la realidad es una bofetada de pura miseria), sale en su defensa, porque como él mismo dice, se trata de nuestra memoria, es el arte, que indudablemente debe ser protegido por el Estado.

Porque a los directores, guionistas, actores, equipo de producción, músicos, electricistas, camarógrafos, etc., que trabajan en la industria cinematográfica en nuestro país, les encantaría que las productoras tuvieran el arrojo y los medios, de encargarse de todo el desembolso que una película supone. Pero no es así, entre otras cosas, porque en nuestro país falta un concepto claro de lo que es el cine. Aunque es bien sencillo, es un producto cultural, que nos enriquece como personas, como españoles, como quieras identificarte (ahí la cultura), pero el hecho es que enriquece. Y de diversas formas, porque no es solo el crecimiento exponencial que puedas desarrollar, es que hay una industria tras la cultura que puede cubrir las necesidades, directa o indirectamente de muchas familias (ahí el producto). Preguntad si no a la industria de EEUU si sale o no rentable, a la par que, echando un vistazo, veréis que la influencia cultural a nivel mundial, no solo es algo que reporte influencia, sino también puro negocio y lucro.

En fin, que los que andan siempre criticando la cultura como algo inservible en su propio sistema de capital, porque es deficitaria, no son capaces de darle al asunto una vuelta y ver cómo aprovecharla. No, se dedican a despotricar sobre subvenciones, como hace Pérez Reverte, que se lo ha llevado calentito, venga a decir que el cine es la niña mimada del Estado. El colmo del cinismo, algunos no tienen eso, memoria.

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