Un año en Madrid

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Permítanme retroceder en el tiempo un año.

Aquel día, 23 de enero de 2019, este villano de Madrid se acercó al centro. Desde Tirso de Molina oía un griterío extraño que venía de la plaza de Sol. La persona que me acompañaba, me dijo en plan de sorna: a ver si va a haber empezado la revolución, y nosotros sin enterarnos. Reímos y bajamos.

Nos encontramos de bruces con unos de los espectáculos más espeluznantes que de cuando en cuando nos brinda toda la fauna de extrema derecha que parece refugiarse en nuestra villa: Los escuálidos y pijos venazilanos (tomando la expresión de un familiar mío que sigue la actualidad de aquel país) copaban la plaza de Sol. En aquel momento no sabíamos que un pelele de la CIA se había autoproclamado presidente de aquel país por el forro de sus calzones. Solo veíamos un montón de pijos de rasgos claramente sudamericanos, pero ataviados con ropa de alta gama y en algún caso cadenas y gafas propias de videos de reguetón gritando viva Venezuela libre y proyectando en voz alta las más horrendas represalias contra los chavistas. Aquel día me sentí un poco como en esa graciosa escena de Indiana Jones y la última cruzada, donde el ficticio arqueólogo norteamericano y su padre viajaban al Berlín nazi y estaban rodeaos de esvásticas y similares.

Cuando logramos salir de la plaza y llegar a casa, ya nos enteramos de todo. Por medio del pelele antes citado, un diputado opositor llamado Juan Guaidó, los Estados unidos, incansables en su afán de recuperar el control del petroleo venezolano, estaban probando un nuevo modelo de golpe de estado que algún medio llamó «el golpe de estado inverso».

En un golpe tradicional primero se daba una algarada por la fuerza, se ponía de jefe de gobierno a quien interesara, y se esperaba los reconocimientos internacionales. El «guaidoazo» era una nueva vuelta de tuerca de los tejemanejes yanquis contra Venezuela, tras haber intentado anteriormente golpes clásicos como el «carmonazo» de 2002, asaltos al parlamento de renegados de las fuerzas aéreas venezolanas o intentos de atentados contra Maduro usando drones. Ahora iban a ensayar un golpe al revés: primero poner al pelele que quisieran, provocar su reconocimiento internacional, y ya si el gobierno de Maduro no se iba por las buenas, usar esta resistencia como excusa para el uso de la fuerza militar.

La prueba era difícil para el gobierno legítimo de Venezuela, no olvidemos que cualquier acción contra el pelele, aunque justa y lógica, hubiera sido usada por Trump y compañía como excusa para invadir el país. Pero una vez más lo lograron.

De igual modo que en el «carmonazo» de 2002. El pueblo de Venezuela, mucho más chavista de lo que aquí nos han contado, apoyó de tal modo a su gobierno, y Maduro fue tan inteligente que superaron el golpe. Básicamente, ignorando a un supuesto «presidente»que en realidad no tenía poder real. Lo único que nos repiten día y noche que podría dar algún poder efectivo a Guaidó, el reconocimiento de decenas de países, en realidad es muy minoritario en la ONU, y cualquier asunto oficial con Venezuela debe ser tratado con el gobierno chavista.

Fueron tan sumamente inteligentes, que cuando Guaidó empezó a perder fuerza no cayeron en las provocaciones de los USA del 23 de febrero cuando Trump y compañía quisieron entrar por la fuerza con «ayuda humanitaria» que cualquier persona adulta de inteligencia media sabía perfectamente que en realidad eran armas para los mercenarios que la CIA tuviera en el país, ni el 1 de mayo cuando convenció 30 militares desnortados para que se atrincheraran en un puente en una rara operación que durante todo aquel día los medios españoles vendieron como si una heroica insurrección estuviera a punto de acabar con Maduro.

Sin embargo esto trajo consecuencias en nuestra ciudad. En alguna ocasión me he referido a que pagamos el precio de ser capital de un país del primer mundo. Con todos los caciques y señoritos instalados en nuestra villa y comunidad, la Internacional del Capital lo ha tenido fácil para convertirnos en refugio de todos los indeseables de extrema derecha mundiales, esos que siempre se presentan diciendo que «luchan por la libertad». Es frecuente encontrarse por nuestras calles actos no sólo de los escuálidos venazilanos, sino de gusanos cubanos (de hecho ahí tienen a una descendiente de ellos mandando el grupo de Vox en la Comunidad de Madrid), he visto personas de raza amarilla recoger firmas a favor de los peleles de la CIA en Hong Kong, a veces ultras croatas que acuden a la ciudad al estar aquí enterrado el líder ustasha Ante Pavelic, ucranianos del Maidan tipo Zozulya, etc. El colmo de tamaño despropósito fue ver dos días antes de otro golpe de los tentáculos de los USA, el que acabó con el gobierno de Evo Morales, a la extrema derecha boliviana (¡los asesinos del Che Guevara!) desfilando impunemente por Madrid gritando su propaganda.

La derecha local sabe que estos grupos son una potencial fuente de votos y publicidad y actúa en consecuencia. Los tres mandamases de los partidos de derecha/ultraderecha nacionales acudieron aquel día a la plaza de Sol a hacerse fotos y a soltar propaganda en las redes. Mención especial merece el entonces candidato del PP y actual alcalde de nuestra villa, Jose Luis Martinez-Almeida, que desató una actividad propagandística sin precedentes. El grupo del PP en la ciudad pretendió… ¡que el ayuntamiento reconociera a Juan Guaidó como presidente! Este absurdo, que excedía evidentísimamente las competencias del ayuntamiento, le sirvió sin embargo para montar una pataleta contra los grupos de izquierda.

Una izquierda, dicho sea de paso, que fue como poco pusilánime. Aunque la entonces alcaldesa Manuela Carmena, ya sumida en la espiral que le llevó a perder la alcaldía, se llevara ese rapapolvo en aquella absurda votación, no dejó de decir que de haber tenido competencias, reconocería a Guaidó «frente a la dictadura horrorosa de Maduro». Y el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, intentando parecer de izquierdas sin irritar mucho a los poderes yanquis, conminó de modo grotesco a Maduro a convocar elecciones en una semana o reconocería a la marioneta. No hacía falta que nos lo explicaran, pero él mismo ex Ministro de Exteriores, Josep Borrel, explicó que nadie tenía ganas de mezclarse en aquello, pero los Estados Unido volvieron a presionar en plan chulo de bar.

Pues bien, ha pasado un año, y el guiñol de la CIA ya olvidado, ha hecho una gira europea intentando recuperar algo de repercusión. La Internacional del Capital tiene muy claro con quién va, y el alcalde Almeida y los grupos de derecha de ayuntamiento y comunidad le van a entregar las llaves de oro de Madrid y otros símbolos exclusivos para jefes de estado. Me gustaría que la izquierda fuera tal, y defendiera lo suyo. De momento, Pedro Sánchez, quien sabe si por presiones de Unidas Podemos, no lo va a recibir oficialmente, lo cual me congratula. Pero la derecha ya ha buscado una absurda polémica con un encuentro del Ministro de Fomento Jose Luis Ábalos con la vicepresidenta venezolana que quiere explotar. Sería de agradecer que un gobierno supuestamente de izquierdas no se amilanara por ello, y desarrollara su política exterior como tenga decidido. ¡Viva Maduro! ¡Viva la revolución bolivariana! ¡Viva el legado de Chávez!

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