Mal de muchos

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La primera vez que Alejandro me propuso escribir para «El Común», aparte de la alegría y el respeto que ya me daba de por sí, estuve un tiempo reflexionando sobre la idea de que era realmente lo que podía aportar en mi columna aparte de todo lo relacionado con la uberización que más afecta al Taxi de manera mas particular, ya que es donde más he estado trabajando desde el principio.

Aunque lo cierto es que, del mismo modo y desde no hace relativamente mucho tiempo, he estado colaborando con diversos colectivos de trabajadoras y trabajadores en lucha, (sobre todo en redes sociales y desde la radio). En este caso, creo que aparte de que esta es una gran labor que te hace ver y conocer la problemática de los diferentes sectores con un enfoque totalmente diferente al que estamos acostumbrados y sobretodo de manera mas profunda, de igual manera me ha llevado a la conclusión de que pese a que parece que entre nosotros hay diferencias en principio insalvables, en realidad todas y todos somos muy parecidos.

Es decir , que pese a que seamos un sector muy heterogéneo como es el taxi, estoy totalmente convencido de que nuestros problemas son los mismos que los demás compañeros y compañeras en lucha.

Nuestros problemas son los mismos porque todo es consecuencia de los mismos intereses.

De hecho, nuestros problemas nos afectan a todas y todos independiente del sector o colectivo a los que se pueda pertenecer. A lo mejor no directamente, pero sí en nuestro entorno más cercano. (A no ser de que seas Patricia Botín, a ella seguro que estos problemas no la afectan, claro…).

Porque al final, da igual que sea una aplicación con la sede en un paraíso fiscal propiedad de un fondo buitre que compra vivienda social y echa a familias a la calles la misma que pretenda someter a las trabajadoras y trabajadores con jornadas maratonianas en un coche o en una bicicleta, que sea un partido político que privatice los servicios públicos regalan dolos en beneficio de algún amiguete, precarizando los puestos de trabajo y bajando empeorando de manera dramática la calidad del servicio. El enemigo es el mismo.

Da igual que sea el presidente de un club de futbol que se monte una empresa de externalizaciones aprovechando al gobierno corrupto de turno y que deje los servicios de atención domiciliaria sin recursos para las personas dependientes, afectando de manera muy grave a la labor de las profesionales y los profesionales. Siempre perjudican a los mismos y siempre son los mismos intereses. Uberización, externalización, privatización, otra vez más, el enemigo, vuelve a ser el mismo.

Desde las kellys y su problemática con las horas y el ritmo de trabajo al que son sometidas y que afectan desde a su remuneración hasta a su salud física causando lesiones irreversibles en muchos casos, hasta los pensionistas y la marea blanca. Las abuelas y los abuelos. Nuestras abuelas y abuelos, nuestros mayores. Los mismos que lucharon con sangre y sudor por los derechos que hemos podido disfrutar hasta hace bien poco faltando así el respeto a su memoria y a su sacrificio. Esos abuelos y abuelas que en muchos casos, tuvieron que emigrar dejando todo atrás o que se quedaron en el campo trabajando de cualquier manera, sin contratos, sin seguros y sin cotizar, perdiendo muchos derechos para sus pensiones de hoy por encontrarse en aquella situación. Derechos que se ganaron pero que no son reconocidos sobre todo en el caso de las mujeres.

Es más, en este mismo momento existen tantos colectivos en lucha como por ejemplo, las mareas verdes, los estibadores, los Riders, los trabajadores y trabajadoras del correos, las plataformas en defensa de los servicios sociales y la diversidad funcional, los afectados por BBServeis o los trabajadores de la EMT que es complicado no conocer a alguien que no esté en problemas por los intereses de los mismos de ahí arriba.

Todas y todos estamos expuestos porque todas y todos somos iguales.

Estos colectivos y muchos más, da igual que sean trabajadores y trabajadoras que usuarios y usuarias, el buitre neoliberal va a pasar por encima de quién sea y de las leyes que sean para sacar todo el beneficio que pueda. Así ha sido siempre, y así será hasta que lo paremos. Se llame como se llame o se vista como se vista.

Del mismo modo, muchas veces (yo me incluyo el primero), no somos conscientes de todas estas situaciones porque estamos demasiado centrados en lo nuestro, porque así nos quieren.

Quieren que llevemos un ritmo de vida rápido, distraído y que no nos deje pararnos a pensar en lo que pasa a nuestro alrededor cuando la cruda realidad es que, en cada casa, en cada familia y en cada comunidad a día de hoy hay muchos trabajadores y trabajadoras pasándolo mal con problemas muy similares a los nuestros y no somos conscientes de ello. Y de igual manera, ese ritmo de vida nos hace también ser bastante egoístas a la hora de preocuparnos por los demás.

Y esto no es más que tener conciencia de clase o mas bien conciencia de nuestra clase. Tus problemas son mis problemas y en la medida de lo posible voy a entenderte, a comprenderte y a ayudarte.

Que no os digan que la conciencia de clase es algo desfasado. Los únicos del medievo son los que pretenden imponer sus condiciones de trabajo y sus prejuicios.

Conciencia de clase de los de abajo, de la izquierda crítica e inconformista, la izquierda verdadera.

Esa es la verdadera lucha, la conciencia para saber que nosotras y nosotros, da igual de donde seamos, trabajadoras y trabajadores, nunca vamos a pertenecer a la derecha como quieren vendernos. Esa derecha de la burguesía explotadora y de los que miran a los demás por encima del hombro con su bota siempre pretendiendo someternos. Esa derecha intransigente, intolerante e incluso muchas veces violenta, utilizando el extremo de lo peor del ser humano para intentar compensar su falta de argumentos y de inteligencia. Nunca vamos a pertenecer ni a acercarnos a esa misma derecha que se cree mejor que quien piensa diferente, con otro criterio y que considera que la única libertad es la que le pretenden usar para pasar por encima de las trabajadoras y trabajadores. Da igual Vox, que el PP que Ciudadanos (o por suerte, lo que queda de ellos).

De ahí tanto esfuerzo por engañar a la clase trabajadora con banderas y pulseritas. Porque saben que sin nosotras y nosotros no son nada. Lo triste es que, a día de hoy, por muy fácil que parezca en la teoría, parece que seguimos sin comprenderlo.

Pero tampoco pertenecemos a esa otra «izquierda». Esa de la tan cacareada «social democracia». La izquierda que no quiere ser izquierda. La de los barones y las faraonas que vive de las rentas de lo que parecían otros tiempos mejores y que se esconde entre lo que deberían ser (izquierda) y lo que parecen que quiere ser (derecha). Esa supuesta izquierda, obrera y española que no tiene nada de social y menos de demócrata (o por lo menos hasta el día de hoy, sigue sin demostrarlo, veremos).

Y por último, no nos olvidemos de esa otra supuesta izquierda que también hace de las suyas sometiendo a la vez que exige liberarse, como los privatizadores republicanos en Catalunya. (Os recuerdo que el día 17 de este mismo mes hubo manifestaciones contra la ley aragonés. Una ley infame que no viene precisamente de la derecha, aunque lo parezca).

Así que recordad, que no os cieguen ni las banderas ni las pulseras de la derecha más cobarde, más de centro o más reaccionaria que pretende infundir el odio sobre el o la que consideran que es diferente. Que no os ciegue ni la frustración ni el miedo que transmiten. Esa derecha prepotente, intolerante o que roba porque cree que las instituciones son suyas.

Porque la única diferencia que existe entre el ser humano, como dicen Los chikos del maíz, es de clase, no de raza o género. El día que lo recordemos y actuemos en consecuencia, será un paso muy importante para un futuro mejor para todas y todos, no sólo para los de siempre y sus marionetas.

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